Todo el mundo conoce al Maestro Reverendo, esa figura lacónica y canosa que toca las teclas que amenizan el incontenible verbo del Gran Wyoming. Sin embargo, poca gente sabe de Don Anjel Muñoz-Alonso, con esa “j” que reivindicaba a capa y espada Juan Ramón Jiménez. Ex-seminarista, hijo de un prócer del antiguo régimen y pianista excepcional, Anjel “El Reverendo” es pura singularidad, dueño de un carácter sólo conoce los extremos: hosco o cariñoso en grado sumo. Siempre bueno. Su biografía está a la altura de tan extremadas circunstancias.
PREGUNTA- &¿Cuándo te sentaste por primera vez delante de un piano?
RESPUESTA- Empecé a poner los dedos en un piano a los nueve años. Fue en el seminario. Había una sala de música que tenía cabinas con pianos. En los recreos me escapaba y me escondía allí. Tocaba cosas de miedo, que era lo que me salía porque las cabinas estaban oscuras
P- ¿Cómo recuerdas aquella experiencia con el piano?
R- Lo que recuerdo es que cuando estoy delante de un piano estoy en casa, estoy seguro.
P- ¿Le sacaste algún sonido comprensible?
R- Ni siquiera me lo planteaba. En el seminario estudié música y empecé a tocar la bandurria.
P- ¿Y cuando colgaste la bandurria?
R- Cuando me echaron del seminario. Entré en otro colegio y empecé a tocar la guitarra con un grupo que se llamaba Las Amigas de Sara. Yo era Sara Rodríguez, la Magnífica. Era el año 65 o 66, yo era un crío de catorce o quince años. Nos poníamos la ropa de nuestras hermanas, nos pintábamos y éramos las más guarras del barrio. Hicimos sólo dos actuaciones y nos echaron del colegio.
P- ¿Qué estudios has hecho de piano?
R- Tuve un maestro, Don Luis Rodríguez Saínz, que ya falleció, que fue quien me lo enseñó todo. “Voy a hacer de ti alguien”, me dijo, y que me comprara un piano. Todavía lo tengo. Me costó 20.000 pesetas, que las pagó mi padre a condición de que estudiara ocho horas diarias. Hice la carrera en el Conservatorio. Entonces conocí a la gente de Desmadre 75. A todos les pareció muy curioso conocer a un tío que estaba “colgao” y que tocaba el piano en un trastero pequeñísimo al que llamábamos “el antro”. Empezaron a venir por allí a echar las tardes las tardes. Así se gestó todo.
P- ¿Cómo fue la primera vez que cobraste por tocar?
R- El primer dinero lo gané con el Desmadre 75. Ya me dijo mi maestro: “el día que cobres dinero por tocar el piano, dejarás de estudiar”.
P- ¿Acertó?
R- Aprendí a estudiar de otra manera.
P- ¿Y cómo conociste a Wyoming?
R- Me lo presentó la policía, los grises. Estaba en el antro y llegaron con Wyoming. La casa estaba muy vigilada porque allí vivía un personaje importante que tenía escolta. Como Wyoming llevaba pinta rara, con melenas y todo eso, la policía le paró. Llegaron con él y me preguntaron que si lo conocía. Dije que no. Menos mal que estaba allí Seju, su hermano. Wyoming decía que era cantante, y se puso tan pesado que se nos pegó a cantar en un grupo que teníamos entonces, Paracelso.
La firma Wyoming & Reverendo bien podría ser el equivalente a la española de Weill & Bretch, salvando las distancias morales y temporales. Su perfecta conjunción de contrarios ha creado lo más parecido a un cabaret castizo que ha habido en los madriles. Durante los años 80, sus actuaciones en bares como La Aurora o Bóvedas fueron un reducto de la libertad a ultranza y del humor inteligente. Hoy, con un retraso tan pertinaz como pertinente, por fin se ha recogido en disco el testimonio de esta extraña pareja
P- ¿Cuándo surgió el dúo Wyoming y Reverendo?
R- Lo de Paracelso se había acabado. Wyoming no hacía nada y le dije: ¿Tú quieres ser alguien en la vida?, pues vente conmigo. La primera actuación como dúo fue en el Gatuperio. A la tercera canción vino el encargado y me dijo, “oye, el cantante éste, fuera”. Es una anécdota. Tocábamos en cualquier bar que tuviera piano. Un día aparecimos en la Aurora. Tocamos un par de días y les dije que nos contrataran si querían tener el bar lleno todos los días. Se arriesgaron y llenamos.
P- ¿Por qué callas tanto en vuestro espectáculo?
R- Lo que está claro es que Wyoming es el que habla. A mí lo que más me gusta es acompañar. No me gusta hacer solos. El arte de acompañar es lo que más me ha gustado siempre. Eso no significa estar en segundo plano. La figura del pianista acompañante tiene que cubrirlo todo, hacer los bajos, rellenar los huecos, lanzar al cantante... Yo estoy a lo mío, hay que estar muy atento a ver qué se le ocurre al otro para seguirle. Esa es mi misión, no hablar. Hablar, ya habla él.
P- Pues háblame de ese disco, el único de Wyoming & Reverendo en los últimos 25 años.
R- Son veinticinco años de la historia de una amistad y también de la historia de España. Se empezó con esa ilusión y se ha acabado con la misma. Ahí está reflejada una manera de vivir. Fue la época en que pasábamos de no poder hablar y tener miedo, a poder hablar y hacer lo que te de la gana, estar abierto a nuevas ideas, ser como eras, no tener prejuicios, no ser un proyecto financiero, crecer siendo hombres y no preocuparnos del mañana. Lo que pasa es que todo cambió, porque eso no se podía permitir por los que mandan.
P- ¿Hoy sería políticamente incorrecto aquel ambiente?
R- Sí, porque a la política no le dábamos ninguna importancia. Vivíamos y dejábamos vivir. Nos conformábamos con lo que teníamos. No hacíamos las cosas por dinero. No queríamos tener un coche mejor ni un chalet. Dale posesiones a alguien y ya lo tienes dominado.
P- ¿Por qué ha tardado tanto en salir este disco?
R- Porque no era el momento.
Eterno hombre en la sombra, el Maestro Reverendo ha sido la mano que ha mecido la cuna del pop español de las dos últimas décadas. Muchas partituras de afamados ágrafos musicales han sido escritas por él para solventar la enjundiosa cuestión autoral. Su oscura labor como imprescindible hombre de sesión le ha llevado a tocar todos los palos de la música, incluidos, claro está, los suyos propios, los más extraños de todos.
P- ¿Has trabajado de negro alguna vez?
R- ¿Hacer un trabajo para otro y no firmarlo? No.
P- Pero sí has trabajado como arreglista y músico de sesión para mucha gente, ¿no?
R- Eso sí, muchas veces. Es más fácil decir la gente con la que no he trabajado que con la que sí. He hecho arreglos para Siniestro Total, Vainica Doble, Miguel Ríos... yo qué sé. Te puedo decir con quién no me juntaría nunca, por ejemplo, con grupos como Mecano y así. También hice cosas para una que se llamaba Kiki Dakí, Ronaldos, Hombres G, Platero y Tú, Habeas Corpus, Heredeiros da Cruz, Luz Casal...
P- ¿Y bandas sonoras?
R- Sí, he hecho bastantes. Con Martínez Lázaro “El juego más divertido”, “Todo va mal”, “Lulu de noche”... Con Trueba hice “Se infiel y no mires con quien”. En series de televisión he hecho varias de “La mujer de tu vida”, con Fernán Gómez y García Sánchez. También me han llamado mucho del cine vasco, he hecho documentales, alguna porno que otra...
P- ¿Y te pagaban en carne?
R- No, mi voto de celibato es conocido en toda la galaxia.
P- ¿Cual es el trabajo más sucio que te ha tocado hacer?
R- Hace unos años tuve que tocar en noche vieja canciones de Formula V y cosas de esas. No tenía ni un duro y tenía que comprarle los reyes a mi hijo. ¿Sabes que a la gente de ahora la música de Raphael y todo aquello les parece graciosa? Es muy triste. A nosotros nos recuerda una época en la que veíamos a esa gente por la tele junto a la señora del Excelentísimo. Todos esos eran unos horteras, pero para hortera yo, que he salido en la tele con María Jesús, cada uno con su acordeón, tocando “Los pajaritos” en directo, sí señor. Y encima metí la gamba.
P- ¿Con quién no te has entendido trabajando?
R- No he tenido problemas con nadie, tengo mucho respeto a la hora de trabajar. Si alguien me llama, él manda; y si no, mando yo. Si manda él, le obedezco, no le cuestiono. Si me pide la opinión, se la doy; si no, no. Y si mando yo, nunca pido opinión, y si me la dan me aburre mucho. Pero eso lo sabe todo el mundo que ha trabajado conmigo. Eso y la puntualidad. Sólo admito una escusa para llegar tarde: que estés muerto.
P- ¿Eres un session-man cotizado?
R- Me llaman muy poco ahora mismo. La gente tiene una idea equivocada de mi, piensa que no paro de currar y que estoy forrado, pero la verdad es que no tengo ni un duro. Por mi estaría tocando todo el día, que es lo que me gusta. Antes te llamaban los colegas para tocar sólo por gusto. Ahora no, ahora la gente solo toca por dinero. La ilusión por la música se ha perdido.
P- ¿Cómo ves la música española de las últimas décadas?
R- La música en este país se la han cargado muchas cosas, pero también los músicos; y me incluyo por educación. No se puede salir con los cachés que hay ahora. En la época de Paracelso teníamos circuitos, se cobraba lo normal y con eso vivías y te lo pasabas bien. Ahora cualquiera pide un caché de un millón por tocar en una discoteca delante de cuatrocientas personas. Los músicos importantes de los ochenta ¿dónde están? Colocados en altos cargos de compañías de discos. Ahora todo es un producto financiero. Esto es un negocio.
P- ¿Y tus discos en solitario?
R- ¡Sublimes discos! Son obras de arte, y no es falta de humildad ni soberbia. Por supuesto, son insoportables, pero considero que es mucho más insoportable trabajar en una fábrica. Los hago yo mismo, suenan perfectamente y los vendo por los bares. ¿Eso no es ilegal, no? Los dos primeros se llaman igual, “El Reverendo”, y el que estoy haciendo ahora es “La Membrillera”.
P- ¿Qué música escuchas últimamente?
R- Vuelvo a escuchar otra vez música concreta. Son ruidos.
P- Dime el nombre de tres pianistas
R- Georgy Czifra, Frederic Gulda y Bill Evans.
P- ¿Y por qué te llaman Reverendo?
R- No lo sé. ¡Ja, ja ja!
((Entrevista publicada en La Luna(El Mundo) en 2000))
|