Si en algo están de acuerdo todos los compositores españoles es en que Sabina escribe muy bien. Las páginas de este libro dan fe de ello. ¿Qué tiene el de Úbeda para concitar tanto consenso? Mucho oficio, mucho talento, mucha guasa, mucha capacidad de trabajo... Todo eso ya se sabía. Lo que Joaquín Sabina suele ocultar con tercos intentos de modestia intelectual es que es un lector voraz, un glotón insaciable que devora novela, poesía, ensayo, periódicos y cosas aún peores. Tanto va el seso a la fuente que al final rompe en palabras, ripios, rimas y versos. A Sabina le debemos haber puesto por escrito algunos de los pareados que mejor nos han acompañado en esta vida, esas frases bien rematadas que uno va canturreando sin darse ni cuenta. Canción a canción, ha creado un universo propio y compartible, lleno de perdedores de todos los calibres, matones de poco calado, mujeres con doble fondo, aceras maltratadas por la municipalidad y vicios que van desde el humilde cigarrillo hasta la sed de justicia histórica.
Conversador agilísimo y ocurrente, al cabo de todos los tiempos presentes, pasados o futuros, Sabina aprovecha su trabajo como terapia para describir un mundo que contempla con saludable tono crítico. Siguiendo el hilo de sus canciones encontramos relatos llenos de santa indignación, estampas costumbristas de chulos y castizas, retratos con mala leche y buen hacer, autocrítica con sorna y garra, reivindicación de lo imposible, fotografías retocadas por el recuerdo y mucha ironía a favor o a la contra. Ha escrito tanto que tiene varias canciones de esas que quedan para los restos. No las vamos a enumerar, que cada cual elija la suya, que hay material de sobra.
Recorriendo el cancionero de Sabina encontramos agradecimientos y homenajes a los que considera sus maestros, un selecto grupo que va desde el íntimo Javier Krahe hasta el último Bambino; la conexión mexicana con José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas, o la cubana con Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Bob Dylan aparece entre líneas en muchas de sus canciones, desde las primeras hasta las más recientes. También se oyen ecos de Brassens y de Cohen cuando se pone serio con mucha coña.
Los cuentos de Joaquín Sabina se convierten en canciones con pasmosa facilidad. Tomándose la justicia por su mano suelta, crea estrofas de una plasticidad sentimental que revelan la trastienda de todas las fachadas, incluida la suya. Porque Sabina suele cantar a lo que mejor conoce: él mismo. Lo hemos visto retratado como un gañán sin posibles “Cuando era más joven”, recién ascendido a primera división en “El joven aprendiz de pintor”, riéndose de su propia sombra con “Eh Sabina” u “Oiga Doctor”, o hecho un padrazo calavera en “A mis cuarenta y diez”. Empeñado firmemente en no “ser el fantoche / que va, en romería, / con la cofradía / del Santo Reproche”, nunca ha consentido en casarse con nadie, por lo menos para toda la vida. Es un detalle: nada peor que un cronista de la realidad a sueldo.
PREGUNTA- ¿Qué es canción y qué es poesía?
RESPUESTA- En origen vienen de lo mismo. En Granada -y entre los árabes- se llama “Carmen”, que significa igual canción que poesía. Al principio la poesía era cantada. En los últimos veinte o veinticinco años, desde que no hay grandes poetas populares a lo Neruda o Machado, la canción ha llenado ese tremendo hueco. Los poetas se han vuelto muy exquisitos, hacen poesía de laboratorio que sólo leen otros poetas que vienen de otro laboratorio, y se han olvidado completamente de que la poesía, de Rubén Darío para acá, incluso antes, también servía para que los enamorados se enamoraran y para las cosas que sirven ahora las canciones. Las canciones han ocupado ese espacio, sobre todo las que tienen una letra que tenga que ver con las aceras..
P- ¿Dónde te encuentras mejor, en la ensoñación poética o en el lado adoquinado de la vida?
R- Soy un soñador vulgar, no tengo sueños espectaculares ni me despierto a media noche para escribir lo que he soñado. Este desinterés por los sueños lo compenso con mi pasión absoluta por la realidad. Nunca me ha interesado mucho la religión ni la metafísica ni los misterios. La realidad me interesa tanto, tengo tanta curiosidad, que es muy difícil hablar conmigo de sueños o misterios. Soy repugnantemente concreto.
P- Te has estrenado como poeta con un libro de sonetos, “Ciento volando”, pero lo tuyo con los sonetos viene de antiguo. ¿Cómo era esa relación epistolar con tu padre en forma de sonetos?
R- Mi padre era un poeta de campanario, de estos que cuando se casa su sobrina no hay quien le pare. A mi padre se le sentaban en las bodas dos tíos al lado para sentarle en cuanto se levantaba a recitar, porque podía recitar un poema como La Ilíada, de mil quinientos versos, dedicado a la boda de su sobrina. A mí me mandaba los sobres de las cartas en soneto y yo se los contestaba en soneto también.
P- ¿Qué tiene el soneto?
R- Tiene que es lo mínimo, son sólo catorce versos. Es lo más difícil y también lo más fácil cuando uno tiene la mano hecha. Acepta todo tipo de ripios, y luego tiene esa media verónica del último verso, “esto es amor, quien lo probó lo sabe”, que lo resume todo. Para entrenar la mano, para entrenar la lira, es lo mejor. El soneto es la perla de la poesía, es un licor muy destilado, es como el polen del hachís, es lo más.
P- Sonetos y canciones. ¿No te atrae otro tipo de obra literaria?
R- De vez en cuando me da la tentación de escribir cuentos o novela, pero creo que la tengo vencida hace muchos años. Y para explicar por qué no escribo libros, le robaré una frase a mi maestro Krahe: es mucho mejor ser cantante que hacer teatro o escribir, porque el novelista se pasa dos años escribiendo una novela y luego firma un día en la Feria del Libro, si tiene suerte. El actor de teatro se tira dos horas y media desgañitándose ante una gente que sólo aplaude al final; sin embargo, en la canción aplauden cada tres minutos.
P- Te quedas, pues, con el ripio cantado.
R- Para el ripio no sólo tengo facilidad sino que soy defensor a ultranza. Creo que el ripio es una gloria para hacer accesible a gente no lectora de poesía un montón de cosas.
P- ¿Qué pone en la primera página de tu librillo sobre “cómo hacer canciones”?
R- Lo mismo que en el de Juan de Mairena, el heterónimo de Machado, que decía: Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rue; ponga eso en lenguaje poético. Y decía Jaimito: lo que pasa en la calle. Y decía Mairena: muy bien. La humildad sintáctica y morfológica es absolutamente fundamental para que eso no sea una mariconada redicha. Lo primero que diría mi librito es “al pan, pan; y al vino, vino”, que es mucho más bonito que los eventos consuetudinarios que acontecen en la rue.
P- Una pregunta de filólogo: ¿El español es un idioma difícil para hacer canciones?
R- El español es un idioma duro. A veces me meto en composiciones que son como un trabajo escolar sobre mi oficio, un trabajo de indagación acerca de cómo colar el español en sistemas tan raros, y me parece muy interesante.
P- Pues ahora lo que se lleva es cantar en inglés...
R- Lo de cantar en inglés me parece absolutamente ridículo. Cuando empezábamos a cantar rock and roll, hace muchos años, todo el mundo cantaba en inglés y parecía que no se podía cantar en español. Cuando se cantaba en español parecía un español mal traducido del inglés. Esa batalla en la música creo que es la única que se ha ganado. Ahora mismo el español le suena extraordinariamente bien a mucha gente. Y, sin embargo, vienen los jovencitos cantando en inglés. A mí me parece que hay que darles dos hostias.
P- ¿Qué no se debe hacer a la hora de escribir una canción?
R- No forzarla. Las canciones, una vez que uno tiene la idea o empieza a escribirla, ellas mismas van pidiendo lo que quieren. Tengo una teoría muy romántica, y probablemente falsa, que dice que es como si estuvieran por ahí escritas y uno es un pescador que las pesca. Uno está ahí esperando que piquen. El proceso de escribir canciones se parece mucho a eso si no eres de los que escriben a horas fijas, y yo nunca lo fui. Puedo escribir tres canciones seguidas o pasarme tres meses sin escribir ni una. Siempre tengo la sensación de que ellas estaban por ahí y se abren paso a través de mí.
P- ¿Dominas el manual de instrucciones para escribir un bolero?
R- Hace falta que te acabe de dejar tu mujer o tu novia. Hay que estar muy abandonado y bastante borracho. El bolero tiene que ser crepuscular, tiene que ser porque has perdido algo. Al que quiera escribir un bolero le recomiendo eso, que le deje su novia y que se vea conmigo, que yo pago las copas y luego que se escriba el bolero. Y mientras, me tiro a su novia, claro, que ahora no puedo beber mucho.
P- ¿Vale la misma receta para escribir un tango?
R- Para escribir un tango no hace falta que te haya dejado la novia, sino que hayas tenido una isquemia cerebral leve, como ha sido mi caso. Entonces sale inmediatamente “Adiós muchachos compañeros de mi vida / farra querida de aquellos tiempos... mi cuerpo enfermo no resiste más”. ¡Ja, ja, ja!
P- El rock tiene otras claves, ¿no?
R- Tiene que ser algo que inmediatamente se te vaya el culo detrás, quiero decir para moverlo. Que te saque de la barra, que te haga bailar, que te saque la chulería esa que llevas dentro y que uno no saca por pudor. No saber tocar la guitarra y, sin embargo, cogerla y moverte con ella y que te miren las chicas que no te hubieran mirado nunca si no hubieras hecho un rock and roll.
P- ¿Cual es el truco para una ranchera?
R- A veces los mariachis parecen de la tuna, pero no lo son. Es algo infinitamente más carnal, son puritito rock and roll, no son estudiantes con calzas. Son “killer” totalmente. La ranchera la tengo totalmente relacionada con el mariachazo, y el mariachazo es una cosa terrible que roza mucho la marginación o la delincuencia directamente. Son unos tipos con cara feroz y bigote que, cuando nacen, la comadrona le dice a su madre: ha tenido usted un mariachi. Un mariachi se nace.
P- ¿Cómo se hace un himno?
R- Todos los grupitos superficialones buscan un himno cuando se ponen a escribir, y nunca les sale. Estoy convencido de que los himnos salen cuando uno no los busca. Cuando uno quiere hablar de una cosa general, aplicable a muchas personas, no busca hacer un himno, sino que el himno se abre paso sólo a través de la escritura o de las notas. Aparece cuando no se le fuerza el brazo.
P- Siglo XXI y continuamos con el cambalache. ¿Qué sigue estando prohibido cantar?
R- No se puede hacer una canción feroz sobre la familia real y no se puede vomitar sobre los patriotas. George Brassens tiene una canción de hace muchísimos años que dice “los imbéciles felices porque han nacido en cualquier parte”. No puedes irte al País Vasco a cantar eso. Es tristísimo, pero es así. Ahora no se pueden hacer chistes en Estados Unidos sobre las bombas y los aviones, pero yo creo que es muy terapéutico y muy cojonudo reirse de todo. No se puede decir la verdad, decir lo que son, a la familia real, que no son más que unos impostores. No hay nadie que cuente unas historias de dinero de los árabes con la monarquía.
P- ¿Y cómo esquivar la censura?
R- Suelo ser bastante bocazas, pero lo soy más cuando hablo o hago entrevistas que en las canciones. Las canciones tienen su lógica interna. En una sí conseguí meter a la familia real -”Como te digo una co te digo la o”-, pero en un contexto muy divertido en el que hasta ellos se pueden reir, porque no soy yo el que habla, sino la maruja que está en la playa con otras. A pesar de haberla escrito yo, cuando la oigo, me río. Me divierte muchísimo llamar a la reina “esa buena mujer”, eso es mucho. Con trucos así se evade la censura, no creas que es tan fácil. Y luego me gustaría decir muchos más tacos en las canciones y llamar más a las cosas por su nombre, pero muchas veces las canciones se niegan. Ellas tienen también sus pudores. Es como cuando uno dice un coño a destiempo, o cuando te tiras un pedo en una cena elegante. Ahora ya no te arriesgas a nada, lo máximo que te puede pasar es como a Albert Pla, que tuvo un problema con la compañía discográfica por una canción sobre la monarquía, de hecho no le editaron el disco. Esos son los problemas que puede haber, pero la gente está encantada y no hay ningún problema. No hay listas negras, si las hubiera estaría yo y no lo he notado.
P- Siempre te has declarado republicano a carta cabal, sin caer en las tentaciones neo-monárquicas de la izquierda acomodada; sin embargo, ¿realmente se acuerda alguien de la República, se acuerda alguien de la guerra, de la postguerra?
R- A lo mejor cometemos un error al pensar que no se va a acordar nadie de todo esto. Bueno, pues que se acuerden, y el que no se acuerde que vaya a la escuela y empiece a enterarse.
P- Tú sí que te acuerdas, porque tienes una canción bellísima con todo el aroma de la época, “De purísima y oro”.
R- Es una canción incomprensible para mucha gente porque las claves son muy localistas. Está hecha para los que tienen esa inconsolable nostalgia por una República que no vivieron. El texto creo que es el mejor que he escrito en mi vida. Es una historia contada muy parecido a como la soñé. Lo bonito era usar palabras tan en desuso; se me ponía la carne de gallina escribiéndola. Dices “aceite de ricino” y ves tantas cosas, tantas imágenes siniestras de postguerra. Si yo hago una canción sobre eso, es que no ha acabado la postguerra. He visto llorar con esa canción a mucha gente distinta. A lo mejor la desmemoria no es definitiva e irreversible. Y ya era hora de contestarle a Celia Gámez lo de “ya hemos pasado”. Por otra parte, era una manera de contar la historia de Manolete y Lupe Sino, que no comprendo cómo no se ha llevado al cine o se ha contado en alguna parte. Es una historia trágica y perfecta. Una tía que se llame Lupe Sino sólo puede ser novia de Manolete. Su madre se llamaba Doña Angustias. Y a sus hermanas, putas, las obligó a casarse con dos banderilleros de su cuadrilla. Les dijo: “Y ahora mismo os casais con mis hermanas y yo soy el padrino”. Es cojonudo.
P- ¿Te arrepientes de alguna canción?
R- Me arrepiento de un disco entero, “Inventario”, menos de una canción. La verdad es que yo no pretendía ser cantante, e hice ese disco porque unos amigos me consiguieron una casa de discos. Yo no conocía ningún músico ni sabía qué arreglos hacer, entonces vino una orquesta y yo canté por encima. Ese disco no es mío. A partir de ahí cambiaría algún verso, pero no me da demasiada vergüenza lo demás.
P- ¿Hay que haber leído mucho para escribir?
R- Yo creo que sí, pero la realidad me demuestra todos los días que no. Hay gente que escribe y canta con muchas faltas de ortografía, y con bastante éxito. Luego hay otros que juran que nunca han leído un libro, como Rosendo, y lo hacen muy bien. Pero creo que es mejor escribir habiendo leído mucho, hay que aprender de los maestros. Y se nota. Yo noto todo lo que ha leído Krahe y noto lo poquito que han leído otros de cuyos nombres no pienso acordarme.
P- ¿Qué lees?
R- Todo lo que me cae encima. Aquí tengo, sobre la mesa, una biografía de Rasputín en francés, y aquí otra de Robert Graves, así que leo cualquier cosa que pille. Trato de no leer mala literatura, pero a veces me la leo también porque soy un lector voraz de esos que si no tiene nada a mano que llevarse al water es capaz de leerse la guía de teléfonos. He llegado a leer hasta libros de Alfonso Ussía, fíjate, no se puede caer más bajo.
P- Pues ya hay que tener humor...
R- Es que el humor para mí es fundamental para vivir. Creo que se equivocan muchísimo los que prohíben el humor cuando se estrellan los aviones sobre las Torres Gemelas. El humor salva vidas y cura. En las facultades de medicina habría que decirle a los médicos que contaran chistes a los enfermos y no que pongan esas caras de culo para aparentar que han estudiado muchos años y que son muy sesudos. No conozco a nadie verdaderamente inteligente que no tenga sentido del humor. Para curar es infinitamente mejor que la gimnasia. Afortunadamente, del humor no me ha quitado el médico.
P- ¿De qué te ríes a gusto?
R- Uno mismo es completamente ridículo, los pensamientos íntimos de uno son profundamente ridículos. Si llegas a una edad en la que eres capaz de reirte de eso, y creo que ya estoy llegando, entonces todo es divertido. Hay que reirse fundamentalmente de uno y de todo lo que tienen los demás que se parece a uno. No hay miseria que no tengamos todos. Mr. Bean tiene muchísimo éxito porque todos somos como él, gente impresentable. Es como el personaje que hace siempre Walter Matthau en las películas, que es un tipo absolutamente egoista, cerdo, asqueroso. Somos ellos, tenemos un lado Walter Matthau y Mr. Bean absoluto. Lo que pasa es que hay mucha gente que se ve como santos o como genios, y cometen un error con ellos mismos. Hay que reirse de uno mismo por puro egoismo, por poner una distancia curativa entre los desafíos de la vida y el ego de uno.
P- ¿Cómo se puede uno plantear hacer una canción de amor habiendo tantas?
R- Hasta muy avanzada mi carrera, en el disco “Hotel dulce hotel”, no había escrito ni una canción de amor. Yo ni lo sabía, pero una periodista que había escrito un libro sobre canciones de amor me llamó y me dijo que no tenía ni una. Entonces hice “Así estoy yo sin ti”. Pensaba ¿quién va a mejorar “Bésame mucho” o “Reloj no marques las horas”?, así que inventé esa fórmula de “como tal o como cual”, una serie de comparaciones disparatadas para no repetir lo que ya había dicho todo el mundo, y así salió aquello de “más triste que un torero / al otro lado del Telón de Acero”. A partir de ahí seguí un poquito por esa línea hasta años después, que ya no me daba miedo decir cosas como “morirme contigo si me matas”. Fui de una especie de surrealismo que trataba de meter palabras nuevas en un género viejo, a tirarme de cabeza, a “morirme contigo si me matas” sin ningún pudor; pero al principio me parecía que era imposible hacer una canción de amor que tuviera un cierto sentido y que no estuviera muy por debajo de todas las históricas. Hay que tirarse por derecho al bolero más cabrón o irte por las ramas.
P- Ahora, sin embargo, ya tienes buena mano para retratar amores, aunque sean instantáneas de momentos tan fugaces como en “Ahora que...”.
R- Desde hace mucho tiempo tenía la intención de hacer una canción que se llamara “Ahora que no te quiero todavía”, porque creo que ese momento del amor es el único que merece la pena, y dura nada. Es cuando todavía no le has dicho “te quiero”, cuando todavía no has hecho planes, cuando todavía no te juegas nada, eso es fantástico. Esa canción está hecha a ese momento, cuando todavía, si se va con otro, no te pega una puñalada en el corazón.
P- Otra vuelta de tuerca curiosa al género la das en “Y sin embargo”.
R- Como el tema del amor está tan agotado, quería escribir una canción un poco cínica que dijera eso de “de sobra sabes que eres la primera / que daría por ti la vida entera / y, sin embargo, un rato cada día / te engañaría con cualquiera”. Me parecía complicado sacar de ahí una canción de amor, pero también creía que eso sí que era meterse en terrenos en los que no se habían metido otras canciones de amor. Es una de mis preferidas, si no la más. También es de las preferidas del público. Me gusta mucho cuando la cantamos porque empieza Olga (Román) cantando “Y sin embargo te quiero”, de Quintero, León y Quiroga. Es mi canción de amor preferida.
P- Otro amor sobre el que has reflexionado en tus letras es el amor mercenario: ahí está “Una canción para la Magdalena”.
R- Quería que fuera una canción de amor, que es lo que es. Además, yo no aparezco en la canción, mando a un tipo que la va a ver, dentro del viejo esquema dylaniano de “Si vas al País del Norte busca una chica...”. La melodía es de Pablo Milanés. Trabajamos por teléfono, yo le iba dando la letra y él me daba la música.
P- Aunque esta es la única canción que le has dedicado a una puta, ellas aparecen como parte del atrezzo en muchas de tus canciones. ¿Qué les has encontrado a esas buenas mujeres?
R- He sido muy putero. Me parece, como a Fernando Fernán Gómez, que cobran poquísimo para lo que dan. Hay muchos malentendidos sobre ese trabajo, no tengo el menor concepto moral sobre él, me parece un trabajo como cualquier otro, sólo que más decente. Soy de los que han tenido la suerte de encontrar alguna vez putas vocacionales. Una me dijo una vez: “desde que tengo uso de razón quise ser puta”. Es impresionante. Hay más putas y puteros que nunca. Las putas son un pilar de la sociedad. Las esposas están entrenadas para no hacer nunca una mamada o no vestirse nunca de cuero. Las putas son las que compensan eso. Hay determinadas horas, a las cinco o seis de la mañana, en que estás con los amigos y quieres fiesta, y no vas a despertar a tu prima decente. Igual que digo que soy muy putero -ellas no me dejarán mentir si leen esto- desde luego yo no las llamo para meter algo por un agujero sino, generalmente, para bailar, para hacer una fiesta. Jamás a una sauna. Los bares de putas que a mi me gustan están desapareciendo. En Madrid casi no hay, en Latinoamérica sigue habiéndolos. Son sitios donde hay orquesta, se baila y hay unas señoritas estupendas. Yo no suelo acostarme con las putas, pero son unas chicas para hacer fiestas lo mejor del mundo, además, cuando se dan cuenta de que no te vas a acostar con ellas les parece fantástico.
P- ¿Y con “Princesa”, qué pasa?
R- Pertenece a mi lado más dylaniano. Es de cuando estaba empezando a escribir canciones muy callejeras. Supongo que cuando la hice tenía en la cabeza la letra de “Like a rolling stone” o la de “Just like a woman”, la historia de una chica perdida y hecha polvo en la calle aunque haya sido rica. Me pareció tan poca cosa cuando la hice que se la di a Juan Antonio Muriel para el Festival de Benidorm y quedó segunda. Tardé en grabarla tres o cuatro años. Fue la presión del público la que me hizo incluirla en “Juez y Parte”. He estado años sin cantarla en directo, me parece repetitiva, monótona. Y me parece que me ensaño demasiado con la chica sea quien sea. Eso de “que te pague otro las fianzas” me parece de una crueldad innecesaria.
P- ¿Por qué te tiran tanto los romances canallescos?
R- Creo que los bandoleros, los bandidos que no pinchan o no matan, siempre han tenido muy buena prensa entre la gente de la calle. El golfo, el pícaro, el gangster sin llegar a Al Capone, parece que tienen una vida mucho más interesante que los honrados padres de familia. Son mucho más cantables, y ha sido así toda la vida desde La Ilíada a La Odisea. La literatura o el cine siempre empiezan con un tipo que acaba de salir de la cárcel, ¡qué le vamos a hacer!
P- Hay alguna canción de este tipo en la que asumes el protagonismo, como en “Pacto entre caballeros”.
R- Esa canción es más querida por el público que por mí, aunque fue la única vez que realmente no me he sentido un cantautor haciendo una excursión por el rock and roll, sino haciendo rock and roll. Creo que todo lo que tenía, la historia que se contaba y la aceleración de la música, le daban una entidad a la canción que te eximía de pedir disculpas por hacerla. Siempre me hacen la pregunta de si lo que cuenta la canción pasó o no pasó. Pues casi pasó: en la misma semana dos bandas me fueron a atracar y luego no me atracaron cuando me conocieron. Y también pasó que uno de ellos quiso llevarme de putas. Y luego nada más, claro, no volví a saber de ellos.
P- ¿Te has hartado ya de cantar “Pongamos que hablo de Madrid”?
R- Demasiado himno. Es una canción que hice contra Madrid, con una descripción apocalíptica de la ciudad. Lo hermoso de Madrid es que es una ciudad tan poco nacionalista, tan poco chauvinista, que se apropia una canción que es casi un insulto. Por eso me vi obligado a cambiar el final, para agradecer tanta comprensión. Es algo que sólo puede suceder en Madrid, es la única ciudad del mundo que puede deglutir eso. Es una ciudad donde es inconcebible que los madrileños canten un himno detrás de una bandera.
P- Nos has ofrecido una canción inédita, ¿cuál es?
R- - “La canción más hermosa del mundo”. Se llama casi igual que la de La Oreja de Van Gohg, pero yo la tenía hecha hace muchos años.
P- ¿Por qué escribes tanto?
R- Porque no sé disfrutar del ocio, nunca he sabido. Tengo amigos, por ejemplo el Krahe, que es un sabio del ocio. Ese es casi el ideal de mi vida, pero no sé estar sin leer o sin hacer zapping. Seguro que algún psiquiatra diría que es por miedo a bucear. A mí siempre me ha parecido una cosa muy aburrida eso de buscarse a uno mismo. ¡Si no tengo ninguna gana de encontrarme!. No espero encontrar nada interesante, así que lo que hago es sacar cosas afuera todo el tiempo. además lo mío es muy divertido. Tengo la posibilidad de sacar una canción y que al día siguiente suene en la radio, y es divertido seguirles el rastro, van a América y anidan en otros oídos. Suelo tener raptos de inspiración en los que escribo apasionadamente durante una noche, pero eso da para una canción de tres o cuatro minutos que trabajo luego durante un mes. Si tuviera que escribir una novela me vendría abajo. Soy un corredor de 100 metros, el maratón puede conmigo. Para escribir una novela hay que tener una disciplina, y la canción permite estar rodeado de gente en un bar y que se te ocurran unos versos.
P- ¿Qué haces cuando se te atraviesa una canción?
R- La dejo reposar, a veces durante años. En casi todos mis discos hay canciones que están hechas en una tarde y otras que empezaron hace diez años y que han ido pasando por varias etapas. Si no se me queda en la memoria una canción es que no me vale. Las voy cantando en la cabeza y sale todo junto, la música y la letra. Ahora tengo varias de esas que me interesan mucho. Hay una que se me ha atrancado a la tercera estrofa y no sé seguirla; dice: “No permita la Virgen que tengas poder / sobre lágrimas, besos, haciendas”. Va sobre el poder, sobre esa pasión absolutamente ridícula que tiene la mayoría gente, que a mí me parece aburridísima, vistísima y sin ninguna calidad estética, que es el poder.
P- ¿Cuál es el estado de salud del cancionero español?
R- En general creo que está muy mal, aunque hay tipos como Jorge Drexler, Pedro Guerra o Albert Pla, de penúltima generación, que creo que son artistas y que lo serán siempre; han hecho muy buenas canciones y las van a hacer mejores. Lo que no veo son cosas muy nuevas. Para mí lo más nuevo, desde el punto de vista de la radicalidad sonora o de explorar caminos, son Manu Chao y Andrés Calamaro, pero no veo nada más, están pasando pocas cosas. Me gusta mucho que seamos más latinos que hace diez años, que era una anglosajonización de cuarta categoría horrible, pero tampoco está viniendo lo mejor de lo latino. Está viniendo la música de baile, que es cojonuda. La invasión cubana me parece una buenísima noticia, pero se está quedando en la música de baile, no entra en otras cosas.
P- ¿Y el panorama latinoamericano?
R- Por allí son más floridos y tienen menos pudores y menos miedo a la poesía. En Argentina, en un modo muy rockero, muy urbano y vanguardista, tipo Charly García o Fito Páez, escriben en unas claves que nosotros aquí no hemos escrito jamás. En Cuba no le tienen miedo al aboleramiento tipo Milanés, Silvio o cualquier nuevo cubano que haya ahora, que todos vienen de ese tronco. Veo el panorama más interesante que el de aquí, que lo único que tiene su interés es el flamenquito.
P- ¿Eres de los que mantienen que al otro lado del charco se habla mejor español que aquí?
R- Sí, en Latinoamérica se habla mejor que en España. No entiendo por qué. Tú oyes a un taxista cubano o venezolano y luego escuchas a uno de aquí, y el español parece un cromañón. Cuando entrevistan a los de las inundaciones de los huracanes, que es gente analfabeta, hablan un español magnífico; sin embargo, cuando sacan un micro a la calle Preciados, ladran. García Márquez sostiene que en Colombia se habla el español más hermoso del mundo. No tiene una explicación, nadie sabe por qué aquí se habla tan mal y allí tan bien. Es algo que nos debería avergonzar.
P- ¿Qué te parecen las letras del flamenco de ahora?
R- Flojean un poco y se nota mucho, porque el cancionero flamenco tradicional tenía unas letras tan hermosas... esas que están en el libro del padre de Antonio Machado. Eran unas letras impresionantes. Ahora se ponen a escribir y no es tan fácil. Tenían que hacer como antes, que contaban con esos poetas aflamencados que había en todas partes. Puede que ahora esos poetas estén viejos. Hay muchísimo talento entre los jóvenes flamencos, más que en cualquier otra cosa que suceda en este país, pero también es verdad que se están llendo un poquito hacia lo fácil con las fusiones y las mezclas, y se están olvidando de cómo hacían ellos sus fandanguitos y sus bulerías sin necesidad de fusiones. A veces me parece que el nuevo flamenqueo, y todo eso que está de moda, está yendo a unos lugares que le llevan a perder lo mejor que tenía, esa alegría golfa y rumbera. Lo que pasa es que tienen tanta gracia y tanto arte que hasta con lo fácil se le cae a uno la baba.
P- Hablemos de rumba. ¿Cómo se te ocurrió meterte en la piel de Bambino en “19 días y 500 noches”?.
R- Me gustaba muchísimo ese lado canalla de puti club de carretera, de tupé con brillantina que tenía Bambino. Ese desgarro cantando con orquestas malísimas, siempre muy mal grabado, pero, sin embargo, él sobrevive a eso y a más. La hice casi para que él la cantara, pero se murió en el proceso. “19 Días y 500 Noches” está soñada para que la cante alguien como Bambino en un puti club de carretera. En principio esa canción era casi un encargo de José María Cámara que la quería para Siempre Así, ese grupo de señoritos y señoritas sevillanos. Quería hacer algo así como una rumba elegante, pero se me fue la mano al arroyo, a Bambino, de una manera tal, que no se la di y la hice yo.
P- ¿Llegaste a conocerlo?
R- Lo conocí un día en Antequera, y le escuché cantar una noche en Sevilla en una bar de la peor estofa, la voz rota. Sólo he visto hacer esas cosas a Goyeneche o a Chavela Vargas. Inventó mucho y no se le ha reconocido. Creo que fue Morente quien me dijo que a Camarón le encantaba. ¿Cómo no le iba a gustar?, si tiene un pellizco... Artistas trágicos como Bambino ya no suelen haber a finales del siglo XX. Él es el último trágico. Los últimos años de su vida han sido tremendos, estaba pasando fatiguitas y además no podía cantar. En su caso este país se ha vuelto a portar con esa crueldad brutal que nos caracteriza.
P- Otro monstruo. ¿Qué me dices de José Alfredo Jiménez, al que citas con reverencia?
R- Es el mejor escritor de canciones en español. No conozco a nadie que tenga cincuenta canciones que atraviesen las clases sociales, los paises, del modo en que lo hacen sus obras maestras. Vas a México y es imposible no escuchar una canción de Jose Alfredo en la radio del taxi, a los mariachis o por donde sea. El México que conocemos sería menos México sin Jose Alfredo. Cuando alguien te dice: “¿Quién es ese Jose Alfredo? No lo conozco”. ¡Claro que lo conoces! Es el autor de “El Rey”, de “Volver, volver, volver”. Y como esas tiene cincuenta, es impresionante. Desde luego es mi modelo y mi maestro. Eso sí es un cantante popular y no los que hablan de izquierdas y de políticas. Era un fenómeno de la naturaleza. No era una persona muy leída, pero hacía verdadera poesía. Chavela me ha contado muchas cosas sobre él. No sabía tocar la guitarra, prácticamente no sabía escribir y hacía las canciones así, como si nada. Si pones en una canción “cuántas luces dejaste encendidas / yo no sé cómo voy a apagarlas”, yo creo que no se puede escribir mejor.
P- Un tópico de siempre: vivimos tiempos difíciles. Bueno, el tópico se ha hecho carne. ¿Y ahora qué?
R- Creo que es el momento de no darse por vencido, de no rendirse, de pensar que no puede uno resignarse a que no haya más que esto, la globalización, el pensamiento único, este disparate que estamos viviendo todos los días. No estoy hablando de política. Cada vez oigo más a la gente decir que no hay salida. Ya lo dijeron los punkies de una manera muy agresiva. Es una pena que no haya ahora otros punkies. Bueno, los hay en paises latinoamericanos. Es el momento de no resignarse, ¡qué coño!
(Entrevista inédita realizada en 2002 © Ricardo Aguilera) |