Con Pablo Carbonell le puede llegar a pasar a uno lo mismo que ocurría con el personaje que interpretaba Robin Williams en la película de Woody Allen “Desmontando a Harry”: siempre salía desenfocado. El arte y la personalidad de este artista multimedia y singular oscila en un equilibrio inestable entre estados contrapuestos del alma humana. Es, simultáneamente, loco y cuerdo, niño y adulto, brutal y tierno. Con tanto vaivén caracteriológico uno no sabe a qué carta quedarse, así que lo mejor es quedarse con todas.
Desde que decidió arruinar su vida con la farándula, Pablo Carbonell ha optado por la vía del humor, que suele ser la más rápida para despeñarse con una sonrisa en los labios. Comenzó siendo el cincuenta por ciento de un dúo tangencialmente cómico llamado Pedro y Pablo. Eran los tiempos germinales de “la movida” y pronto le quedó claro que en aquellos momentos, se hiciera lo que se hiciese, la música tenía que estar presente para que el personal te prestara la más mínima atención. Con buen sentido, Pablo abandonó el humor a pelo que practicaba junto a Pedro Reyes y se puso a la tarea de formar un grupo musical del estilo que fuera o fuese. Así nacieron los Toreros Muertos.
A lomos de la desparramada creatividad de Pablo Carbonell, los Toreros Muertos firmaron algunas de las canciones más disparatadamente divertidas del pop español. En su primer disco, “30 años de éxitos de los Toreros Muertos” (1986), discurría una canción que hizo época: “Mi agüita amarilla”, compendio de estampas de asociación libre, plenas de contenidos oníricos y “orínicos”. El sueño de un psicoanalista, vaya. Las cartas estaban boca arriba: la fórmula consistía en decir las cosas más salvajes con la candidez de un niño de teta. Después fueron llegando en alegre cascada otras piezas de similar corte: “On the desk”, “Pilar”, “Manolito”, “Para Tí”... En las postrimerías del grupo, Pablo compuso una canción de tan cabal surrealismo que no tuvo el menor éxito, “Las piedras”: “No a la sumisión de los materiales / las piedras son libres / es inhumano lo que estamos haciendo con ellas”. Fin de los Toreros Muertos.
Tras una larga temporada dedicado al cine, el teatro y la televisión, Pablo Carbonell ha sido recuperado para la canción en formato de “El Cantautor Plasta”. Afortunadamente los años no han hecho mella en su racional falta de cordura. Sus nuevas letras siguen la senda de pasadas gestas, mezclando lo políticamente incorrecto con los socialmente condenable. Ahora la parte “light” queda para los coros. Y la crueldad de la vida cotidiana, apenas velada por una pizca de vergüenza torera y muerta, se torna sueño feliz con final fatal: “Acércame el despertador. / Oh, Dios mío, ya son las dos. / Apaga y vámonos. / No es que ya no te quiera, / es que a las seis el jefe me espera. / A lo mejor no es que yo sea / un eyaculador precoz / sino que tu eres muy lenta. / Míratelo. / Na nana na nana... / eha, la nana” (“Nana”).
PREGUNTA-
¿Por qué te metiste a humorista?
RESPUESTA- Yo no sabía que iba a ser humorista, pero había trabajado con Pedro Reyes que era, y espero que siga siendo, el mejor humorista de España. Siempre me ha gustado hacer reir. Antes no lo lograba tanto, ahora ya hago reir mucho más. Curiosamente ahora soy mucho más serio. La gente se ríe de cosas serias. Ahora mismo las temáticas de mis canciones son super duras, nunca sé si la gente se está descojonando o está llorando, o las dos cosas a la vez. Me encanta. Si lo haces con humor es mucho más fácil golpear a la gente. El tipo que se está riendo tiene abiertas las ventanas y por ahí le puedes meter un mensaje que le haga cambiar sus lágrimas de risa por lágrimas de dolor. El humor es un buen vehículo, pero no el prioritario. Si tienes sentido del humor y te sabes reir de tí mismo la gente puede admitir que te quedes calvo, que seas gordo, lo que sea. Si eres un cantante romántico tienes que estar siempre en línea, sin papada, con pelitos en la frente. Si eres humorista no. El humorista tiene derecho a envejecer, el galán no. Esto me relaja mucho. Es más, creo que la gente se ríe ahora más que antes porque me estoy quedando calvo. Y me jode cantidad quedarme calvo, pero por lo menos no voy a perder el trabajo. Además, se me nota que me gusta trabajar, quizá porque doy la impresión de vivir en una perpetua vacación
P- ¿Qué es el humor?
R- Para mí es una palabra que está devaluadísima. Parece que el humor es cosa de payasos, en el peor sentido de la palabra, y no. Yo, que soy muy payaso, odio a los payasos. No me hacen gracia. No me gusta que la gente se ría sin reflexionar. Me gusta que la gente se coma la cabeza y que durante el tiempo que está viendo un espectáculo como el que yo querría hacer no pare de pensar: “¿Esto que ha dicho este tío es racista, es machista, es ecologista o es simplemente gilipollas?”, “¿Me río de esto o debo tirar un vaso al escenario?” Ese es el tipo de humor que me gusta, con un punto cabrón y muy generoso a su vez. No escatimo ningún esfuerzo a la hora de subirme a un escenario. Algunos días estoy mejor y otros peor, es como el sexo: trabajoso y que nunca termina de dejarte satisfecho. Pero cuando te bajas del escenario siempre estás deseando que te vuelvan a llamar.
P-
¿Con qué palabra te quedas para definir tu humor: desequilibrado, surrealista, naif, anárquico...?
R-
Me gusta mucho surrealista. Irónico también. Supongo que es muy desequilibrado, como yo. He tenido la suerte de poder dedicarme a una profesión como el arte, que es otra palabra que me gusta mucho. También me gusta la palabra artista, pero se usa tanto en los programas de Jose Luis Moreno... Yo transmito un mensaje muy bruto. Soy anarquista, pero también tengo que ser educado por lo mismo. Me muevo en un terreno que yo denomino “cuerda-flojismo”. La gente nunca sabe cuando me voy a pasar o me voy a caer. Para mí el espectáculo es eso: estar muy en la cuerda floja. Si no, no tiene gracia.
P-
¿Trabajas con red?
R-
Trabajo sin red, o eso me gustaría. Los años te van tejiendo una red. Muchas veces me sorprendo, porque a lo mejor tienes preparado un buen chiste y mientras lo estás haciendo en directo se te ocurre otra cosa que no tiene tanta gracia, pero que es precisamente lo que hace gracia. Eso es porque se te ha ocurrido en el momento, y se nota. Siempre he improvisado mucho, con Pedro Reyes, con los Toreros y ahora como el Cantautor Plasta. Cuando empecé con esto último tenía dos coplillas y el resto lo improvisaba: las entradillas, las canciones. Luego vas aumentando cositas, vas aprendiendo chistes, los vas adornando y acabas con un espectáculo de dos horas y media.
P-
¿Qué hay que hacer para ser un artista?
R-
El mejor método es vivir artística y saludablemente. No puedes ser un artista si no vives como un artista. No puedes estar obsesionado por la parte más mediocre de la vida y luego pretender ser un personaje de novela. Tienes que viajar, cultivarte, hacer cosas que no tengan nada que ver con lo que hace la gente. También hay que vivir como ser humano y comprender a la humanidad. Hay que montar en metro o en bici, comerse un tripi con tu novia en la playa con luna llena, bañarse en pelotas, estar enamorado... Ser buena persona es muy importante, si eres un cabrón la gente lo va a notar en cuanto te oiga decir buenas noches en un escenario. Al público hay que mirarlo de frente. Una vez hecho todo esto esperas a que te pasen cosas y que te traspasen, te fascinen, y después las escribes. Sobre todo te tienen que pasar las cosas. Si no tienes una implicación real, incluso ética, con lo que pasa, no vales para nada.
P-
¿Qué logra traspasarte?
R-
La actualidad es una porquería. El mundo es horroroso. Leo todos los días el maldito e infame periódico. Me golpea la actualidad. No puedo ser el tipo que está partiéndose de risa continuamente. Parezco muy jovial pero hay cosas que me dan mucha rabia. A veces hago un reportaje y lo paso fatal en la puerta de algún sitio esperando a un señor. Paso horas enteras pensando si me van a pegar cuando suelte la tontería que tengo que preguntar, o si no lo veré, o cómo me las arreglaré para cerrar el reportaje. ¿Debo de reirme, debo poner cara de idiota? Después todo queda en una cosa risible y amable. Muy triste. Lo mismo me pasa en el escenario cuando canto. La gente me dice que no me río. ¡Si es que a mí no me hacen gracia las cosas que digo! ¡Son brutales!
P-
¿Te autocensuras?
R-
Nunca he contado nada que no se pueda decir. No te puedes reir de una viuda, el humorista sabe que ahí no se puede meter... Bueno, sí se puede, claro, se hacen muchos chistes sobre viudas, obvios casi todos. Pero no te puedes reir de un tipo en oración o meditando, no se puede uno reir del descanso ajeno, no se puede molestar a los vecinos. No me parece bien, y eso que a mis vecinos los tengo crucificados. La verdad es que creo que nunca me he autocensurado. Una vez, cantando “Mi agüita amarilla” en el Rockodromo, dije lo de “moja a tu padre” y cayó una lata en el escenario. Desde ese día cada vez que decía “moja a tu padre” señalaba al bajista, se lo decía a él, y dejaron de caer cosas en el escenario. Me gané un enemigo: el padre del bajista. Antes había una euforia por la libertad de expresión, no importaba un bledo lo que se dijera porque se podía decir cualquier cosa. Ahora ya no, la gente ya se lo plantea todo. Lo políticamente correcto es repugnante. Hubo una canción que yo mismo me censuré: “José Madero”. Era sobre un policía que cantaba boleros y yo le decía: “Tócamela madero”. De repente no me pareció bien decir eso cuando a los pobres maderos se los cargan, tienen un trabajo de mierda, son unos pobres desgraciados con un sueldo asqueroso, con un trabajo horroroso y de alto riesgo. Ahora los maderos me producen tanta pena que me dan ganas de darles limosna: ¡Tome buen hombre, veinte duros! Esa canción me la censuré, pobrecitos, ya tienen bastante para que encima venga yo, el gracioso de turno, a reirme de ellos.
P-
Ya que la mencionas, ¿cómo surgió “Mi agüita amarilla”?
R-
Viendo un concierto de Suso Saiz, que hacía una música que me resultó acuática. Era la época de la movida y estaba pensando en formar un grupo. En aquella época, 82 u 83, actuaba con Pedro Reyes en el Rockola y era un paria. Allí cualquiera que tuviera un grupo iba todo pintón y era un semi-dios. Nosotros éramos los payasos del Rockola. Tenía ganas de joder un poco la marrana. Lo mío era rencor. El rencor me llevó a escribir “Mi agüita amarilla”. Era una tarjeta de presentación así de bestia: “¿A que me meo encima de la gente?”. Luego he descubierto que es un clásico. Se ha escrito mucho sobre ella. En una revista de médicos hacían un análisis al tipo que la había escrito en la parte de psiquiatría. Decían que tenía una enuéresis, esto es, que me meaba todas las noches en la cama, lo cual es cierto. También decían que tenía un ego acojonante. Me clavaron rápidamente. Tendré mucho ego, pero le dejo cantar la canción al público mientras que yo me callo. Ahí demuestro cierta humildad, falsa, como todas las humildades. Además, esta canción tiene muchos matices porque a una mujer nunca la quieres tanto como cuando la meas, a mí me ha pasado. Es la primera canción que hice. Todavía no tenía grupo, así que compuse la letra y la música. La música tiene sólo cuatro acordes que me enseñó un rockero sevillano, y la letra la fui improvisando, una rima aquí, otra allá, los versos no tienen todos la misma medida... simplemente fluye. Me gustaba cómo empezaba la canción: “Y creo que he bebido...”. Me gustaba eso de empezar una cancón con un “y”, porque ya vaticinaba el fluir de la canción, porque venía de antes. Fue la primera canción que escribí y me podía haber retirado ese día, habría quedado como un hombre de reconocidísimo talento que no ha hecho nada, con todo el mundo esperando su gran obra, que seguramente sería una obra maestra y que nunca llegaría.
P- ¿Cómo trabajabas en aquellos primeros escarceos con la música?
R- Las primeras canciones las improvisaba. Iba todo el día repasando los textos por la calle porque no me los sabía, me los iba inventando. La primera vez que escribí los textos fue para ponerlos en el álbum. Antes no estaban ni escritas ni registradas, las tenía en la cabeza nada más.
P- ¿Y no cambiaba el texto de una actuación a otra?
R- Sí, debido a la memoria o a las improvisaciones del momento. Es más, yo no quería hacer canciones, quería hacer un chorizo expresivo, una especie de streap-tease. Odiaba el tema de las canciones. Me gustaba Frank Zappa y sus discos “chorizo”, con todo pegado, que no se sabe dónde empieza y dónde acaba, dando vueltas al mismo tema. Eso es lo que quería hacer en la música. No le había encontrado el gusto a las canciones. Ahora sí. Comprometerse como autor en algo que va a durar más de tres minutos es algo muy fuerte. No sé cómo aguanta el estómago de los directores de cine, que se pasan con un proyecto dos o tres años. A mí me parece muy relajante hacer un trabajito a la semana y acabarlo esa semana. Me gustan los espacios de esa duración, estancos con respecto a todo lo demás. Ahora escribo las canciones, no como antes que las improvisaba. También son más grandes ahora. Escribo la letra sola, sin la música. Corrijo mucho, continuamente, hasta que quedan clavadas en el disco, congeladas las pobrecitas. El otro día estaba escribiendo y me salió: “Te querré porque donde hay frío pones calor”. La canté y dije: qué tópico. Empecé a pensar cómo la podía cambiar y lo dejé en “Te querré porque haces juego con mi sofá”. Soy mucho más lírico, incluso más romántico cantando eso que lo otro, porque aquello era una cosa tópica -de hecho creo que lo saqué de un anuncio de gas-oil- y lo otro es tremendamente genuino. Estás en un planteamiento honesto, pero lo cargas todo de emotividad para que ella diga: qué bien, Pablo, que hago juego con tu sofá. Entonces tu sofá se convierte en tu corazón, todo adquiere una dimensión surrealista y las chicas piensan: este es mi hombre.
P- ¿Por qué le diste carpetazo a tu etapa de Toreros Muertos?
R- Fue gracias a un buen ácido. Un tripi aprovechado en su momento justo me llevó a dejar los Toreros Muertos y a ponerme a hacer otro tipo de canciones. De la resaca de aquel tripi salieron muchas canciones: “Ay qué gustito pa' mis orejas”, “Conversaciones encubiertas”, “Sentimiento wagneriano”, “Tomo una flor”, “Lecciones de vuelo en horas de concierto”, y alguna más. Aquella noche me di cuenta de que no podía mezclar mi futuro con mi pasado.
P- ¿Por qué una canción como “Ay que gustito pa’ mis orejas” acabó en el debut en solitario de Raimundo Amador?
R- Esa canción me vino en la playa, con mi chica. Tenía ese estribillo en la cabeza e iba cantándolo a todas horas. Un día me llamó Alberto Moraga y me dijo que tenía una música para Raimundo. Cogí el estribillo y lo junté con otras cosas que me rondaban. Si la hubiera grabado yo no habría sido un éxito. Lo bueno fue que la cantó Raimundo, aunque le daba una vergüenza enorme porque, claro, la canción trata de una comida de coño. Al tío le daba un poco de apuro, pero la cantó con Andrés Calamaro, que parece ser que no le hacía ascos al tema.
P- Para ser una canción tan explícita sexualmente, la encuentro extrañamente romántica.
R- Es que en esa canción salió otro Pablo Carbonell diferente: el tipo romántico, un poco bestia pero capaz de de hacer canciones poéticas, aunque sea una poética un poco especial. De vez en cuando la canto en el escenario y me pasa lo mismo que a Raimundo, que me da apuro cantarla. Sobre todo una frase de la canción: “Como un conejito entre tus piernas”. Tiene doble lectura: “como” de comer, y “como” adverbio. Me resulta excesivamente naif la imagen de mí mismo como un conejito. Pero si lo que hago es comer, ya es otra cosa. Procuro cantarlo así, es mucho más bonito, se acaba la turbación, las chicas se humedecen y el público aplaude. Eso es lo que hace falta, que haya alegría en el patio de butacas.
P- Donde no estuviste nada romántico fue en un tema brutal llamado “Pilar”.
R- Esa estaba en el segundo disco de los Toreros Muertos. La letra dice: “Pilar no tiene bicicleta / pero tiene un buen par de tetas / ¡Que nos las enseñe! / ¡Que nos las enseñe! / Pilar sueña que se va a casar / pero nunca llegará al altar / ¡Son muy pequeñas! / ¡Son muy pequeñas! / Pilar busca tu cariño / pero no se lo vas a dar / ¡Porque tiene un niño! / ¡Porque tiene un niño! / Chincha rabiña / Chincha rabiña”. La canción no puede ser más imbécil ni más infantil. La he recuperado hace poco porque tuve que ir a Colombia y resulta que fue un éxito allí, incluso hicieron una versión en cumbia. Entonces me pregunté ¿por qué había escrito eso? Recordé que por aquella época había dejado a una novia porque tenía un hijo. En aquel momento, con este espíritu trascendental que tantos corazones ha roto, pensaba que no podía ser mi novia porque tenía un niño. Cometí la salvajada de dejarla por esa razón. Mi manera de sacarlo fuera fue hacer una canción que parece un juego infantil, pero no era más que expresar la idiotez del tipo que deja a una novia porque tiene un hijo. Me sorprendo a mí mismo en esta canción. Me parece un destilado perfecto de ironía, sarcasmo y brutalidad.
P- ¿Cómo es tu última etapa musical, trasmutado en el Cantautor Plasta, con canciones de tan denso contenido social como “Todas las personas son iguales”?
R- Esa canción se me ocurrió en Sarajevo, donde fui de vacaciones hace seis años. No volveré a fiarme de esa agencia de viajes. Allí me fui y pensé que tenía que hacer una canción reivindicando las similitudes de las personas. La música me la inspiró algo que escuché allí en la radio, una especie de orquesta zíngara, lo que pasa es que después le puse los tres acordes que le pongo a todo. Buscando similitudes entre la gente encontré parecido entre el Papa y un psicópata, entre el Presidente del Gobierno y el más tonto de mi pueblo, y me puse a hacer comparaciones políticamente incorrectas, que es lo que me divierte.
P- ¿Qué es lo que te engancha de una canción?
R- Me gustan las canciones en las que puedo reconocer a las personas, al ser humano, porque eso me hace sentirme acompañado. Me encanta reconocer al niño aún más que al adulto. Le he visto el niño a Pedro Guerra, a Krahe, a Wyoming, a Kiko Veneno, incluso a Sabina, y a Albert Pla, por supuesto. Cuando le ves el niño a un artista de estas dimensiones ya le puedes perdonar todo, como se le perdona a los niños.
(Entrevista inédita realizada en 2002 © Ricardo Aguilera)
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