No cabe la menor duda de que el Gran Wyoming tiene la lengua más rápida a este lado del Misisipi. No se trata de un reclamo sexual para señoritas viciosas, sino de una realidad contrastada a lo largo de años por todos aquellos que han tenido la fortuna de verle actuar en directo junto a su inseparable Reverendo. Como no todo van a ser elogios, hay que decir, en honor a la verdad, que José Miguel Monzón, alias Gran Wyoming, no es una persona especialmente dotada para la canción. Su voz es tan cortita como pétrea su faz; y así, a fuerza de cara dura, se ha labrado una carrera como cantante y showman que no conoce parangón en las Españas.
Como humorista, Wyoming es más aficionado que profesional. No lo decimos porque el hombre no tenga gracia, sino todo lo contrario. La verdad es que al natural es mucho más divertido que en el escenario, porque tiene esa chispa innata que le permite sacar punta a un queso de bola. Jugando con las contradicciones de la realidad cotidiana, Wyoming es capaz de construir sobre la marcha un discurso tan esperpéntico como sólidamente fundamentado. Nada aficionado a los juegos de manos -juegos de villanos- siempre ha rechazado esa carta escondida en la manga que supone llevar preparado el chascarrillo preciso para el momento adecuado. Para él la broma que surge al instante, al hilo de lo que la precede, es la correcta. Y siempre acierta el tío.
La carrera del Gran Wyoming empezó a finales de los setenta, como cantante de un grupo llamado Paracelso que se apoyaba en las composiciones imposibles de Don Angel Muñoz Alonso, el sublime Reverendo. Allí cantaba textos rockeros de su propia pluma y, por tanto, inevitablemente teñidos de humor. Con temas como “La titi del Rastro” o “El rock del trapichero” ganaron algunos destacados premios municipales que consiguieron acabar definitivamente con la banda. En paro y con sed, Wyoming y Reverendo comenzaron una arriesgada andadura por los bares madrileños en pos de dinero, bebida, conocimientos y, afortunadamente, la creación de un nuevo tipo de espectáculo. A medio camino entre el cabaret y el “talk-show”, este par de dos han sido pioneros en una manera de hacer. Como dice Wyoming, ellos trabajan sin red, improvisan constantemente, seguros de sí mismos, creciéndose sobre las dificultades, gustándose, como hacen los toreros buenos. Si las músicas del Reverendo son de inclasificable raíz genérica, los textos de Wyoming sólo se pueden atribuir a un trastorno mental transitorio. Siendo excelentes los chistes que contienen, ya se sabe que lo mejor de su espectáculo no son las canciones, sino lo que va entre ellas, como en los bocadillos. Dada la especial naturaleza de ambos artistas, en un cuarto de siglo solo han sido capaces de grabar un disco, “Wyoming & Reverendo - Antolojía 1975- 2000” , pálido reflejo de su labor, pero testimonio de la mejor canción satírica que se ha hecho en nuestro país en los últimos veinticinco años.
PREGUNTA-¿Qué tiene el humor?
RESPUESTA-
El humor tiene un componente de ocultar la privacidad. A veces, es un afán de no contar. Por ejemplo, escuchando cantar a Javier Krahe sabes que es una persona culta, pulcra y absolutamente ilustrada, pero no sabes quién coño es ni qué pasa por su cabeza exactamente. Las canciones suelen ser crónicas de un momento concreto, pero tú te mantienes al margen. La ironía tiene ese rollo. El humor sirve para no creerte el papel, porque da un poco de vergüenza. No me veo escribiendo una letra seria, aunque algunas veces lo he hecho en la intimidad, como Aznar; en mi caso, en castellano. Escribir en serio da apuro, otra cosa es escribir un artículo, un texto o cagarte en un juez, pero escribir poesía, eso ya no.
P-
-¿Qué componentes tiene tu receta para el humor?
R-
De todo un poco. La ironía te permite insultar a la gente sin que nadie se dé por aludido. Puedes decir que los fascistas son idiotas. Si alguien te responde que no le insultes, replicas: ¿usted es fascista?, ¿no?, pues a sentarse. La ironía está muy bien, puedes decir lo que piensas y sirve para muchas cosas. Yo era un tío absolutamente tímido, al punto que recuerdo que en una verbena en Asturias, hace muchos años, estaba completamente aburrido y aparecen mis padres con una niña estupenda que era hija de unos amigos suyos. La traían para que bailara, para ver si aquel muerto se espabilaba. Vi aquella niña, salí corriendo y me escondí durante toda la verbena. Mis padres, preocupados, me buscaron por todas partes hasta que yo les encontré. Sólo de pensar que tenía que bailar con aquella niña me moría de vergüenza. Me hubieran tenido que matar. Me habría encantado, pero no era capaz en absoluto. Esto me sucedió hasta muy mayor. Era incapaz de decirle a una chica “te quiero”, ni cogerla de la mano ni nada. El personaje de Wyoming es exactamente el conjunto complementario del que yo era. En el escenario, sale Wyoming y dice: “Chicas, aquí he venido a trabajar. No quiero cachondeo. Esto va a terminar, yo me voy a ir a mi camerino y quiero tranquilidad. Se va a despertar una espectativa sexual que no pienso satisfacer en absoluto, y menos con un tumulto. Si acaso, venid de una en una o elegís una representante, si puede ser, la que esté más buena. Yo la atiendo, luego ella os lo cuenta y os dais por satisfechas”. Esto lo dice el Wyoming. Yo no diría eso ni diría nada. Ese personaje suelta en el escenario todo lo que no eres capaz de hacer, pero con el tiempo supone un aprendizaje total, porque descubres que cuando habla Wyoming y dice barbaridades a las chicas no les pasa nada. El temor de acceder siempre es el fracaso. Uno está acojonado de que le digan no, porque en la duda siempre hay posibilidades, pero luego te das cuenta de que a las chicas se les pueden decir estas barbaridades y las asumen, son capaces de defenderse de ellas. Eso es lo que hace Wyoming, un personaje prepotente y muy pagado de sí mismo, y José Miguel Monzón, que está detrás, va aprendiendo.
P- ¿Y has aprendido a decirle a las señoras eso de “Me buscas, deseas ganar mi amor: compite”?
R- “Compite” es una canción muy cínica, una parodia de las canciones melódicas al uso. La temática de la canción melódica es siempre la misma. En cuestión de letras son de gente que no tiene absolutamente nada que contar. Suelen ser personas que están dotadas para la canción, pero como no tienen nada que contar hacen abstracciones del amor. Los poros aparecen millones de veces en ese tipo de canciones románticas. ¿Qué coño son los poros de la piel? ¿Alguien ha explicado alguna vez el sentido lírico que tienen los poros de la piel? ¡Si, además, son impenetrables desde todo punto de vista! Han ido a coger algo que no sugiera la más mínima tensión sexual. Luego, con la modernidad han empezado a salir tíos que dicen ¡abrázame! y cosas así, pero, en general, son gente que no tiene nada que decir, así que lo que dicen es nada. Canciones como “Compite” son traducciones de lo que estos tíos piensan en realidad, aunque estén dichas en tono de cachondeo.
P- ¿Con cachondeo se puede decir de todo?
R-
Ya no. Hay una canción que hemos tenido que retirar del repertorio: “He sido muy mala”. Cuenta la historia de una tía perversa que, antes de que su marido la descubra, confiesa todos sus males, y entonces el marido no tiene más remedio que azotarla. No hemos podido ni incluirla en el disco. Según iba creciendo la curva de mujeres maltratadas, llego un momento en que, cuando íbamos a cantarla, la gente ya no admitía la broma, signifique lo que signifique un estribillo cuyo texto es “he sido muy mala, pégame”. Una vez se nos ocurrió cantarla en la tele y se armó un pollo que se bloqueó la centralita, tuve que dar explicaciones en un programa posterior y fue peor, claro. Durante ocho años cantamos esa canción y nadie dijo nada. Luego empezó a mosquearse alguna persona que otra, y ahora siempre hay un par de docenas que se niegan a entender el texto y lo llevan a donde a ellos les da la gana. Lo políticamente correcto bloquea a la gente. Si haces una canción que se llame “Maté a un negro”, sólo por el título no te la publican. ¿Qué más da? ¿Si pones “Maté a un blanco” sí vale?. Es absurdo.
P-¿A qué achacas ese fenómeno?
R- El listón del humor y la tolerancia ha bajado muchísimo. Hace poco estuve viendo algunos vídeos de “El peor programa de la semana” con gente que nunca lo había visto en su momento. Me decían: ¿Y esto salió por la tele? Resultaba acojonantemente procaz comparado con lo que se puede decir ahora. Si haces tu trabajo dentro del mundo marginal puedes decir lo que te salga de los cojones. Lo que tenía de asombroso aquel programa es que se hacía en la televisión oficial del Estado. Películas como “Pepi, Lucy y Boom” o “Entre tinieblas” no se van a poder volver a hacer en los próximos veinte años, seguro. Creo que vivimos tiempos en los que el inconsciente colectivo es más reaccionario y la libertad de expresión está de capa caída.
P- Curiosamente, el grueso de tu repertorio está escrito en otra época, en los años de la transición e inmediatamente posteriores. ¿Existe alguna relación causa-efecto?.
R- Entonces había más libertad que ahora porque no estaba estructurado el recambio. Cuando murió Franco y entraron los chavales de UCD, no tenían ni puta idea de lo que iba a pasar en este país. Entonces nadie tenía ningún tipo de autoridad en el mundo del arte. Nosotros empezábamos a tocar en La Aurora a la 1.30 de la madrugada. Ahora estamos programados en el Galileo a las 9.30. Esto, que parece una gilipollez, es la esencia de la vida de un país. Si empezábamos tan tarde era porque antes no había nadie, la gente estaba cenando o en la calle, y hasta esa hora no se iba a un pub a ver una actuación o a emborracharse. En La Aurora estuvimos ocho años con ese horario y se llenaba todos los días. Ahora a la 1.00 están vacíos todos los garitos.
P-¿Cómo surgió el dúo Wyoming & Reverendo?
R- En realidad el Reverendo y yo empezamos en esto para beber gratis. Entonces la bebida se llevaba un porcentaje bastante amplio de nuestros ingresos, sobre todo porque no teníamos ingresos. Íbamos a los bares que tenían piano y preguntábamos si nos darían de beber gratis si tocábamos. Así empezamos. Poco a poco nos fueron haciendo algún contratillo en un bar, y así hasta llegar a La Aurora, donde nos dijeron que, si la cosa funcionaba, nos quedábamos. Entonces tocábamos cuplés, canciones de otros e íbamos incorporando alguna canción nuestra por ir cambiando. Y así hasta que tuvimos un repertorio que nos permitía hacer un concierto de dos horas, y “largando” casi tres, de manera que a partir de ahí no nos planteamos hacer más canciones. A diferencia de los artistas de verdad, los artistas de raza, nunca sentimos la pulsión creativa ni la necesidad de crear, porque eso implica un esfuerzo. Además, una vez demostrada la valía, para qué más. Había una frase de Jardiel Poncela que lo explicaba muy bien. Venía a decir que el que quiere ser escritor se pasa el día escribiendo; el que ya está colocado escribe para vivir de ello; y el que sabe, si puede, no escribe. Puede parecer un poco duro, pero nos pasaba algo así. ¿Cual es la necesidad de crear? La pulsión de crear está muy ligada a la necesidad de trascender, que no la he sentido nunca. Sólo se trasciende si eres profesional de algo, la anécdota o el accidente no entra en la historia. Hay personas que no para de hacer canciones. ¿Para qué? No hacen más que repetirse y dar el coñazo a quienes les van a ver, que al final quieren que toquen las que ya se saben. No hay nada peor que ir al concierto de alguien y que te toque el último disco.
P- En vuestro caso no hay factor de error, el último disco es el mismo disco de siempre: sólo habéis grabado uno después de toda una carrera juntos, “Antolojía 1975 - 2000” .
R-
El disco es el retrato de un momento nuestro que duró un montón de años, el retrato de la vida que llevábamos. Reverendo y yo hemos sacado un disco veinticinco años después, pero hemos estado trabajando veinticinco años de eso, o sea, que el hecho de que las compañías discográficas no hayan tenido contacto con nosotros en todo este tiempo no ha impedido que la obra esté hecha, y esto es muy importante. Si ha podido ser así es porque había espacios donde desarrollarla al margen de las compañías discográficas. La cosa del arte no se rige por la ley de la oferta y la demanda. Los locales de ensayo no se llenan si hay muchos grupos, sino que si hay muchos locales de ensayo surgen los grupos. En el mundo del arte, si hay espacios donde trabajar surgen las actividades. De ahí el interés de la administración en que todos estos espacios desaparezcan. Y, por supuesto, en no crear ni uno. En aquella época todo el mundo quería ver actuaciones en los bares, así que había gente que se inventaba una forma de vida en función de esas actuaciones, tal era nuestro caso. Yo me dediqué a esto porque había un sitio donde tocar, no fue al revés. Como había bares con piano donde dejaban tocar, decidimos que estábamos mucho mejor en el escenario que pegados a la barra. Ahora, al desaparecer los espacios donde trabajar, está desapareciendo la gente que los ocupaba, y desaparece algo más importante: la espontaneidad y la posibilidad de que surjan cosas alternativas, cosas nuevas. En el caso de la música todo está pasado por el tamiz de las compañías discográficas. Ahora es un ejecutivo quien decide si las canciones existen o no.
P- ¿Cómo es el trabajo de creación con el Reverendo?
R- El Reverendo y yo nos hemos caracterizado fundamentalmente por la vagancia. No conozco un tío más vago que él. Lo que pasa es que no trabajar se puede convertir en un empleo infinitamente más complicado, porque para subsistir acabas teniendo que hacer cosas que son mucho más complejas que un trabajo ordenado. Eso es lo que le pasa al Reverendo, y al final el hombre está mucho más deteriorado que una persona que trabaja. Dada nuestra natural vagancia, la cosa siempre se quedaba en el aire y nunca hicimos ni la mitad de las cosas que teníamos que haber hecho. El Reverendo decía que no hacía la música hasta que no estuviera la letra, y yo que no hacía la letra hasta que no estuviera la música. Como él estaba siempre haciendo músicas para otras cosas, al final las aprovechábamos para lo nuestro, porque no es cuestión de desperdiciar el trabajo ya hecho. Las músicas que me pasaba el Reverendo eran muy extrañas, de un género musical inclasificable. Cuando ensayábamos en su casa, su madre decía que aquello era música de circo, que le parecía el escalafón más bajo de la música. Es muy difícil trabajar así, sobre todo en castellano, que todo son palabras muy largas y acentuadas en la penúltima sílaba, pero como nunca fui capaz de hacer una letra sin tener la música delante, pues a joderse.
P- ¿Dónde buscabas las musas?
R-
Las fuentes de inspiración eran variopintas. Una de las canciones que más éxito tiene es la del tiburón (“Canción de invierno”), que también es una parodia de las canciones de amor. Esta canción salió de una revista del corazón en la que Angela Molina hablaba de su marido de entonces y decía que se habían conocido jugando en el agua. Un titular de revista del corazón absurdo. A partir de ahí nace la canción. Luego, por el afán de hacer la gracia, aparece un tiburón que se zampa a la chica mientras el tío le desinfla el flotador. Es, pues, la historia de un tío que sacrifica a la mujer para salvarse él. La moraleja es: vete tú, que ya me quedo yo penando en este valle de lágrimas, porque es mucho más dura la permanencia que la ausencia. Ahí es donde nace la lírica, lo otro es un discurso prosaico: “la maté para salvarme yo” no tiene valor; ahora bien, “consentí en tu muerte para que no tuvieras que sufrir mi ausencia”, eso es bonito. Luego hay otras, como la de “Todo, todo”, que es una cosa que me decía una novia que tuve en el momento cumbre. “Nunca como entre bebidas” es una frase del Reverendo, y la canción es casi un perfil biográfico suyo, el de un tipo que no ha nacido para la gastronomía.
P- ¿Y de dónde sale esa canción de retales que es “Con la mano entre las piernas”?
R- Son trozos de canciones que nunca llegamos a hacer, pero que no queríamos tirar, porque nosotros siempre hemos aprovechado el 140% de nuestra producción. Aquí nada se desperdicia. Por ejemplo, lo de “Si no ha venido el señor Cortezo, a ver quién coño me firma el albarán”, creíamos que era una idea cojonuda para hacer una canción, pero nunca llegamos a terminarla. La de “A veces tengo envidia de tí, porque me tienes a mí”, es una frase fantástica que el Reverendo dijo una vez en serio. Dentro de mi discurso suena a prepotencia total, pero él se lo dijo a una mujer queriendo decir: “me quieres tanto que siento envidia de todo lo que me posees, yo nunca he poseído nada tanto y no tengo voluntad cuando tú estás”. Esa es la explicación que me dio él, porque yo siempre le había dado a la frase el sentido que le da todo el mundo: una barbaridad.
P- Aparte de lo mucho que te inspira el Reverendo, tu ya escribías antes de formar dúo con él, ¿no?
R-
Siempre había hecho cosillas. En realidad mi carrera profesional también se inicia con un fraude debido a la vagancia. Era cuando estaba en el colegio. Tenía que entregar una redacción en cuarto de bachiller y no había hecho nada. Entonces copié la canción aquella de Joan Manuel Serrat que decía: “Se llamaba Manuel, nació en España”. El cura que daba literatura dijo: “Tenemos un poeta en clase. Póngase en pie y lea”. Leí aquello y todo el mundo empezó a decir: “¡Bah, eso es de Serrat!”. Yo le expliqué al cura que no era exactamente así, sino que el poema estaba inspirado en una letra de Serrat, pero que no era una copia. Le conseguí convencer y decidió que el poema saldría en la revista del colegio. Entonces ya sí que tuve que hacer un poema inspirado en el de Serrat y que no fuera una mera copia. Así hice mi primera poesía, forzado y angustiado. A partir de ahí al cura le gusto la idea: a todos les encargaba una redacción y a mí una poesía. Me puse a hacer unas poesías tremendas, de mucho sufrimiento. Me acuerdo que una acababa diciendo: “Y mas la boina caída que llevó el viento, a un nido de pájaros sirvió de aposento”. De esas hacía una a la semana, todas muy cursis e inspiradas en cualquier clásico. Luego hice coplillas en un grupo de folk que había en el colegio. Más tarde, cuando entré en Paracelso, hacía las letras del grupo porque ningún otro se ponía a ello.
P- En el disco hay varias canciones de la época de Paracelso: “La titi del Rastro”, “El rock del trapichero”, “El exhibicionista”. ¿Qué diferencia encuentras entre las letras del grupo y las que hiciste para el dúo?
R- La diferencia está en el formato. Trabajar sólo con un pianista te permite contar cosas. Con un grupo de rock tocando a toda hostia no puedes meter según qué cosas. Las mayoría de las letras del rock son muy simples, porque es muy difícil meter contenidos complicados. En “Todo, todo” decimos: “En bañeras de hielo combato el calor / que produce tu cuerpo con tanta fricción. / Movimiento tenues, gran excitación / descargas brutales, climax de pasión”. Mete eso con una banda tocando a toda hostia: no lo oye ni dios. El Cantante de Ñu, Jose Carlos, hacía letras así, imposibles de oir. Claro, él quería hacer eso como letrista, el guitarrista quería meter caña como guitarrista, el batería quería aporrear como batería, todo el mundo daba el máximo y la cosa se iba a tomar por el culo. El único que ha conseguido hacer eso en el rock ha sido Frank Zappa, porque hacía una música absolutamente atípica. El rock and roll nace, crece y vive del embrutecimiento colectivo. Es una música que me ha encantado toda la vida, y sigo siendo fan absoluto, pero vale para que la gente salte y entre en trance. Sale AC/DC al Palacio de los Deportes y la peña enloquece, y le da igual si lo que están diciendo es que se cagan en su puta madre. Muchos músicos extranjeros se extrañan del éxito que tienen en España, donde la gente no entiende lo que dicen. Lo que hay que concluir es que a la gente no le importa en absoluto lo que puedan decir, lo que importa es el concepto musical. Es imposible tocar rock and roll y pensar a la vez. Esa es una premisa que cualquier autor tiene que tener clarísima.
P- ¿Y qué autores te gustan?
R- Muchos. El disco de “Veneno”, con Kiko, Raimundo y Rafaelillo, fue para mí un mazazo impresionante. Las letras son acojonantes, nunca se había hecho nada parecido, tenían un espacio de libertad total. Tenía letras como la de “Aparta el corazón de las mangueras”, que vaya usted a saber todavía qué significa eso. Era la primera vez que escuchaba un disco con canciones sin sentido, o interpretables por el receptor. Luego hablas con Kiko y cada canción tiene sus claves, pero también las puede interpretar cada uno como quiera. Ese disco fue para mí el paradigma de que todo es posible si se hace bien. Carmen Santonja, de Vainica Doble, ha hecho letras impresionantes, con una calidad literaria enorme, se nota que detrás hay un bagaje tremendo. Usa palabras que hay que mirar en el diccionario, que llaman la atención. Cuenta lo que quiere de una forma precisa, cabal y sencilla. Es imposible hacer una canción sobre el amor entre niños mejor que “La habanera del primer amor”, por más que digan que es cursi. “Tenía que bordar Maricruz” es una canción feminista brutal que cuenta la historia de una niña que está cosiendo, y no es ya la historia que cuenta, sino cómo la aborda. A mi, que soy más simple, para una canción feminista no se me ocurriría más que la historia de una mujer que quiere ir al cine y su marido no la deja. Sin embargo, la historia de “Tenía que bordar Maricruz” cuenta lo que le pasa por la cabeza a una niña que está condenada a bordar y que quiere ser Superman, quiere ser Peter Pan, quiere navegar en un barco pirata por los mares del sur, pero sabe que eso no le va a pasar nunca; y acaba diciendo: “Punto a punto borda su cruz”. ¡El berengenal en que se mete y cómo lo resuelve! Ahí está la tela marinera de esta mujer. Otro que me gusta a rabiar es Krahe, que es un tío que tiene un nivel que no es equiparable al de nadie de los que se dedican a hacer canciones. En otro orden de cosas, en canción costumbrista no ha habido nadie como Sabina. Le veo como un narrador de episodios. Ahí el tío es perfecto. Lo clava y sabe hacerse entender. Son canciones en las que todo el mundo identifica perfectamente al personaje de la historia y se pone de parte del que la cuenta, porque están muy bien hechas. Una cosa que tiene de bueno la canción frente al discurso o al mitin es que la canción te coloniza el inconsciente, tiene la posibilidad de que te pongas a cantarla sin saber qué estás cantando. Así, sin querer, te han colocado un mensaje.
P- El mensaje de tus canciones, de tu humor, más bien, ¿precisa de una fuerte complicidad con el público?
R- Sí, y también de disciplina. La historia del humor en nuestro espectáculo surge cuando mi limitación como vocalista es patente y notoria. Al principio cantaba canciones que todo el mundo podía reconocer, cuplés o boleros. La gente conocía esas canciones interpretadas por artistas bien dotados y lo mío les parecía una parodia, así que suplía el trago de tener que cantar haciendo unas presentaciones bastante largas. De esta manera, si para llenar el espectáculo había que cantar veinte canciones, sólo cantaba diez. El rato que hablaba estaba relajado y el rato que cantaba lo pasaba mal. Para hacer estas presentaciones me basaba en una idea: si eres capaz de hablar durante mucho rato seguro que al final te sale algo gracioso. Y funcionaba. Te pones a hablar sin saber qué vas a decir y, cuando te sale algo bueno, la gente se ríe. El público valora mucho la inmediatez de la gracia en la medida en que no es algo aprendido ni premeditado, no es algo que llevas pensado para decir en un momento dado para provocar la risa. Trabajar sin red le da a todo un valor añadido: el riesgo. De hecho, el Reverendo y yo hacíamos una cosa que era la lectura del periódico comentada, o la lectura del Nuevo Testamento, y de ahí sacábamos una homilía. Esto ahora no se podría hacer. Le decíamos al público que nos dijera un número, abríamos el Nuevo Testamento por la página indicada, leíamos lo que decía y luego lo comentábamos, como han hecho los curas toda la vida. A la gente esto le parecía acojonante, aunque no tuviera ni puta gracia, porque a veces estaba gracioso y otras no, pero en cualquier caso se valoraba muchísimo que un tío tuviera la cara de inventarse un discurso sobre la marcha y sin papel, porque no mucha gente sabe hacerlo. Además, cuando empezamos con esto, era algo que no hacía absolutamente nadie, con lo que teníamos un terreno exclusivo. Veníamos de la España de Franco, donde en todos los espectáculos de escenario había que entregar a la censura el texto, y no podías decir ni una sola palabra que no estuviera en él. Siempre había una butaca reservada para el censor por si le salía de los cojones ir a meterte un puro si te salías en una sola palabra. Así, al morir Franco, había un tipo de espectáculo que no existía en España. En Estados Unidos sí existía este tipo de espectáculo en que un señor se sube a un escenario, coge un micro y se pone a contar cosas; generalmente son judíos, no sé por qué.
P- ¿Guardas registro de tus presentaciones más sonadas?.
R- No, aunque al final todas se parecen. Ahora actuamos una vez al mes y la cosa esta más cerrada. Antes actuábamos todos los días e intentábamos eludir la monotonía y nos divertíamos más. Improvisábamos todo, aunque a veces podía ser un coñazo, sobre todo para el público. Una vez estábamos en ello y parece que la gente no estaba muy contenta, entonces se levantó un señor algo borracho y soltó una voz: “¡Se sufre, pero se aprende!”. Todo el mundo se quedó acojonado. La frase nos pareció tan brutal que inmediatamente nos la apropiamos. Ahora la utilizamos constantemente.
P- ¿Cómo te defenderías de la etiqueta de “humor inteligente”?
R- Siempre que se dice de algo que es inteligente es porque le gusta al que lo dice, y así uno participa de esa inteligencia. Cuando uno ve a un artista que admira dice que es buenísimo. ¿Por qué? Porque me gusta a mí. Esto está muy bien sintetizado en una entrevista que le hicieron a Ray Davis. Le preguntaban qué tipo de música hacía. “Música buena”, dijo. ¿Y la música buena, cual es?, le seguían preguntando. “La que hago yo y la que me gusta a mí”. Ahí está. Todos decimos lo mismo cuando algo nos gusta: esto es bueno, es inteligente, ¿por qué?, porque me gusta a mí que soy un ser superior. Así se establece una comunicación mucho más rica.
(Entrevista inédita realizada en 2002 © Ricardo Aguilera) |