Entrevista a JAVIER KRAHE

El cantautor de la triste figura
 

Sereno, irónico, grave, resistente, lúcido, libre, agridulce, solidario, pesimista, socarrón, pausado, estoico, divertido, sabio... Así podríamos seguir durante páginas y páginas, tal es el aluvión de epítetos que le ha llovido a Javier Krahe en su larga carrera de perdedor con estilo. Nada auguraba que un hijo del madrileño barrio de Salamanca, educado en el elitista colegio del Pilar, acabara de tan mala manera: cantando coplas sarcásticas por los bares. La vida es así de generosa para algunos, y les libra del grande mal de terminar siendo un triste licenciado en económicas.
Javier Krahe pasa por ser el mejor compositor de canciones de este país, y no porque él lo diga, sino porque es evidente. La perfecta geometría de sus letras asombra al respetable, amarillea los rostros de la competencia y deja estultos a los idiotas, valga la redundancia caracteriológica. La poesía de Krahe despide un olor añejo a picaresca, y un aroma de romancero ácrata marca el compás de sus estrofas perfectamente medidas. Con tantas lecturas a cuestas, tan suelta la mano y tan soberbio el repertorio, diríase que ha elegido voluntariamente el camino más difícil para no llegar a ninguna parte que él no quisiera.
Sus primeras andanzas artísticas le llevaron a los minúsculos escenarios matritenses de La Mandrágora y La Aurora , bares semi-clandestinos donde se intentaban respirar los primeros aires de libertad tras la muerte del general golpista. Por allí lampaban especímenes como el Gran Wyoming y Reverendo, Clavel y Jazmín, Juan Tamariz o el triángulo nada equilátero formado por Joaquín Sabina, Alberto Pérez y el propio Krahe. Además del boca a boca que glosaba la excelencia de sus versos, la crueldad de su ironía y la gravedad de su voz, Don Javier conoció una absurda fama por atreverse a decir por televisión una palabrota, gilipollas, en el contexto de la canción dedicada a la singular “Marieta”. No es que aquella “rima en malsonante”, como él describe el uso de los tacos, supusiera su consagración artística, pero sí le consiguió algún que otro bolo. A continuación, pertinaz en su deportiva práctica de la natación contra corriente, labró esmeradamente su infortunio: echó a volar un “Cuervo ingenuo” para que picoteara las vergüenzas de una supuesta izquierda en el poder. Y otra vez en la lista de los apestados. Hay que tener valor -¡Por Manitú!-, para comulgar con Krahe cuando dice: “Para no cantar en el coro no es suficiente no querer, hace falta no saber”.
Así las cosas, este Quijote con estampa de El Greco y verbo de Quevedo, sigue su labor músico-poética con la mala fortuna de los iluminados. Entre corrales de cuernos, valles de lágrimas, aparejos de fortuna y dolores de garganta, Krahe continua describiendo con precisa caligrafía los amores imperfectos, las damas imposibles, los funcionarios insoportables y la fauna española en pleno ataviada con sus más astrosas galas. Eso es ser un artista de ley, que no de “Ley de mercado”: “Cuando la ley del mercado decreta / quién es, quién no / siempre confunde canción y peseta, / que lo sé yo”.

PREGUNTA- ¿Es la canción la poesía popular actual?

RESPUESTA- En ocasiones sí, como fenómeno no. Al principio la poesía era cantada, toda la poesía. Por algún motivo en algún siglo empezó a separarse y luego ya se separó del todo. El oído sabe perfectamente que la canción que se consume no es poesía, sobre todo cuando se consume en idiomas que nadie entiende. Cuando uno escucha awap-bob-a-lup-bop-a-wop-bam-bom, sabe que no está escuchando poesía; sin embargo, le divierte el asunto. A veces una canción tiene unos valores en la letra que la pueden convertir en algo aceptado popularmente que se confunde con la poesía, pero en infinidad de casos no. No creo que cuando se escuchan las llamadas “canciones del verano” se piense que son poesía. Se sabe que eso es de cachondeo, si acaso para bailar o algo así. No hay por qué comparar la canción con la poesía, habría que compararla con la propia canción. Realmente, las de Quintero, León y Quiroga podrían cumplir esa función poética, pero cuando sale el tipo de canción que corresponde, grosso modo, al Festival Benidorm, nada de lo que allí se escucha se confunde con la poesía: ni "Me lo dijo Pérez" ni "Comunicando" ni "El Telegrama", aunque enviar un telegrama sea una metáfora. Esas cosas ya estaban propiamente en la canción. La poesía nunca fue popular más que dentro de las obras de teatro del XVII, y hasta entonces utilizaban canciones, no se molestaban en hacer poesía. Lope metía canciones populares no escritas por él, aunque también las escribía. A veces se me acercan algunas personas y dicen que lo que yo escribo es poesía, y yo digo: ¿es qué acaso la poesía es más que la letra de una canción? No veo porqué hay que compararlo. Si yo dijera de un poema de Luis García Montero que es una canción, todo el mundo pensaría que me refiero a que sería cantable por las medidas, no que la estoy halagando como si subiera a un rango superior. Otro ejemplo: cuando digo "este árbol circunspecto / que forma con mi olvido ángulo recto", en “El Ciprés”, me dicen que eso es poesía. No, eso es letra de canción, la prueba es que vale como canción.

P- ¿Es la accesibilidad el factor que diferencia la canción de la poesía?

R- El asunto es difícil porque ¿a qué llamamos poesía?. Yo llamo poesía a eso que está en los libros y que se escribe mediante renglones que se llaman versos. Creo que la poesía no es popular. Sólo lo es si es muy sencilla. Cuando uno ve el experimentalismo que se viene haciendo en poesía desde hace cien años no es muy concebible hacer eso en canción mas que con la voluntad de no querer ser entendido. Incluso poetas que son muy legibles, en canción sería necesario escucharlos montones de veces, mientras que leídos es otro mecanismo, te detienes, desentrañas si hay algo que desentrañar.

P- ¿Has mencionado antes a Rafael de León. ¿Hay un equivalente suyo en la canción actual?

R- ¡ Ese hombre era un fenómeno de su tiempo. Escribió unas ocho mil canciones, cosa que es una barbaridad. Tengo constancia de un centenar estupendas. Supongo que también habría chorizadas, pero alguien que escribe ocho mil canciones deja cien buenas. En su época escribían otros, Ochaita y varios nombres más, y todos hacían unas letras muy trabajadas.

P- ¿No te tira ningún autor joven?

R- No, desde Albert Pla no me sucede. Quizá, en cierto modo, Javier Corcovado, pero únicamente de leídas, porque no he escuchado las canciones.

P- ¿Y alguno de tu quinta?

R- ¡Vaya gracia! Voy a mencionar a Sabina y a Chicho Sánchez Ferlosio, que también es autor aunque no esté en el mercado.

P- ¿Eres compositor de método?

R- No tengo horarios de trabajo fijos, ni siquiera aproximados. Puedo estar tres meses sin coger un cuaderno o puedo pasar días enteros trabajando. Una vez metido en faena, tengo algún método privado y algúno en común con otra gente. Suelo mirar la última canción que he escrito, qué forma tenía visualmente en el cuaderno, si escribí versos muy largos o los escribí cortitos; cómo hice la rima, rabiosa consonante o bien la hice asonante. Sin más, digo: en la próxima canción que la forma sea distinta.  

P- El verso, ¿largo o corto?

R- Da igual. Por ejemplo, en “Minimal de amor” estuve trabajando cuatro años, porque al coger un verso tan estrecho, el mínimo, resulta complicado. El trisílabo es el verso más corto que se puede escribir en castellano, porque si tiene dos ya no se distingue. Justo antes había escrito algo de dieciocho, el más largo que se puede utilizar rimando, así que me dije: ahora voy a escribir algo de tres.

P- ¿Hay que rimar caiga quien caiga?

R- He decidido que ahora tengo que escribir libre, sin rima y sin medida. Lleva mucho tiempo porque es algo contrario a todas mis tendencias y mis conocimientos. Precisamente porque se me da fácil el escribir con una corrección métrica quiero romper con eso y ya lo he conseguido. En el próximo disco se verá.

P- ¿Saber rimar renta?

R- Creo que sí. La canción tiene más vocación de popularidad que la poesía, así que tiene que recurrir a cosas un poco más antiguas y más establecidas, que es lo que está reconocido popularmente. La rima todavía tiene validez en la canción. Sin embargo, yo no leería un libro de poemas escrito ahora mismo en rima a menos que fuera irónico. A estas alturas, después del vanguardismo y del experimentalismo, después de Kavafis, ¿para qué va uno a rimar?

P-Es imprescindible saber escribir para hacer letras de canciones?

R- No creo que sea imprescindible. En ese sentido ya he dicho que el último que me interesó es Albert Pla, y no creo que sea de los que sepan escribir, pero sabe expresarse. Al fin y al cabo, encuentra sus medidas y sus fórmulas. El problema es cuando se presentan cosas como si estuvieran escritas. Entonces hay que decir: si no sabes, no pretendas eso. Lo bueno es cuando construyes un ramaje por tu lado y allá cada cual con sus aciertos, cuando los tienen.

P- ¿Es complicado adaptar canciones de otro idioma? Pienso en “Marieta” y “La tormenta”.

R- Es peor que escribir una canción propia. Tienes la responsabilidad de estar traduciendo algo de alguien porque te ha gustado. Sufres si crees que se lo vas a rebajar, como me pasó en “ La Tormenta ”, que no me quedé conforme por mucho que guste esa canción. Luego hice “Marieta” y ahí sí me quedé a gusto. No la he traicionado para nada y el resultado es igual de bueno. En “La tormenta” creo que es mejor la original. La mía quizá sea meritoria, pero no es muy allá.

P- ¿Por qué cantas casi siempre en primera persona?

R- A menudo el personaje de las canciones soy yo, pero tengo un montón de canciones en que, desde luego, no soy el protagonista. Yo no soy el de “Dónde se habrá metido esa mujer”, a mí nunca me han hecho eso ni soy así de mala bestia en casa. Puedo dejar algo sin lavar, pero poco más. En este caso existe un desdoblamiento, porque el personaje de esa canción no podría cantar lo que está cantando tal como es. Bueno, de hecho sí, porque yo digo sus palabras, pero él no sabría que eso es una canción. Tampoco podría el personaje de “Si lo llego a saber”, que es un mezquino. Una cosa es tener alguna mezquindad y otra ser un mezquino como es él.

P- Encuentro una temática recurrente en tu cancionero: las señoras y su problemática.

R- Tengo muchas canciones de mujeres que son problemáticas, pero tengo otras tantas de mujeres que son solución en la vida, en todos los sentidos. Tienen su cara y su cruz. Y a veces las hay que son sólo cara o sólo cruz.

P- “Paréntesis”, sin embargo, refleja el lado afortunado de la relación con las damas.

R- Es una canción de encuentro en el aspecto más gozoso del asunto: el ligue afortunado y fácil. El ligue en el que sale todo perfecto. Eso es lo que tiene de agradable, se nota que todo va muy bien y que todo sale muy bien. Como tengo muchas canciones con grandes fracasos... Tiene versos que encuentro muy graciosos, como cuando digo de El Retiro que es un “jardín con un Palacio de Cristal”. Me gusta el coloquialismo de la canción en versos como “el paréntesis fugaz de las caderas”. Son cosas que suenan muy bonito.

P- ¿Alguna otra línea común en tus canciones?

R- Sí, algo que tiene que ver con una dignidad social. Pienso en “La hoguera”, por ejemplo, y son penas de muerte. Hago “Cuervo ingenuo” y es un alegato contra Felipe González. “Pescador en la costa suiza” contiene sugerencias para vivir de otra manera económicamente, mientras que en “Antípodas” me salen otro tipo problemáticas. Hablo de cosas un poco alegóricas a un malestar social.

P- ¿La canción cumple algún tipo de función social?

R- Las que sirven para bailar sí.

P- ¿Y las que sirven para pensar?

R- No. Creo que con escucharlas y estar seducido por lo que uno oye, vale. Luego pasan tres minutos y medio y se ha acabado. No creo que el arte sirva para nada. Sirve para crear imágenes que pueden interesar mucho al que las recibe, pero socialmente no creo que tengan efectos de ningún tipo. Si la sátira política hiciera efecto, desde Grecia sería todo distinto. Las canciones pueden influir personalmente, socialmente no. Cuando canto en un sitio, y hay trescientas personas oyéndome, en ese momento son una pequeña parte de la sociedad que lo que hace es escaparse un poco. Mis canciones son de evasión.

P- Nada que ver con la famosa “canción protesta”...

R- Yo empecé a escribir canción cuando oí el término canción protesta. Recuerdo lo que pensé: canción protesta, ya puestos a eso habría que hacer canción insulto. Y entonces empecé.

P- ¿Y has hecho “canción insulto”?.

R- No estoy en la misma postura que cuando tenía veinte años, pero cuando hice “Cuervo ingenuo” quizá respondía al ánimo que tuvieran los que hacían canción protesta, aunque no se corresponde con sus maneras porque es una canción muy cómica, cosa que ellos no solían hacer.

P- Sin embargo, hay un nexo de unión entre la “canción protesta” antifranquista y “Cuervo Ingenuo”: en ambos casos el cantante se exponía a una represalia. ¿Eras consciente de eso cuando la hiciste?

R- Sí. Lo sabía porque incluso tuve llamadas anónimas a casa. Y porque enseguida se notó entre tres o cuatro personas. Una es Sabina. Otra, mi mujer, que me dijo: no cantes eso. Es la única vez que me he peleado con ella, quitando otras dos o tres veces, como diría Cohen, pero por otros asuntos. Joaquín fue un poco imprudente porque al escuchar la canción dijo por ahí de qué iba más o menos. Él, además, me tenía que acompañar en el concierto donde se estrenó, y me acompañó, muertito de miedo pero me acompañó. Aunque tiene una memoria muy buena no creo que le hubiera dado tiempo a memorizarla en un día. El caso es que de pronto empezaron a llegar llamadas a casa, no anónimas, sino diciendo: “Oye, ¿por qué no escoges otra canción?” Luego llegaron las llamadas anónimas. Todo eso sin haberla oído. Yo sabía que la canción era dura y me gustaba el desafío. Eso sí, me anularon las galas que tenía ese verano.

P- ¿La onda expansiva de la represalia llega hasta el día de hoy?

R- Yo no creo nada. Si lo medimos como se mide el “efecto mariposa”, que no hay nada que suceda que no afecte a todo lo demás... pero eso da lo mismo. Sí sé que contribuí al descrédito de Felipe González por el sitio donde no se lo esperaba, que era teóricamente la izquierda. Nadie del Partido Popular hubiera sido capaz de inventarse esa canción. Creo que acerté de lleno porque provoqué la represalia. Puse en evidencia cómo una enorme cantidad de gente del PSOE era capaz de seguir consignas contra sus gustos, luego no eran verdaderamente gente con una mínima libertad como para que yo hubiera perdido el tiempo tratando con ellos. Me sirvió para mucho, pero me sirvió a mí.

P- ¿Es posible buscarse la ruina por una canción en la España de hoy?

R- Si esa persona saliera del entorno de los personajes atacados, puede que sí. De todas formas cualquier represalia es de tipo económico.

P- ¿Por qué la pertinaz retranca sarcástica de tus canciones?

R- Es para defenderme contra tanta agresión general y estética como recibo todo el tiempo. Quizá en canciones como “Cuervo ingenuo” o “Ciencias ocultas” haya una carga sarcástica que se aparta de lo que estoy diciendo y tienda a la agresión, pero en el resto no porque el mecanismo es la ironía, y alguien ha tenido a bien explicarme que la ironía siempre está proponiendo otro punto de vista, lo cual no es una agresión, es todo lo contrario. El humor es una defensa. No hablemos de ofensas humanas, pero si hablamos de ofensas existenciales, como la muerte, por ejemplo, como no sea con humor no sé cómo tratarlas.

P- Lo que sí sabes tratar es el envejecimiento, pongo por caso “Sonata de otoño”.

R- Habla de algo que me interesa mucho que es el paso del tiempo por mí mismo, por mi cuerpo y por mi sangre. Creo que hay veces que lo describe bastante bien. No es directamente cómica pero sí es muy irónica. En todos los sentidos creo que representa bastante lo que hago, aunque no la suelo cantar porque el público no parece seguirla nada bien.  

P- Tú que eres tan aficionado, ¿encuentras alguna similitud entre jugar al ajedrez y componer una canción?

R- Sí, tiene algo que ver porque utilizas mecanismos combinatorios: voy a decir aquí tal cosa para que tenga resultado tres estrofas posteriormente, luego hay una estrategia.

P- ¿Podrías dar mate dos estrofas?

R- Es mucho decir, nunca lo había pensado, pero ya que lo sacas a relucir, puede que sí, en algún caso. Es decir, puedo ir desvelando algunos elementos y que se vaya viendo por dónde va la canción, pero que no se sepa cómo va a ser el resultado final hasta que, ¡plaf!, aparezca y sea un colofón. Un mate es el colofón, pero un mate tiene algo de haber ganado la partida. ¿Contra quién? Contra la escritura misma.

(Entrevista inédita realizada en 2002 © Ricardo Aguilera)