En España se cuentan con los dedos de una mano quienes pueden tratarse con el “star system” del rock internacional de tú a tú. Si hubiera que elegir una única persona, el índice siempre apuntaría hacia Gay Mercader, el promotor de conciertos más importante de nuestro país. Él fue quien puso a España en el mapa de carreteras de las grandes giras. La piedra de toque fue traer a los Rolling Stones en 1976, certificando la nueva era en que entrábamos tras la defunción del general. Luego los Stones vinieron muchas veces más, tantas que Gay ya los considera “su familia”. La lista de leyendas del rock que han pasado por sus manos no tiene fin. Si hubiera seguido la tradición familiar, Gay seria un acaudalado hombre de negocios pleno de “seny” y aburrimiento. Educado en los mejores colegios de París, nieto de aquel Ramón Mercader que asesinó a Trotsky, sobrino de Vittorio de Sica y miembro de una saga de muchos posibles, Gay entendió muy pronto que la vida no está hecha para empapelarla con albaranes, así que decidió usar sus buenos contactos -y su aún mejor olfato- para traer el rock a España, ya que estaba difícil que España fuera hacia el rock. Hoy vive retirado de las luces de la farándula, aunque solo aparentemente. Desde su masía gerundense, donde mima a un sin fin de animales en estado de necesidad, controla el negocio con la única ayuda de un teléfono móvil y cuatro folios emborronados de notas. Las fiestas salvajes con los ídolos del rock han dado paso a veladas amables en soledad o con sus amigos íntimos, los actores Juan Echanove y Paco Mir, los modistos Tony Miró y Francis Montesinos, o el escultor Tito Díaz. Lector voraz, políglota de exquisita cultura y gran degustador musical, Gay recuerda la personalidad de los grandes del rock con lucidez, ironía y cariño.
-Ya que eres amigo personal suyo, dime qué hay de cierto en la leyenda negra de Keith Richards como elemento oscuro de los Rolling Stones.
-Realmente parece un tipo raro. Hay un vídeo de la película “Let spend the nigth together” en el que se ve un fan que salta al escenario. Según va viniendo, Richards se descuelga la guitarra y le da un raquetazo con ella, se la vuelve a colgar y sigue tocando. Es un tío curioso. En el 77 le detuvieron en Canadá por supuesto tráfico de heroína. La verdad es que llevaba encima dos o tres onzas de “caballo” porque estaba muy enganchado. Para despertarlo, la policía de Canadá tuvo que abofetearlo durante no sé cuánto rato. Se dice que todo venía porque había habido un lío entre Margaret Trudeau -la mujer del primer ministro canadiense- y los Stones. La cuestión es que lo trincaron. Parecía que iba a ir a la cárcel y que aquello era el final. Ahora hacemos un flash-back. Un par de años antes, en la gira que hicieron los Stones en EE.UU., había una chica ciega que hacía autostop para ir de concierto en concierto. Richards se dio cuenta. Veía a la chica apretada en primera fila en cada concierto. Entonces se ocupó de que la chica estuviese bien, se aseguró de que la acompañasen a casa, de que viajase en los camiones del material de bolo a bolo, etc. Así que, cuando detuvieron a Richards, esta chica fue voluntariamente al juez y le explicó lo que él había hecho por ella. Esto enterneció de alguna manera al juez, que lo condenó simplemente a hacer un concierto benéfico para los ciegos. Es una historia bonita.
-¿Cuándo llegaron los Stones a ese “status” que tienen ahora, por encima de todo?
-Yo diría que a partir de los ochenta. Esta historia que te he contado es de los setenta. Ahora es otra cosa, por supuesto. Cuando haces una gira con los Stones alucinas. Ahora el problema es que no se te presenten las autoridades para saludarlos. Hay una diferencia colosal entre hacer una gira con los Stones a hacerla con Dylan, con Clapton, o con quien te dé la gana. La cuestión es el problema social. Con Dylan el problema es relativo, porque él se esconde. No lo ves, desaparece. Siempre suele llevar un chandal con capucha. Una vez llegó su autobús al Palacio de los Deportes de Madrid -que en paz descanse, porque se quemó-, y bajó con toda la banda. Todo el mundo estaba ahí, agolpado contra las vallas mirando. Dylan entró tranquilamente por otra puerta, él solito, sin que nadie se diera cuenta. Con Clapton, por ejemplo, tampoco hay demasiado problema; algún fan en el hotel y nada más. El problema con los Stones es asegurarse de que en la pista del aeropuerto no haya ningún alcalde, ningún concejal o gente así. Hemos pasado de los famosos botes de humo que tiraba la policía dentro de la plaza donde tocaron en el 76, a este nivel.
-¿Cuándo conociste a los Stones?
- En el 75 o 76, poco antes del concierto de Barcelona. Estaba en la habitación de un hotel negociando con su manager y llamaron a la puerta. La secretaria del manager preguntó quién era, y desde el otro lado de la puerta se oyó: “¡The greatest rock and roll band in the world!”. Y eran ellos. Entraron, se sentaron en unas banquetas y nos quedamos de piedra. No querían nada, sólo gastarnos una broma y ponernos nerviosos. La primera impresión que tienes en ese momento es la de ver unas caras que conoces desde que tienes doce años, de haberlas visto en fotos mil veces. Es un momento que no olvidaré en mi vida. Es una anécdota que da una idea de cómo han cambiado las cosas de entonces a ahora. Ya nadie tiene el privilegio de ver una escena de estas, porque ahora cada uno va por su lado. Ya no están en plan juguetón de estar en un hotel y decidir “quedarse” con el promotor. Es pasar de la edad de la inocencia, que diría Scorsese, al momento actual. Ahora si quieres hacerles una foto a los Stones juntos, necesitas mucho dinero y años de conversaciones para conseguir que estén todos juntos el mismo día a la misma hora.
Bueno, en realidad los había conocido antes, pero sin conocerlos de verdad. Yo me crié en París. A los catorce años los vi en el Olimpia, y en los siguientes años los volvía a ver tres o cuatro veces. Una vez que fueron a París a tocar, se hospedaban en el hotel Goerge Cezzane, que estaba cerca de mi casa. Como era muy fan, ni corto ni perezoso me colé en el hotel -en aquella época no había tanta seguridad alrededor de los stones como ahora- y fui deambulando por los pasillos hasta que me topé con Richards en un estado un poco pa´llá. Como no es muy alto, se me apoyó en el hombro para hablarme. Yo me inventé una historia de que estaba buscando a un tipo que no sabía ni quien era, y me fui a casa más contento que unas pascuas porque había conocido a Richards.
Luego los conocí en el 76, al poco de morir “Paquito”, cuando vinieron a España. Estábamos en el Princesa Sofía. Yo estaba en el bar tomándome algo, y en la barra estaban Keith Richards y Anita Pallenberg, su mujer. En aquella época no pasaba lo de ahora, cien guardaespaldas y todo eso. Total, que se me acerca Anita, que tenía como un radar, y me dice: ¿Tú tienes coca? Digo que sí y ella me urge a ir con ellos. Nos fuimos Anita, Keith y yo hacia la zona de ascensores. Cuando llegamos a la puerta del ascensor les dije: “Mira, coged la papela, porque no tenéis por qué aguantarme”. Se ve que esto los dejó un poco impresionados. A raíz de aquí fue inmediato el buen rollo con Anita y con Keith. A tal punto que cuando se acabó el concierto de Barcelona, que fue fatal y que perdí un montón de dinero de aquella época, me fui de gira con la tribu Richards, o sea, él, Anita, el hijo del pintor Balthus y los hijos de Keith. Desde entonces he mantenido un buen rollo con Richards que he mantenido hasta hoy. Siempre que nos vemos nos abrazamos. Richards es un tío muy gracioso, muy chistoso, y es cálido. Es mucho más agradable que Jagger hablando. En una frase te suelta unos dardos bestiales, tiene mucha punta lo que dice. De aquella época debemos quedar cuatro.
-¿Son hoy menos accesibles los Stones que cuando tú los conociste?
-En aquella época eran cuatro tipos vivos. Ahora la cosa es diferente. El otro día estaba hablando con un amigo mío, que se ha quedado con los conciertos de Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia. Un capo de la música. Le dije si no pensaba tratar con los Stones para llevarlos de gira. Me dijo que ni les conocía. Lo que pasa ahora con los Stones es que hay un circulo y dentro otro círculo, y otro más... y en medio de todo hay un círculo en miniatura en el que están ellos. Ahí ya no se acerca nadie, y no es por ellos, sino por la prevención de los que les rodean. Siempre suele ser así al final. Están más broncas los que rodean a los artistas que ellos mismos.
-¿Crees que han perdido pie con la realidad?
-Los demás no sé, Jagger ciertamente no. Es un tío que se mueve mucho. Se coge al guardaespaldas y se va a un partido de fútbol, de cricket o a donde haga falta. Es una especie de maníaco de saber qué es lo que pasa. Keith va más a su bola. Sabe lo que le interesa y lo que no, y no se come el coco. Como es más camaleónico, a Jagger le interesa estar más al día.
-¿Es cierto que Jagger es un negociante?
-Hay que entender una cosa. Los Stones tuvieron aquel manager nefasto, Allen Klein, que les timó brutalmente. Se quedó con los derechos de las canciones de toda la primera época de los stones. Cuando tocan “Satisfaction” quien cobra la pasta de derechos es Klein. Pasaron de un pavo como este a una fase de independencia, que coincidió con la época de cuelgue total de Keith. Alguien tenía que hacerse cargo de las finanzas del grupo, y ese fue Jagger. Como en todos los grupos, siempre hay uno que se encarga de la parte pesada, que son los números, y otro que se ocupa más de la música. Así es como funcionan Jagger y Richards. Jagger es un tío que está muy al tanto y sabe qué se hace y todo lo que pasa. Es una obsesión creada por la necesidad ante el espantoso timo que sufrieron, porque manda huevos que se hayan quedado con los derechos de todas las canciones de su primera época: “Jumpin’ Jack Flash”, “Street Fightin’ Man”, “Satisfaction”, “Simpaty for the devil”, etc. Es un robo a mano armada. Ante esto se entiende que Jagger haya dicho: “Nunca más”. Como es un tío que estudió económicas -tampoco mucho tiempo, porque a los 19 ya era un cantante famoso- tiene aptitudes. Cuando la gente dice que Jagger controla todo, los presupuestos hasta la última peseta, se olvidan del por qué. Francamente, si no lo hiciera sería un imbécil.
-El concierto de los Rolling Stones de 76 en Barcelona fue el síntoma de que algo estaba cambiando en este país. ¿Eran conscientes de la importancia de aquello para España?
-Realmente no. Hay que hacer un inciso. Lo de que “España es diferente” era un complejo hispano. Para fuera España no existía. No era ni diferente, no existía. Yo me he criado en París, y en el colegio sólo se hablaba de España cuando venía a jugar el Real Madrid. Allí la gente no sabía ni quién era Franco, y mis compañeros de clase eran los nietos de De Gaulle, los de Onassis, el hijo del presidente de Madagascar, etc. Lo de la diferencia no era más que un complejo, como cuando se decía que los Stones no venían a España porque habían dicho que África empezaba en los Pirineos. Falso, nunca dijeron eso. Luego se decía que si actuaba un grupo en España al comienzo de una gira era porque venía a calentarse, y si venían al final era porque ya pasaba de todo. El hispano, de por sí, quería verse a sí mismo mal. Volviendo al concierto de los Stones en Barcelona, ellos no eran conscientes del significado social ni de nada. Sabían que aquí no teníamos infraestructura. En realidad si vinieron fue porque los engañé. Mi padre tenía una empresa de reaseguros y viajaba mucho a la City de Londres. Yo fui con él varias veces y ya sabía perfectamente de qué pie calzaban los ingleses. Así que llegue a negociar con ellos, a mis 27 años, hablando inglés perfectamente, siendo culturalmente francés, con mi rollo de tío cosmopolita que ha visto mundo y conecté muy bien con su manager. Nos hicimos colegas del mismo nivel.
Al principio estaba previsto que el concierto fuera en Cambrils, pero allí dijeron que si los Stones venían con sus camiones, de allí saldrían tíos que violarían a las mujeres. Entonces alquilamos un terreno en La Roca, que está cerca de Barcelona, que tenía una pendiente que permitía la acústica esa fabulosa de los teatros romanos al aire libre. Pero un día voy al ayuntamiento del pueblo, que estaba en la plaza, y veo pancartas que ponen “Gay No”. Resulta que pensaban que iba a montar un campamento de homosexuales. La Roca a la mierda, y todo esto con los Stones contratados. Por cierto, que a los de La Roca les metieron ahora la Cárcel Modelo, de lo cual me alegré mucho. A través de unos amigos de mi padre alquilé la Plaza de Toros de Las Arenas. Ya con las entradas imprimidas y a la venta, me dicen que me vaya a la Monumental. Me enteré de esto estando en Alemania con los Stones en un concierto. Cuando se lo dije al manager creí que le daba algo. Íbamos de cabeza al caos. Vino a Barcelona el ”advanceman” de los Stones, que es un tío que va antes de los conciertos a comprobar que todo está bien y que, si procede, da el visto bueno. Cogimos al “advanceman”, le pusimos bien contento de todo lo que encontramos a mano y acabaron llegando los Stones. Por eso digo que vinieron engañados. Tuvimos la suerte de que el show les gustó muchísimo. Se lo pasaron bomba. Ronnie Wood, cuando hicimos el concierto del 98, me dijo: “¿Tu hiciste la Plaza de Toros del 76?”. Le digo que sí y él: “¡Qué bien!”. Se acuerdan de todo, hasta de que había luna llena.
En el último concierto que hicieron en Barcelona, Jagger se pasó dos horas y media corriendo de parte a parte del escenario. Cuando acabó el concierto se fueron para el aeropuerto, pero hubo un problema con el avión. Keith y Ronnie se alquilaron un jet, pero Jagger se fue a una discoteca y estuvo bailando hasta las cinco de la mañana. Para que luego digan que está acabado. El tío de hace cada día tres horas de jogging. Se cuida muchísimo. Es un profesional. Cuando está en un estadio, él sabe de la gente que está en el fondo. De ahí vienen los colorines que usa y esas cosas, aunque ahora hay pantallas y ya no es lo mismo. En la gira del 82 Jagger tenía claro que si salía al escenario con un pantalón tejano y una camisa blanca, el señor que estaba al fondo del estadio no le vería. Por eso salía con colores fuertes que se vieran de lejos. Hay una frase muy buena de Jagger que dice: “Te tienes que trabajar el estadio”. Y lo dice en el sentido físico. De ahí las grandes pasarelas que entran entre el público, son para estar en contacto con la gente. Es una demostración de respeto por el público y de profesionalidad. La lista de camerinos de Jagger es: agua mineral y zumo de naranja. La de Richards y Wood es cerveza, vodka, ginebra, whisky, tequila... En la última gira ya no fue así. Ahora pagas una cifra -con la cual más de uno se compraría un pisito-, y ellos vienen con todo puesto. Llevan un bar propio que según la gira se llama “Vodoo Lounge” o “Babylon Bar” o lo que sea, que está para los amigos de los Stones. Y hay un nivel: el vino es xxxx, que cada botella te puede costar 20.000 pelas.
- ¿De qué concierto te sientes más contento?
-Los del Xacobeo. Esos fueron los conciertos de los que estoy más orgulloso. Se hicieron con el agua al cuello. Los conciertos eran en julio y en enero no tenía ni un artista confirmado. Fue una maratón. A los artistas les vendimos el Xacobeo como el que vende una moto, contándoles algo de los mil años y cosas así, porque cómo le explicas a un tío de Memphis qué es el camino de Santiago si no saben ni que existe Barcelona. El cartel era bueno, porque estaban Chriss Isaac, George Benson, Sting, Neil Young, Robert Plant, The Kinks, Bob Dylan, Eric Burdon, Wilson Pickett, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Bo Diddley... Era un cartel fantástico. Creo que no se publicitó bastante este festival. Veías aquello y tenías una idea de lo que era el rock and roll. Todos sabían los artistas que iban a tocar, así que es muy posible que eso les motivara para hacer unas actuaciones tan buenas como las que hicieron. Más de uno estaba intimidado. Wilson Pickett se cogió un pedal que lo echaron del avión. Sabíamos que estaba en España, pero no dónde. Y el concierto era el día siguiente. Creo que se cogió esa borrachera de la emoción. Actuar en un estadio con toda esa gente al lado no es como hacer un bolo con quinientas personas en Alabama. Robert Plant, que es un tío muy simpático, además de actuar se pasó todo el tiempo en el estadio viendo los conciertos. No se perdía ni uno. Me decía cada vez que me lo encontraba: “Qué bueno, qué bueno”.
-¿Dylan es tan raro como parece?
- Sí. Bill Graham invitó una vez a comer a Dylan y a Van Morrison. Durante la comida hubo un silencio espantoso. Luego, cuando se levantaron, uno de los dos -no me acuerdo cual- le dijo a Bill: “Ha estado simpático, ¿no?”. Ha hecho conciertos en España memorables. Con él hemos hecho tantas giras que ya no sé cual concierto es de qué época. La última gira de Dylan en Europa tenía 22 fechas; 11 me las quedé yo. Cuando vas a escuchar a Dylan, ya se sabe que hasta la mitad no te das cuenta de qué canción está cantando, porque las pasa por el molinillo y las cambia completamente. Recuerdo un concierto en Madrid en el que salió, no dijo ni “Hola Madrid” ni “Adiós Madrid” ni “Buenos días”. Salió, cantó y se fue. Hubo gente que valoró toda la actuación por esto: “Qué antipático, no ha saludado”. Bueno, viene al caso de si es o no raro. Yo soy muy amigo de un tío que lleva toda la vida haciéndole las galas, y un día me dijo: “¡Mira esta mano! Me ha dado la mano Dylan”. Le dije que vaya cosa, si llevaba 20 o 30 años haciendole las giras. El decía que no se la iba a lavar en todo el día. Y es que Dylan había cambiado porque desde el accidente que tuvo en moto cerca de Woodstock, arrastró unas secuelas de mucho dolor. En los últimos años parece ser que ha encontrado un quiroterapeuta que le ha quitado este dolor, y se ha vuelto mucho más amable. Una cosa curiosa es que tiene los ojos más bonitos del circuito del rock, lo que pasa es que nunca se le ven porque siempre lleva gafas oscuras. Creo que si quisiera seducir a una mujer le bastaba con quitarse las gafas. Es un tío que apenas tiene manías, tan sólo que le gusta viajar en el autobús con la banda, así que hay que organizarle bolos que no estén separados por más de 350 kilómetros. Luego, para nosotros es como el artista que no existe, lo cual es un gusto. Otros vienen siempre con sus requisitos y cosas así, pero Dylan no. Los que tenemos que trabajar con él sabemos que lo que más le molesta es que le recuerdes que se llama Bob Dylan. Él está harto de ser Bob Dylan, pasa ya de eso. No es un tipo al que puedas incordiar. Hay gente a la que les gusta que les hables y gente que no. Es un tipo que actúa sin parar. Richards dice de él: “Dylan es un gran tipo. Cualquier día le lavo los platos o lo que haga falta. Lástima que esté tan enganchado a la línea blanca. No la de la coca, la de la carretera. No creo que sepa dónde está su casa”. Cuando están de gira, los cantantes suelen hacer una actuación y luego dejar dos días libres, porque si no la voz les falla. Dylan se hace tranquilamente dos o tres días seguidos. No llega al extremo de Tom Jones, que es genial. Cuando hicimos su última gira, yo consideré que con la edad que tiene y el chorro de voz que gasta, habría que programarle una gira tranquilita. Pregunté cuántos conciertos podría hacer Tom Jones, y su manager me dijo que, para que me hiciera una idea, en Inglaterra hacían once seguidos. De trato es una persona cojonuda. Es un profesional hasta la médula, de los que se hacen fotos con quien le digan.
-¿Hay mucho divismo suelto por ahí?
-Entre los cantantes famosos tengo algunos que son amigos íntimos de toda la vida, no sé, gente como Richards, Sting o Phil Collins, que lo conozco desde cuando tenía pelo. Pero en los últimos diez o quince años me he desentendido mucho de esto, en gran parte porque son muy pesados los que rodean al artista. El artista, en general, suele ser un tío campechano, normal y corriente. El artista establecido es mucho más normal que lo que la gente se piensa. El que tiene mucho ego suele ser el tío que acaba de triunfar, que le viene de nuevo y se le ha subido a la olla, pero el que lleva siglos triunfando es un tío normal. Los AC / DC son gente campechana, Sting es un tío cariñoso, Collins es muy chistoso... Pero lo peor es el círculo concéntrico. Hay gente que cobra por ser guardaespaldas o ayudantes, y lo único que hacen es poner una valla enorme entre el artista y su público o la gente que trabaja para él. Esto es lo que hace que ya no trate mucho con los artistas. Además, tengo la manía de que no me quiero hacer el pesado. A mí no me gusta que me den la lata, y por lo mismo, durante los conciertos que organizo yo me quedo en casita, que es mucho más práctico y más relajado.
-¿Cómo hay que camelarse a los artistas?
-Más que a los artistas, a quien hay que camelarse es al manager o al agente. Al principio, como yo era fanático de mucha gente, pues sí, trataba de conectar con ellos. Por ejemplo, soy amigo de Iggy Pop porque era admirador suyo y lo quería conocer, como con Genesis. Antes esto de los conciertos era como trabajar en familia: el promotor, el artista y casi hasta el público. Al convertirse en una industria tan poderosa, entre el artista y el promotor ya hay contables, abogados, managers, agentes... Entonces, si no vas desesperado y no te hace falta tratar con el artista, pasas.
-Háblame de Iggy.
-Somos muy amigos. Él es el único que ha estado aquí, en mi casa. Es un tío culto, con un gusto muy ecléctico por la música. El día que lo conocí me “confiscó” un casette de Milton Nascimento, y me quedé flipado. Le gusta pintar, se puede hablar con él de todo, la verdad es que es un tío muy agradable, y también muy excéntrico. Un día, en Madrid, estábamos en un restaurante y el camarero le preguntó qué quería comer. “Sangre”, le dijo. Le dijimos, “Jim -le llamábamos así- es que no hay de eso”. “Entonces unos filetes crudos y un vaso de leche”. Se los trajeron, los exprimió sobre el vaso de leche y se lo bebió.
-Otro de tus amigos es Phil Collins...
-Es un tío con mucho sentido del humor. Un día fui a verle a los camerinos en una actuación y en la puerta tenía un letrero que ponía Elvis. Otro que tiene mucho sentido del humor es Robert Fripp, de King Crimson. Con él te ríes hasta la lágrima.
-Ahora Sting.
-A Police los trajimos desde el principio. Tuve la impertinencia de pronosticarles un gran éxito en su carrera. Era evidente, en cuanto los escuchabas en escena lo veías clarísimo. Con Sting tengo mucha amistad. Es una bellísima persona. Como era el sex-symbol del rock -tiene un éxito brutal entre las mujeres-, llegó un momento en que los tíos se dedicaron a despotricar de él. Era cuando se decía que todo su interés por la Amazonia era interesado, todo falso. Puedo atestiguar que Sting es un tío profundamente generoso, que todo lo que hace lo hace de corazón, que no tiene por qué hacerlo porque es de los tíos más ricos de este negocio y que es una persona afectuosa y cariñosa. Evidentemente es un tío que sabe protegerse, según quien ve pone cara de palo y ahí se acaba el asunto. Con los amigos es un tío realmente entrañable. Es quien me recomendó que hiciera yoga, cosa que estoy haciendo ahora. Un día lo vi en un ensayo y estaba en una esquina del local hecho un nudo, era impresionante.
-¿Es cierto que Bryan Ferry es tan elegante?
-Si, desde luego, y exquisitamente educado. Es de aquellos que espera turno para hablar, no te interrumpe, cosa notable para un artista, que siempre tienen su ego. Su padre era minero, lo cual da aún más mérito a su extremada elegancia. (Muestra una tarjeta de saludo que le ha mandado). Me llevo muy bien con él desde la primera vez que traje a Roxy Music, que eso fue en el 82, que también traje a los Stones. Ambos son mis grupos favoritos.
-¿Qué te pasa con Patti Smith?
-Patti es un mito. Tiene algo de Juana de Arco moderna. Hoy se nota menos porque hay más chicas en el rock, pero en su momento fue una revolución. Patti era una chica que venía de los barrios bajos y que se lanzó por la cara. Era una persona muy metida en el mundo del arte, convivió con Mapelthorpe. Es una persona muy interesante. Me regalaba discos de rap, que eran los primeros que escuchaba en mi vida. Sobrepasa el contexto estricto del músico. No es que haga teatro o cine, pero escribe, hace poesía, es una intelectual en el sentido que a mí me gusta de la palabra, en el sentido de que piensa, razona las cosas. Le tengo mucho cariño y seguimos teniendo relación. La última vez que vino, cuando fue a Granada a la casa de García Lorca, habían pasado veinte años sin vernos y seguía la misma amistad. De hecho tengo un poema dedicado a uno de mis perros en su libro “Babel”. Tiene un carácter muy fuerte. En Granada coincidimos una noche mi amigo Juan Echanove y el director Luis Pascual, Patti y su chico, Inca, que entonces estaba conmigo, y yo. Me acuerdo que hacía así -golpea un lado de la mesa- como diciendo: “Tú aquí”.
-¿Has conocido a Lou Reed?
-Prácticamente no me he tratado con él, aunque le hemos hecho muchas giras. Es un personaje que me parece bastante desagradable, cosa que pueden certificar muchos entrevistadores. En cambio con quien sí he tenido mucha relación es con un teórico de la música, un precursor de la música ambient: Brian Eno. Es un tío muy innovador, intelectualmente muy avanzado. Tuve mucho contacto con él. Hicimos unos conciertos con fripp y Eno en los que la mitad del público nos tiraba cosas a la cabeza y la otra mitad se quedaba pasmada de gusto. Era ambient antes del ambient: Fripp tocando sobre cintas que ponía Eno. Fripp decía lo bueno de tocar con Eno es que nunca sabía qué iba a ponerle. Un día estaba con Eno en el jardín de un hotel y pasó un helicóptero. Eno lo grabó con un mini-casette. Esa noche se lo puso a Fripp mientras tocaba. Claro, para el público todo esto era un poco duro, porque hace falta estar con los oídos bien abiertos para absorber todos los conceptos musicales que se le ocurre. Había gente que venía a ver a King Crimson y se encontraba con eso. Recuerdo que en un concierto tenía al lado a un tío que chillaba: “¡Qué mierda!”; luego paraba, tomaba fuerzas y volvía: “¡Qué mierda!”. Eno es un tío muy inteligente. No es casualidad que haya producido discos de Talking Heads o U2, haciendo virguerías. Grabando a los U2 les hizo ponerse en pelotas para que tocaran una canción porque decía que no se toca igual desnudo que vestido. Suena muy bestia, pero seguro que es verdad.
- ¿Qué pasó con el concierto frustrado de Bob Marley en Madrid?
-Que lo vetó Juan José Rosón, que en paz descanse. Lo vetó sin ton ni son. Eran unos tipos muy curiosos que fumaban marihuana sin parar. Se metían en las cocinas del hotel y espolvoreaban marihuana en sus comidas como si fuera perejil. Uno de los Wailers fue a entrar en el ascensor del hotel, dio la vuelta y volvió a salir, sin darse cuenta de que el ascensor ni se había movido. Iban muy colocados todo el rato.
-Frank Zappa, el genio.
-Era un tipo surrealista. Le tenía prohibido a su banda colocarse. Lo traje varias veces y viajaba con ellos. En los aeropuertos, mientras esperábamos el avión él estaba todo el rato escribiendo música. Iba siempre con su cuaderno de notas. Así se entiende que sacara discos y discos, y lo que debe haber por ahí guardado.
-Tu amigo Eric Clapton. En este caso, como con los Stones, has tenido tiempo para ver cómo se hace mayor, para contemplar la metamorfosis del Clapton colgado al Clapton caballero.
-Esa es la palabra, es un caballero. Al principio nos pegábamos unas juergas bastante notables, todo hay que decirlo. La edad la lleva bastante dignamente, Ahora Clapton no bebe, no fuma, no nada. Tiene una clínica de rehabilitación de alcohólicos en las Bahamas. Sobrevivió a la cocaína y a la heroína, pero el alcohol lo dejó muy tocado. Ha estado varias veces a punto de morir por úlceras de estómago de las de agujero gordo. Y lo de la muerte de su hijo no le ayudo. Es un artista que ha hecho un “come back” notabilísimo. Ha sabido mantenerse. Es muy purista, para algunos demasiado purista. Ama más el blues que los mismos negros.
-La extravagancia: Elton John.
-Preferiría abstenerme, porque aún tenemos cosas pendientes. Realmente es un tipo extravagante. Hay una anécdota muy graciosa que se cuenta por ahí. Por lo visto Harrison le dio muy buenos consejos un día que Elton estaba pasadísimo de coca y no paraba de recomendarle a Dylan que dejara de vestirse de forma tan aburrida y que subiera al piso de arriba a probarse uno de los muchísimos modelitos de Versacce que tenía. Ahí fue cuando Harrison le dijo que tuviera calma con los polvos porque estaba diciendo tonterías.
-¿Qué tal con Bowie?
-Bien, es un tío muy inteligente. Admiro la manera en que se conserva. Muy profesional, muy “polite”, gracioso. Pero no es un tío cálido, entrañable, como Richards. Lo tratas y hablas con él, y es muy amable, pero no es un tío que se preste a confraternizar. Cuando vino la primera vez a España iba un poco pasadillo de rosca, pero bueno. Es como Brian Eno, pero más manipulador. Jagger dice que no te puedes poner según qué zapatos delante de Bowie porque al día siguiente lleva lo mismo, pero un poco mejor. Es eso: el gran camaleón y el gran apropiador. Es un tío que hace un disco con temas de Iggy Pop y consigue que “China Girl”, del que el pobre Iggy vendió mil o mil quinientas copias, sea un hit. Es uno de los músicos inteligentes; quizás para su propio pesar, demasiado inteligente, porque es posible que por eso esté ahora sin compañía de discos. Mientras hacía lo de Ziggy Stardust, o “Let’s dance”, la gente le seguía, pero cuando se lanzó con Tin Machine y lo de después, siempre con su criterio “arty”, de seguir para adelante y hacer cosas cada vez más vanguardistas, llega un punto en que la gente ya no le sigue.
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