Entrevista a JOSELE SANTIAGO - ENEMIGOS

El chulo y la pena
 

Josele Santiago tiene una especie de sabiduría antigua, terrosa, de esa que trasmite un campesino de aplastante sentido común. La personalidad se curte con las inclemencias, y da lo mismo que estas sean el clima, el hambre, la miseria urbana o la marginación. El resultado es que quien se forja en esa fragua y sigue vivo, sale templado. Es el caso de Josele.

Los Enemigos llevan muchos años en la brecha. Son el mejor destilado de rock madrileño que se ha dado, recogiendo con gusto los aciertos ajenos, aportando todo de su propia cosecha y subrayando unos textos de imborrable impacto. Es un grupo de minorías acérrimas, músicos de músicos, gente que nunca se ha planteado la independencia profesional porque eso ya se daba por descontado. Josele Santiago nunca ha hecho concesiones a nadie, ni a sí mismo. No es una cuestión de cabezonería, sino de sinceridad epidérmica. Charlar con él es una experiencia notable: nunca cuenta lo que no es, no se guarda nada. No se entiende cómo puede dudar de todo teniéndolo todo claro, pero es que esa es su manera de avanzar, de conocer, de hacerse a sí mismo. Cuando escribe, Josele duele. Las letras de sus canciones son una constante introspección en los rincones oscuros del alma. Las negaciones, los interrogantes, las puertas cerradas y los agujeros abiertos, siempre rondan por ahí. También está omnipresente el alcohol y las cárceles de todo tipo, las hambres que hacen rugir tripas y corazones, el sexo imperfecto, las drogas tiránicas o el amor al ralentí. Y mucha casta: “Podría hacer daño / el agua y no el licor / Podrían los años no / pasar factura / al portador / Podría ser, pero no “ (“Brindis”). En el rock extraño -a veces brutal, otras manso, siempre intenso- de Los Enemigos cabe la chulería y la pena, el empuje para sobrevivir y las razones para suicidarse. Las letras de Josele Santiago siempre son propuestas que hay que digerir evaluando cuidadosamente el camino al que lleva cada oferta. De tanto mirar para dentro de sí mismo, Josele nos ha visto las tripas a todos: “Cómo quieres que te cuente / que te cuente/ que yo no soy así / no me inventes, no me cuentes / sigo siendo el que hay enfrente / enfrente de ti / hay un tío de lo más corriente” (“Na de ná”).
En el caleidoscópico universo de Los Enemigos aparecen personajes y situaciones de toda laya: hijos de Onán, camareros complacientes, asistentas para el arrastre, vísceras regaladas, triunfadores diletantes, perdedores de una vez, bromas gruesas, penas sin cuento, amigos vivos y muertos, frailes cargantes, versiones de Serrat y Emilio el Moro. Lo frío, muy frío; y lo caliente, muy caliente: “¿Por qué estoy frío / si hoy hace calor? / Yo iba a ser un gran tío / todo un ganador / ¿Será que no es lo mío / esta competición? / ¿Por qué os reís tanto / delante de Dios?” (“Septiembre”).

PREGUNTA-¿Merece la pena trabajarse las letras para un grupo de rock?

RESPUESTA- A mí lo que siempre me han rondado por la cabeza son melodías, así que lo que quería era tener un grupo. Luego, como ves que tienes la posibilidad de decir algo, pues lo intentas decir. Nunca me he sentido identificado con las letras del rock, con el “rockismo” digamos. Nunca me han interesado las motos ni las chupas de cuero ni nada de eso. Se supone que un grupo de rock tiene que hablar de esto, y a mí, la verdad, pues no. Ya ves qué pinta tengo: si me subo en una moto me pego una hostia en la primera esquina. Como soy más bien autista, aproveché la oportunidad del grupo para contar las cosas que me interesan. También influyó que nadie del grupo se ponía a hacer letras, y si no las hacía yo... Al principio estaba muy desilusionado, porque sobre las canciones que me gustaban en inglés me montaba una película con las cuatro palabras que entendía, y al ir enterándome de lo que decían descubrí que eran una puta mierda en la gran mayoría de los casos. Me di cuenta de que la diferencia entre decir algo y no decirlo es enorme. La mitad de una canción es la letra, por lo menos. Hay muchos grupos buenísimos con unas melodías que te cagas arruinadas por letras deficientes. Por otro lado, me gusta leer, así que me gusta escribir, entonces aprovecho. Ya que estamos procuro decir algo, qué coño.

P- Rechazar las convenciones temáticas del rock te plantearía un problema: ¿de qué escribir?

R- Por lo que yo he hablado en los locales de ensayo y tal, el gran problema que tiene todo el mundo son las letras. ¿Sobre qué escribo? Como en casi todo en esta vida, la solución la tienes al lado, y no la ves por lo cerca que está. “Florinda” fue la primera canción que hice. Cuando la acabé me quede como muy a gusto. Era muy bonica, trataba sobre una señora de la limpieza. A partir de esa canción empezó a picarme el gusanillo de escribir. El grupo empezó a funcionar, y ya que uno vive de lo que le gusta, que es un privilegio, pues lo intenta hacer bien. Luego ya es todo una rueda, porque resulta que la gente es muy receptiva a lo que dicen las letras, lo cual motiva un toma y daca en el que te intentas superar y hacerlas más enjundiosas.

P- ¿Cómo hay que mirar para encontrar esas cosas que están al lado?

R- A mí me interesan los personajes biológicamente poco dotados para vivir en sociedad. Son la demostración más patente de que la Naturaleza de por sí es injusta, que todo es una lotería. Eso es lo que más me llama la atención. Tengo muchas canciones que hacen referencia a esa lotería biológica, como “¿Por qué yo?”. Hay quien nace estrellado y quien nace con estrella. El protagonista de esa canción es de los estrellados e imagina un hipotético reparto de facultades y virtudes antes de nacer. Otra podría ser “Yo, el Rey”, que es la voz interna de un tipo biológicamente poco dotado para vivir en sociedad. No me acuerdo muy bien, pero sé que se me ocurrió en Bilbao. Era la imagen de un tipo que bebía calimochos como loco.

P- Tiene todo esto algo que ver con tu autismo?

R- Supongo que sí. De pequeño no jugaba a los vaqueros, jugaba al vaquero. Además, de niño era bizco, no veía tres en un burro y me venían las hostias por todas partes. Luego me operaron, y no es que haya quedado bien, sigo viendo doble, pero ahora sé cual es y cual no. De pequeño no: venía el balón y le daba la patada al que no era, con el consiguiente descojono de todo el mundo. De ahí viene mi interés por las personas poco dotadas, porque lo he vivido. Sé un poco de qué va la historia, y me jode.

P- Siendo un niño bizco y algo autista, ¿no te refugiaste en la escritura?

R- No, bueno, poco. Escribía lo que escribe cualquier chaval, pero vamos, no llevaba un diario ni nada parecido. Me acuerdo que de pequeñito, durante la escuela, quería ser intelectual. Luego quise ser macarra. Como intelectual era un desastre y como macarra también. Lo de las canciones y el rock and roll viene a ser una mezcla. Ya que como delincuente era patético y como intelectual muy vago, tiré por la calle de en medio. De todo esto soy consciente a años vista, no es que lo decidiera de repente.

P- Entre el intelectual y el macarra, ¿acabó saliendo lo más parecido a un rockero con conciencia de clase?

R- Es que soy de un barrio obrero, nací entre la Puerta del Angel y Caño Roto, y me enorgullezco de ello, aunque no sé por qué. Mi familia es de Cabra (Córdoba). Tengo amigos de clase alta y no tengo ningún problema a la hora de relacionarme con ellos, no soy radical. Salir del barrio no fue fácil. Allí a los 13 o 14 años ya estaba uno pillado con la heroína. De los que estábamos por allí hace veinte años, una panda de 25 tíos, quedamos tres, y dos están vendiendo kleenex. Eran gente que valía, no eran unos gilipollas, pero pasa lo de siempre: el paro, etc. Una pena. ¡Y aunque no valgas nada, qué cojones! Me fui del barrio en cuanto le vi las orejas al lobo; bueno, le vi hasta las canillas. Me vine al centro, me puse a pinchar discos y monté el grupo, que si no vete tú a saber. Se nace un poco condenado. No hay salida. En los centros de desintoxicación ves a gente que le hecha unos cojones a la vida que alucinas, porque no tienen nada, por no tener no tienen ni inquietudes, y están ahí peleando y peleando. Es un mundo difícil del que yo me enorgullezco de proceder y al que reivindico porque se tiende a olvidar. Y cuando se recuerda se echa mano de los tópicos de siempre y se tiende a mitificarlo, cuando lo que hay que hacer es todo lo contrario, intentar que desaparezca. Vamos, que hay una diferencia muy grande entre nacer en el norte de Madrid o en el sur.

P- ¿Viene de ahí la presencia recurrente de las drogas en tus canciones?

R- Es que como soy heroinómano y alcohólico, pues ese tema es una constante. Si las letras son introspectivas, eso tendrá que salir por algún lado. Soy consciente de que me he puesto bastante pesado con ese tema, lo que pasa es que es una constante en mi vida: enganches y desenganches. Además, el mundo de las toxicomanías es muy gráfico, porque son los mismos problemas que pueda tener una persona que no tenga esta enfermedad, pero presentados de una manera muy evidente, así que se pueden aplicar a cualquier otro aspecto de la vida como metáfora: salir de los problemas, tirar pa'lante, no huir de la realidad... Todo esto no sólo hace referencia a las drogas, sino a cualquier otra enfermedad o a cualquier tipo de problemas.

P- Ya que has tratado la cuestión en muchas canciones, elige una.

R- Hay muchas. Está “Quillo”, donde se ve lo gráfico que puede resultar aplicar la comparación entre una toxicomanía y el resto de la vida. Es lo de siempre: salir de cualquier problema y volver a empezar. “Arde” también va de la toxicomanía, de los intentos de quitarsela de encima, pero ahí sigue. No admite el prefijo ex. Lo de ex-alcohólico o ex-heroinómano no funciona, es algo para toda la vida. Se puede estar en activo o no, pero esto se tiene para toda la vida. La canción tiene otra lectura que es sentimental, aplicable a una relación de pareja que se da por zanjada, pero ahí sigue un rescoldo. La que más me gusta quizá sea “Me sobra carnaval”. Está hecha después de una revisión médica en la que me daban cinco años de vida si seguía bebiendo. Decidí seguir bebiendo y a tomar por culo. La escribí entonces. La canción trata sobre volver al tablero de juego con todas las consecuencias. Andas de kamikaze por la vida, pero sabiendo lo que hay, lo que te juegas y dejándolo bien claro. Las referencias a la muerte están más logradas que en otras canciones.

P- La parca siempre presente en tus canciones...

R- Es algo que me intriga. A quien no le pase lo mismo es que tendrá horchata en las venas. De todos modos, andando con heroina, con médicos y con alcohol, la posibilidad está siempre muy cercana; como quien dice, bailas con ella. La ves a diario, van cayendo amigos y es normal que la tengas presente. La imagen de la muerte en España, con la losa encima y todo eso, me da pánico, porque uno no sirve ni de abono. La muerte no vale para nada. Ahora lleva un tiempo que sale bastante menos en las canciones.

P- También aparecen muy a menudo referencias religiosas.

R- Porque estudié en un colegio de curas, en los Salesianos del Paseo de Extremadura. No hice con ellos todos los estudios porque me invitaron amablemente a abandonar el centro. De todas maneras la religión es algo que me interesa. El Antiguo Testamento es el libro más pervertido que te puedas echar a la cara. Otro libro que me ha sorprendido mucho es uno de Jardiel Poncela que se llama “ La Tourné de Dios”, es acojonante. Es Dios padre que viene al mundo, en concreto a Getafe, y tiene sus motivos para ir allí. Casi todos los temas con referencias religiosas están en el mismo disco, “La vida mata”, porque me dio por ahí.

P- Ahí van unos títulos tuyos: “No protejas”, “No amanece en Bouzas”, “No se lo cuentes”, “Yo no quiero ser feliz”, “No se hable más”, “No importa”, “No estoy”, “No me caigo bien”... además de un disco entero que se titula “Nada”. ¿Tienes problemas para decir que no?

R- En la vida real lo que cuesta es decir que no. No tengo ni idea de dónde puede venir tanto no, pero supongo que es una reacción innata ante el positivismo. Una canción como “Yo no quiero ser feliz” la escribo en un estado de ánimo que todos hemos tenido; de hecho yo lo tengo casi todas las mañanas. A la gente que dice que es feliz la meto en el mismo compartimento de la gente que dice que lo sabe todo. Si eres feliz estás muerto, entonces ¿qué pintas aquí? Si lo sabes todo, estás muerto también, no tienes dudas. No me fío de los categóricos ni un pelo. El que me diga que no tiene dudas es que no vive en este mundo. No soy en absoluto amigo de lo absoluto, nunca estoy seguro de nada. Creo que hacerse preguntas es inherente a cualquier persona, si no, no aprendes un carajo. Cuando veo a alguien que dice que ya se lo sabe todo, pienso que tiene más peligro que dios, porque lo más seguro es que sea oligofrénico. Me interesan más las preguntas que las respuestas. Y lo de “Nada” es de cuando empecé a positivizar un poco las letras, por lo menos a dejar un resquicio. La portada de ese disco es una piscina vacía, y “nada” puede ser la forma imperativa del verbo nadar. Me gustó la imagen por lo positivo. La piscina vacía: no hay nada. Viene a cuento de la gente que no tiene nada, pero bueno, lánzate y muévete.

P- En general hablas de los miedos propios y ajenos, incluso tienes una canción que se llama así, “Miedo”.  

R- Esa salió en la furgoneta, ahí escribo mucho. Me gusta porque tiene de todo, tiene todas las claves que hay en mis canciones. El título lo dice todo. No está hecha a propósito para expresar nada en concreto, fue escritura automática, lo que pasa es que quedó muy chula. Habla del montón de miedos muy vagos que todos tenemos. La complicidad la doy por supuesta, estamos todos hechos de la misma pasta. Si algo me toca la fibra sensible pienso que a otros tipos de mi generación les pasará lo mismo. Creo que tiene imágenes conseguidas, es bastante surreal, onírica y muy alcohólica, claro, porque está hecha con un resacón como un piano. Es una de las canciones de las que más orgulloso estoy.

P- Miedo, marginación, drogas, alcohol, religión... ¿Qué falta, el hambre?

R- Hombre, no sé, también sale a veces. La verdad es que no he pasado hambre ni guerras ni calamidades, pero he conocido a mucha gente en mi barrio que sí. Me parece muy fuerte que haya gente que pase hambre. Eso te da otra cara de la realidad y de la sociedad. Esta temática es una constante en el blues. Yo era devorador de blues rural y allí se hablaba de todo esto: hambre, alcohol, putas y religión. También sucede en el flamenco. A veces se me acerca algún que otro flamenco y me dice que en la manera de cantar no me parezco en nada al flamenco, pero que me parezco mucho. Supongo que será por lo desgarrado.

P- ¿Y del amor, mejor ni hablamos, no?

R- Más que de amor, me gusta escribir de las relaciones de la gente. En “Real” hago eso. Es una canción que refleja una situación que cualquiera que haya vivido en pareja la puede comprender. No sabía cómo describir ese momento de tedio, de aburrimiento, de “jartura” que tiene ya uno. Es cuando una relación te anula completamente y te dejas llevar, cuando la rutina se convierte en lo normal y no haces nada por arreglarlo por miedo. En esta canción intenté desdoblarme para verme llegando a casa y encontrarme a mí mismo viendo la tele con mi mujer. Es una situación que de puro absurdo se convierte en cotidiana. Era difícil escribir sobre esto sin caer en culpabilizar al otro o en la autoflagelación, cuando en realidad no tiene la culpa nadie.

P- ¿Qué hay del sexo?

R- Bueno, tengo una muy conocida que habla del sexo, pero para uno solo. Es la de “Qué bien me lo paso”, que está clarísima de qué va. Siempre he sido muy pajillero, las cosas como son, y quería hacerle un monumento a la afición. Es un blues porque después de escuchar a Pata Negra me di cuenta de que se podía hacer blues en español perfectamente y sin complejos. La letra se me ocurrió pinchando discos en La Vaca Austera un día que había unas pavas pa’cagarse. Sabía que no iba a pillar ese día porque me había matado a pajas la noche anterior, la típica noche que has leído, no te duermes, y te lías a pajas.

P- ¿Y qué lees una noche cualquiera?

R- De todo, sobre todo ensayo y novela. Poesía leo bastante menos, aunque últimamente me ha dado por ahí y leo algo en la cama. Ahora estoy con William Blake, un inglés que se fue a América. Hay una película de Jim Jarmush sobre él: “Dead Man”. También estoy volviendo a cosas que había leído de muy chiquitillo, Walt Whitman y cosas así. También me gusta Bukowsky. De poetas españoles me gusta mucho Leopoldo María Panero. Ángel González me gusta un poco menos, pero vale, y Gil de Biedma también me gusta bastante. En novela estoy leyendo unos libros que ha reeditado Anagrama de John Fanty, que los había leído de niño y llevaba buscándolos como loco desde entonces. Uno de ellos está prologado por Bukowsky. Dostoievski también me ha gustado mucho siempre, sobre todo “Apuntes del subsuelo”, que es un libro que nunca dejo de leer. La primera parte es para quedarse a cuadros, y la segunda son cosas ya para morirse de vergüenza. También leo a Lugones, un argentino del que aprendió mucho Borges. En ensayo ahora me ha dado por la mística. Me he leído las “Confesiones de San Agustín”. El año pasado me metí entre pecho y espalda “Caos y Orden”, de Antonio Escohotado, que es un elemento de cuidado en muchos aspectos. Y ahora estoy con Aldous Huxley, que me está volviendo loco, porque nunca llega a ninguna parte. He leído hace poco un libro de ensayo ligero de Oscar Tusquets que se llama “Dios lo ve”, que está muy bien. Va de las partes que no se ven de los edificios, de las estructuras, de las esculturas; habla de la espalda del David de Miguel Angel, que es perfecta pero nunca se ve. También estoy con “La edad del espíritu”, de Eugenio Trías, que tiene una teoría bastante interesante sobre la evolución espiritual del ser humano.

P- Puesto a elegir un autor de canciones que te sirva como faro en la profesión, ¿con quién te quedas?

R- Con Emilio el Moro. No hay más que ver una foto suya para decir “este es de los míos”. El otro día me enteré, hablando con Raimundo, que su padre se iba de tourné con Emilio el Moro. Lo que no entiendo es cómo no le censuraron en su época. Como se supone que era humorista y hacía parodias, colaba. Me consta que era un gran guitarrista y cantaor, con varios concursos ganados, pero algo le pasó que decidió no volver a cantar en su puta vida. Mi padre me contó que fue a Cabra a cantar y que la gente le gritaba “¡En serio, en serio!”, para que cantara por derecho, pero él ni caso. Retrataba la España que había, partiendo de la que salía en los medios, lo cual tiene mucho mérito. La vuelta que le da al “Romance de valentía” es eso, lo que se suponía que era España y lo que era en realidad. Y las versiones que hacía de los Beatles eran tremendas. Nosotros también hemos hecho algo así, pero para cantarlo en la furgoneta. Tenemos una versión del “Sgt. Peppers”, que se llama “Se hace el longuis Pepe”, y dice: “Pepe se hace el longuis y no quería pagar”, y luego el estribillo: “Se hace el longis Pepe, se hace el longis Pepe, se hace el longuis Pepe, en el bar”. Entre tantos proyectos que tenemos, habíamos pensado hacer un disco de temas de los Beatles en español. También estaría la versión de “Tell me why”, que dice: “No es muy guay, julai, que te apalanques tanto el may”.

(Entrevista inédita realizada en 2002 © Ricardo Aguilera)