Entrevista a LICHIS - LA CABRA MECÁNICA

El francotirador de la cabra
 

La historia de Miguel Angel Hernando Trillo, alias Lichis, es realmente singular en estos tiempos de famosos instantáneos y envasados al vacío de la agitación televisiva. Nacido en el barrio de Gracia barcelonés, Lichis se mudó a Madrid para habitar sus barrios más suntuosos: San Blas, Lavapiés o Vallecas. Hijo de familia obrera, creció escuchando coplas, rock, rumbas, cantautores, pop y todo lo que sonara por el “loro”. Como le tiraba la música, se agarró a un bajo eléctrico y alquiló sus labores a diversos grupos de escaso presupuesto. Es de una generación intermedia entre la del rock de los ochenta y la del actual movimiento “indi” angloparlante. No se casa ni con la “patxanga” de Mano Negra ni con la “cosa latina”. Como buen mercenario, Lichis es un tipo que entiende la música desde un apasionado escepticismo. El primer disco de su proyecto personal, “La Cabra Mecánica” (1997), descubría a un francotirador de excepcional puntería, capaz de hilar frases rotundas con una paleta de sonidos multicolor. La tarjeta de presentación venía inscrita en versos reveladores: “Muy a mi pesar alguien se me adelantó / y asesinó al último cantautor. / Muy a mi pesar no he sido yo / y esto no es un grupo de flamenco pop” (“El último cantautor”); “Me falta empuje me sobran tablas / me falta pista me sobran piernas” (“Mi única riqueza”). Aunque ese primer disco ofrecía una soberbia colección de estampas de la España lumpen de fin de siglo, lo que pegó fuerte fue, cómo no, la faceta caca-culo-pedo-pis: “Vámonos gorda, vas a ser mía / métele duro reina de la mantequilla” (“Reina de la mantequilla”); “Por si te acuerdas de mí / te he apuntado en una barra de hielo / mi dirección y mis mejores deseos... / ¡Que te follen!” (“Que te follen”)

El siguiente paso fue en falso: “Cabrón” (1999) era un disco deliberadamente oscuro que no se vendió bien. Lichis daba rienda suelta a una visión ácida de la vida que se posaba con especial querencia en las miserias del chiringuito rockero nacional, en los niños pijos, en nuevos y viejos ricos, y demás material de derribo ideológico. La mala leche en estado puro de versos como los de “Odio” disonaban con la melodía dominante del país que iba bien: “Odio mientras decora mi casa / entre multiétnica y vanguardia / de suplemento dominical. / Odio levantarme o no acostarme / pa' ir al Rastro, odio tomar vinitos / odio el afterhours, ¡odio a la puta humanidad!”.
Tomándose las cosas con calma, Lichis fue digiriendo su ascenso y caída mientras preparaba un nuevo disco, “Vestidos de domingo” (2001). Esta vez sí: diez canciones en estado de gracia recorriendo géneros musicales minados de guiños para conocedores, con letras que rompen moldes a fuerza de poesía de barrio. Sentimientos fuertes y atrezzo cotidiano es la fórmula. Ahí está “La lista de la compra”, cumbre racial-doméstica de la rumba de ahora mismo; y “Todo a cien”, con imágenes de brutal sugerencia: “Es poco lo que tengo / pero todo te lo doy / el loro de mi tiempo / pa’ que te hagas un reloj / la flor de mis neuronas / pa’ enredarlas en tu pelo / y por supuesto la luna”. Y sentencias, las que quieran: “Es la falta de amor / lo que llena los bares” (“Fábula del hombre lobo y la mujer pantera”). La cabra de los gitanos de antaño mecanizada por el mundo moderno.

PREGUNTA- ¿Qué valor tienen las letras en la música moderna?

RESPUESTA- Las letras de los grupos de rock están haciendo lo mismo que la televisión. Si escuchas la diferencia que hay entre el lenguaje, el vocabulario incluso, de una maruja de hoy a una maruja de hace años, es alucinante. Una de hace años no veía la tele, y la de ahora está todo el rato viéndola. Incluso los periodistas que se dedican a hacer basura rosa y “marujil”, son gente que luego escribe muy bien, hablan muy bien, y son cultos. La gente igual no lee, pero sí ve la tele y recibe todo ese aprendizaje lingüístico a través de la tele. Con la poesía pasa lo mismo. La gente en este país no lee, incluso la hay que cuando dices: “tronco, hay que leer”, o “me estoy leyendo un libro”, te considera pretencioso. La gente no lee libros, pero creo que aprende poesía a través de las letras de las canciones. Yo mismo soy un vivo ejemplo de eso: la poesía no la entiendo, no me llega. Y no me llega por una cuestión de cultura, no he terminado ni el BUP. Dejé los estudios, aunque lo que sí he hecho toda mi vida ha sido leer una barbaridad.

P- ¿Y qué lees?

R- De todo. Ahora estoy con la novela picaresca, me he comprado una colección. He empezado a leer los clásicos. Hasta hace algún tiempo casi todo lo que leía eran autores contemporáneos o de principios de siglo: Henri Miller, Bukowski, Sartre o Celine. Vázquez Montalván es un tío que también me gusta mucho; Umbral, todo este tipo de cosas. Desde hace cuatro años a esta parte he empezado a leer literatura griega y romana, desde Aristófanes, que es como una especie de Bukowski de los griegos, a Petronio, que es “gore” puro. Me leí dos veces “La Odisea” y “La Iliada”, que es un coñazo de cojones, pero también es como una película de Schwarzenegger, de vísceras, de sangre. Es como ver “Terminator II”.

P- ¿Escribes desde hace mucho?

R- Desde que tengo uso de razón. Me acuerdo que iba en los viajes con mis viejos y les cambiaba las letras a las canciones, les inventaba letras nuevas. Improvisaba rimas sobre cosas que me pasaban. En el colegio empecé a escribir poesía. El profesor de Lengua se pensó que iba a ser Camilo José Cela o algo así, y cada vez que escribía algo me llevaba de clase en clase para leérselo al resto de los chicos. Había gente que hasta me pagaba para que le hiciera la redacción. Igual a alguna chica que me gustaba le escribía un poema, o lo que fuera, para que luego lo presentara en clase. Soy enamoradizo desde que era un bebé. Me acuerdo de que había un par de chicas, una se llamaba Angelines y la otra Edurne, a las que les escribía cosas. Las letras de las canciones llegaron cuando empecé a ir al instituto. Escuchaba mucho a Javier Krahe en esa época. Por aquel entonces me había tirado un verano a saco leyendo a Quevedo, me gustaba mucho la poesía satírica, y como me llevaba bastante mal con el resto de compañeros de clase, hacía rimas para meterme con la gente. Tenía catorce años o así. Cuando empecé a tocar con el bajo, ya de jovencito, dejé de escribir. Hacía algunas letras, pero tampoco me lo tomaba muy en serio. Luego hice La Cabra, que eso fue en el año 93, con veintitrés tacos. En mi barrio todo el mundo tenía claro que si alguien tenía que escribir letras era yo, no sé por qué, porque las que hacía eran bastante malas y tópicas, muy de adolescente: “muros de hormigón y antenas de televisión”, “eres un número más”, y este tipo de cosas.

P- Lo curioso es que hubo un momento, hace muchos años, en el que hablar de “muros de hormigón” era precisamente salirse del tópico.

R- En esa época escuchaba mucho a Rosendo, que siempre me ha parecido un letrista buenísimo. Como guitarrista no me gusta un carajo, eso también te lo digo, me parece un coñazo impresionante, pero como letrista me ha parecido muy bueno. También me gustaba mucho Barón Rojo o Parálisis Permanente, todo ese rollo de casquería y de marginación. Es verdad que en esa época, joder, “Este Madrid”, de Leño, era una movida súper trasgresora.

P- Hacerlo ahora sería caer en el tópico.

R- Me di cuenta de eso en el primer disco, cuando acabé las letras. Los cuatro primeros temas fueron: “Mi única riqueza”, “Vengo de Lavapiés”, “De buena mañana”, que está en el segundo disco, y uno que está el tercero, ”El amor es un deporte muy raro”. Cuando las leí me di cuenta que lo que estaba haciendo era utilizar tópicos y darles la vuelta. Muchas veces la fuente de inspiración suele ser el refranero majadero, precisamente porque el refranero es majadero al mismo tiempo que sabio. Inconscientemente intento combinar esas dos cosas, sacarle el jugo a lo popular o a lo populachero. Hace poco me leí un libro que se llama “Historias de Madrid”. En la última parte habla de los toros de principios de siglo. Hay mucho de ese lenguaje taurino que forma parte, sin darnos cuenta, del que utilizamos normalmente. Eso también me ha influenciado mucho. Últimamente también me ha condicionado Martirio, que la he descubierto como artista. Martirio apunta por dónde yo estaba tirando. Para mí ha sido muy clarificador escucharla, sobre todo por cómo se coge el tópico, la frase popular, y se le saca otro sentido.

P- ¿De dónde te sale la vena satírica?

R- Creo que lo más brillante de nuestra literatura, por ejemplo la del Siglo de Oro, la novela picaresca o toda la poesía satírica de entonces, es parte del carácter español. Es un tono con el que me siento muy identificado. Me imagino que es igual que para un latinoamericano identificarse con el “realismo mágico” o con Borges. Si lees las letras simbólicas de Charlie García o a Fito Páez, te das cuenta de que tienen mucho que ver con el carácter latinoamericano. En ese sentido mis letras son muy españolas.

P- ¿Qué estado de ánimo te mueve a escribir?

R- Yo no puedo escribir ni deprimido ni eufórico. No sé si era Neruda el que decía que para escribir sobre el amor no hay que estar enamorado, y que para escribir del desamor hay que estar enamorado. Hay que tener un distanciamiento. Para escribir o para componer tengo que estar en un estado personal muy estable. Soy muy maníaco depresivo y cuando me entra una crisis no escribo una mierda, ni toco ni hago nada, y si hago algo no merece la pena, suele ser una castaña.

P- ¿Descartas mucho?

R- Sí, porque lo que suelo hacer es escribir mucho, y normalmente no me gusta casi nada. Escribo sesenta canciones para que me guste una que ha venido de otra canción, que ha ido cambiando, evolucionando, hasta que ha pillado la forma. Además, es que escribo muy mal. Es un problema que tengo: lo que escribo que no merece la pena es que es horrible. Es espantoso totalmente. Entonces sí, trabajo mucho de descarte.

P- Tus discos son un mosaico de estilos musicales: rock, pop, rumba, tango, pasodoble, country, reggae, folk... ¿El género que usas determina la temática de la canción?

R- Sí, porque se identifican una serie de actitudes con un estilo de música. Lo gracioso es que todo aquello de que el rock es una forma de vivir es una gran mentira. Eso hace que me resulte interesante mezclar cosas al componer. ¿Qué tipo de personaje imagino cantando un hip-hop? Pues al típico chaval de dieciocho años que está deseando que esto sea el Bronx para poder llevar una pipa y comprarse un BMW negro con cristales tintados. Todo eso, adaptado a la realidad de un barrio como Vallecas, es algo completamente patético. Si coges esos dos tonos y los mezclas es como el explosivo y la chispa. Un explosivo con explosivo no es nada, necesita el fuego para que estalle: su contrario. Es algo un poco oriental, como lo del ying y el yang. Es lo que utilizo con los estilos. Si me imagino una historia de cuernos, como en “Calcamonía”, ¿dónde la puedo situar?, pues en el tango argentino. Y sobre el tango argentino, ¿qué puedo hacer? Pues si los tangueros argentinos de principios de siglo eran cocainómanos, proxenetas y macarras, tengo que poner todo ese jugo. Y todo esto cantado con acento madrileño.

P- Entonces está claro: pensaste en una rumba y te salió María Jiménez haciendo “La lista de la compra”.

R- Pues algo así. Esa canción la hice cuando me mudé a Vallecas. Como en todas las canciones de este disco, había una búsqueda inconsciente de alegría, de vitalidad y de buen rollo. Recuerdo que estaba con la letra y me faltaba el estribillo. Salí a tomarme una caña y en un bar vi un poster de María Jiménez. La visión racial de María Jiménez y todo lo que significaba, me inspiró el estribillo. Eso y que estaba escuchando mucho a Martirio. Llegué a casa y me volví a replantear la canción otra vez desde el principio. No la compuse para María, pero si no hubiera estado ella hubiera sido otra canción. En esa época estaba muy encerrado en casa, me acababa de mudar y estaba todo el rato haciendo coladas, limpiando, pintando y cambiando muebles. Me sentía un poco maruja y ese fue el sentimiento de la canción. Es un poco también reivindicar las cosas como son, y no ese rollo estúpido del feminismo. A mí eso me irrita. ¡Coño!, yo hago planchas, pongo lavadoras, cocino, me encargo de mi casa y hago la compra. No es un puñetero arquetipo femenino. Yo también soy una maruja.

P- A raíz de “Que te follen”, del primer disco, mucha gente consideró que tus letras eran muy bestias, muy transgresoras. ¿Tú las ves así?

R- Hay mucha gente que las ve así, pero yo pienso que no. Creo que la inteligencia tiene mucho que ver con la curiosidad, y la curiosidad y la inteligencia destripan, por definición. Que un taco asuste a estas alturas, lo veía tan tonto que creía que eso no era así, pero resulta que, ¡coño!, sí es así. Cuando sacamos “Cabrón” había una emisora de radio se referían a él como el último disco de La Cabra Mecánica, y no decían el título nunca. Creía que no, pero resulta que sí: son letras que destripan. Hay gente a la que las letras les han parecido quirúrgicas hasta el punto de que les han dolido. Pensaba que se lo iban a tomar con más humor. Creo que es necesario que te veas con un poco de sentido del humor, yo me río mucho de mí mismo. “Que te follen” era una canción que compuse pensando en un colega mío que murió del “caballo”. Él fue quien me inició en la música: no había tocado nunca un instrumento y la primera vez que pisé un local fue con él. Cuando murió me afectó bastante y siempre lo he tenido en la cabeza. Fue una movida que hice pensando en él y en Antonio Vega, que es un tío al que admiro muchísimo y al que me duele mucho verle en el estado en el que está. Me parece un poeta cojonudo, nunca he pensado que los letristas fueran poetas, pero creo que él es un poeta de cojones. Es una canción en contra de la mitomanía y de la visión romántica del artista autodestructivo. Es una queja en contra de ese tipo de visión. Que alguien se autodestruya y acabe con su vida, y que perdamos su talento me parece... una mierda.

P- Tienes una canción dedicada, precisamente, a la época dorada de Antonio Vega y los músicos de su generación: “Terribles Ochenta”.

R- Esa canción viene de que lo que admiro de Alaska es lo que detesto de Alaska, y de toda la gente de la movida madrileña. Me pasa lo mismo con Loquillo, que es otro personaje al que admiro. De ambos detesto sus declaraciones. Me parece que piensan que han descubierto todo y que los demás somos idiotas porque no nos gustaba Andy Warhol y todo este tipo de cosas. Sin embargo, lo que hacen me parece genial, soy un admirador acérrimo de Alaska y de Loquillo, incluso de su figura, pero no de sus declaraciones. Le pasa lo mismo a Víctor Coyote, que es otro tío al que admiro mucho, con ese rollo de mirarnos a los que hemos venido detrás como auténticas basuras. Me parece una memez, cuando a mí, lo que me gustaba de Alaska, de Loquillo o de Coyote, es que en la época de la movida madrileña no tenían ni puñetera idea de música. Considerarse músicos me parece algo bastante presuntuoso por su parte, porque son gente que no sabía ni afinar una guitarra y, sin embargo, precisamente ahí está su gracia, y por eso montaron el pollo. Un señor que coge una guitarra que no sabe tocar y hace arte, es porque es un grandísimo artista. Veo en ellos una contradicción muy gorda. A lo peor es que de repente se han hecho mayores y se han considerado artistas, cuando parte de su gracia y de su genio estaba en que eran contracultura. No eran artistas, eran antiartistas. La canción critica todo eso: “De nuevo rey de bufones / restauraré mi monarquía / haciendo de mi nombre un chiste / soberana tontería”.

P- Ya que estamos, dime qué compositores españoles te gustan.

R- Como mi viejo es un rojillo de toda la vida, de pequeño escuchaba mucho a Lluis Llach y a Serrat, que han sido la base donde yo me he criado. Sabina siempre me ha gustado, pero tampoco es que me haya apasionado. Hay mucha gente que considera que lo que hago es muy “sabinero”, y a mí de Sabina me gustan cosas muy puntuales. Me gusta porque tiene una técnica increíble escribiendo, y tiene muchos recursos, es muy pícaro. En la forma, en cómo lo hace, me parece cojonudo y lo consideraría hasta el mejor, lo que pasa es que a veces me cuesta identificarme con lo que hace. Krahe me gustó mucho, más de adolescente que ahora, porque quizá tiene un punto de ingenuidad que ahora estoy empezando a apreciar. Lo estoy volviendo a descubrir otra vez. Robe Iniesta, de Extremoduro, me ha gustado mucho, además hubo una temporada que me tuvo comido el seso. Lo que más gustaba de Robe como letrista, que desde un punto de vista formal puede ser hasta malo, es que es el tío que se ha expresado con más sinceridad de todos los letristas que ha habido en este país. Es carne cruda, como Albert Pla, y eso a mí me impresionó y me influenció mucho. Lo que más me gusta de Albert es la forma que tiene de darle más significados a la letra a partir de cómo las interpreta. En eso se nota que es actor, porque sus letras interpretadas por otra persona lo mismo se quedan en nada. Empecé a escucharlo después de haber compuesto “Que te follen” porque mucha gente me dijo que teníamos puntos en común. Otro tío que me ha gustado mucho es Juan Antonio Canta. El disco de “La Danza de los Cuarenta Limones” me parece una obra maestra. El humor surrealista y medio dadaista que tenía me parece impresionante. Martirio me gusta mucho, ya lo dije. ¿Qué más letristas me gustan?, muchos, Javier Ruibal, Kiko Veneno, Auserón, Marc Parrot, Pepin Tre... Incluso me gustan letristas que no hacen letras, que sugieren cosas con las palabras. Por ejemplo, Alaska y Berlanga me parece buenos letristas. Y Siniestro Total, para mí Julián Hernández es uno de los más grandes.

P- En la carpeta de tu último disco, “Vestidos de domingo”, encabezas cada canción con una cita. Para “La maceta” has elegido una de Bambino: “Amé una vez, amé una vez, amé una y otra vez”. ¿Por qué Bambino?

R- Es que soy un coleccionista de cintas de carretera que te cagas, me gustan mucho. Bambino fue uno de los descubrimientos de carretera. Eso de cantar tan medio “gay”, tan apasionado, no sé, me gusta mucho. Le pasa como a Albert Pla o a María Jiménez, gente que con la forma que tienen de interpretar las letras le dan mil lecturas diferentes. Es como con Camarón, que si te lees las letras que cantaba son una tontería de cojones, pero a veces le estoy oyendo y se me saltan las lágrimas.

P- Hay canciones tuyas que parecen totalmente introspectivas, una especie de auto-psicoanálisis extraño. Pienso en “La canción de las plantas” o “Verborrea”.

R- “La canción de las plantas” me recuerda un momento muy concreto de mi vida. Entonces vivía en Moratalaz y estaba como enfermo tocando unas diez horas diarias el bajo. Me quedaba encerrado en casa porque no tenía mucho curro en esa época. Me tiraba desde las ocho de la mañana colgado con el bajo, haciendo escalas, y había un ventanal muy grande que daba a un descampado, que ahora ya estará construido, todo lleno de margaritas. La compuse en una puesta de sol tratando de encontrarle un sentido a la vida, tocando el bajo y queriendo ser músico, luchando en contra de la realidad que me estaba poniendo mi sueño como algo imposible. Significa todo eso para mí. “La suave canción de las plantas / que sólo necesitan del sol y del agua / metí de una vez los pies en el tiesto / perdida mi esencia animal / quise ser vegetal / vegetar pa’ los restos”.

P- ¿Y la de "Verborrea"?

R- La de “Y que a nadie falte pan, vino, carne, alguna esperanza / la mano de un amigo, en el peor de los casos un tiro de gracia”. Esto sí que me va a enemistar con la antigua gente del grupo, pero creo que estoy en el deber de ser sincero. Cuando grabé el segundo disco tuve cantidad de problemas con los que estaban en el grupo. También creo justo reconocer que hubo gente que me ayudó muchísimo y que se lo curraron conmigo a muerte. Estaba hundido en esa época, pero hundido completamente. Cuando saqué el disco, casi toda la gente que estaba conmigo en el grupo empezó a pensar que eso era un suicidio comercial, que no íbamos a sacar pelas. Entonces me di cuenta de que no había vocación artística. Fue un disco que saqué en contra de la compañía, de mis amigos, de mis músicos y de todo el mundo. Fue un proyecto en el que no confió absolutamente nadie, y aún así decidí hacerlo. Además, era época muy triste de mi vida porque estaba completamente solo, viviendo en un agujero de cuatro por cuatro en Lavapiés, una especie de cubículo donde estaba hacinado. Discutía constantemente con los músicos, lo dejé con el manager con el que estaba y fue un palo muy gordo. Discutía con la compañía, con todo el mundo, lo único que me quedaba era hacer canciones. Así salió esa canción, que habla un poco de esa situación, de que hay que salir a las calles, dejar que corra el aire... Creo que anticipaba el tercer disco, porque era una canción sobre la búsqueda de la alegría y de volver a hacer canciones como una salida para la puta realidad, para hacer interesante el día a día. Era una forma de explicarle a la gente que me rodeaba que yo estaba aquí para hacer música, y que podía equivocarme, que podía sacar un mal disco o un buen disco, pero tenía que creer lo que sentía.

P- ¿Y se vendió el disco?

R- Pues curiosamente es un disco que no se vendió mucho al principio, y ahora resulta que todos los fanáticos de La Cabra me dicen que es el que más les gustaba. Lo que me plantea la pregunta de dónde coño se habían metido.

(Entrevista inédita realizada en 2002 © Ricardo Aguilera)