Hay veces que andar sobrado de talento llega a ser de lo más incómodo. Es lo que le pasa a Albert Pla, genio iconoclasta de Sabadell, que ha visto cómo su carrera musical ha tenido que enfrentarse con los más dispares disparates, pese a ser un referente fundamental para toda una generación de músicos que van desde Extremoduro hasta Estopa. Su irrupción pública fue sonada. Venía de ganar un certamen regional de cantautores y acababa de grabar su primer disco: “Ho sento molt” (1989). Sus canciones no dejaron indiferente a nadie. Artistas con tantos trienios de talento como Joaquín Sabina, Javier Krahe o Jaume Sisa estaban espantados y encantados ante el empuje del nuevo monstruito de la canción de autor. Con salvaje libertad expresiva, Albert abordaba esas facetas de la vida que suelen estar a la sombra de las vergüenzas propias y ajenas. Metiendo el dedo en la llaga con desparpajo nihilista y vocecilla de novicia, aquel primer disco asombraba por su retablo de personajes tiernamente brutales: el retoño de la burguesía calatana que recibe una cornada en “Papa jo vull ser torero”, el gato que muere de siete vidas en “Vida d'un gat” o la epopeya escatológica de “La sequía”. Y como colofón, “L'home que ens roba les nòvies”, una turbadora reflexión sobre las relaciones entre hombre y mujer.
Albert prometía tanto que parecía imposible que superara su apabullante estreno. Su segundo disco, “Aquí s’acaba el que es donava”, no pasaba de ser una continuación del anterior. Pero en 1992 publica “No sólo de rumba vive el hombre”, su primer disco en castellano. Pla se reinventa a sí mismo. Convertido en un personaje marginal del Raval barcelonés, Albert se arrojó a la rumba catalana para ventilar la historia de “Joaquín el Necio”, un cuento de racismo, envidia, violencia e impotencia. Sin embargo, el escándalo llegó con la más inocente de las canciones, una cómica “Carta al Rey” a la que hubo que cambiar de título rápidamente por el de “Carta al Rey Melchor”. Por lo visto temblaban los cimientos de la monarquía española ante el embate del republicano enamorado de una infanta. Una vez en el punto de mira de los bien pensantes, Pla sufrió lo suyo con el que debía ser su siguiente disco, “Veintegenarios”, cuya publicación se canceló a causa de otra canción políticamente incorrecta: “La dejo o no la dejo”, la historia de una chica que gusta de poner bombas a los estamentos del poder, para espanto de su novio. La moraleja de ese romance terrorista era lapidaria: “Una novia muerta es una novia menos”.
Mientras “Veintegenarios” dormía el sueño de los justos se publicó la que sería su obra más popular: “Albert Pla supone Fonollosa” (1995). La poesía urbana y cercana de Jose Antonio Fonollosa parecía escrita a la medida de las polifacéticas capacidades interpretativas de Albert, ¿o fue al revés? En cualquier caso, su versión “lolailo” del “Walk on the wild side” de Lou Reed dio en toda la diana con una lúcida traducción literaria y musical del original. Y por fin llegó “Veintegenarios en Alburquerque”, la obra maldita recreada con la ayuda de compinches como Robe “Extremoduro” Iniesta, Fermín Muguruza o Manolo Kabezabolo. El himno “Veintegenarios” es un ácido retrato de la España que nos ha tocado vivir: paro laboral, absentismo ideológico y todos bailando el son de los que parten el bacalao: “Tomando el sol / Tomando el sol / Qué más podría hacer yo / En esta mierda de rincón....”
PREGUNTA-
¿Cómo se van cociendo las canciones en tu cabeza?
RESPUESTA-
No lo sé. Quizá haya alguna, dos tres canciones, que pueda haber hecho de golpe, a propósito, pero de forma muy puntual. Nunca me acuerdo de cómo las he hecho en realidad. Las canciones que van a estar el año que viene están ya haciéndose hoy, y mañana voy a empezar otra, y pasado mañana voy a terminar la que hace seis años que empecé la música, pero la letra era otra. Un lío. Algunas canciones que ahora estoy cantando en directo no están grabadas, ni he escrito nunca ninguna. Una la voy cantando desde hará ya treinta conciertos. Poco a poco la canción va quedando como es. Igual algún día de estos la escribo y quedará acabada. No escribo las letras prácticamente nunca. Al final, la letra siempre es la que te acuerdas de memoria. Sólo la escribo cuando ya está avanzadísima, cuando la canción ya está prácticamente hecha, con la música. Primero la pienso y me pueden salir los versos, y luego tengo ese stock de músicas con el que voy inconscientemente encajando una con otra. Cuando ya está todo ordenado me pongo a escribir. Es que las letras que hago yo no se pueden escribir. ¡Cómo vas a escribir una letra así tan larga!
P- ¿Cómo escribes más a gusto: en catalán o en castellano?
R-Mi lengua materna es el catalán, lo que pasa es que el castellano lo hablo más o menos bien. Uno tiene su acento, pero tengo más cultura musical en castellano que en catalán, porque en catalán no puedes escuchar prácticamente nada. En castellano es más jodido rimar porque siempre te queda una sílaba atravesada: tarará... ta!, y se te queda descolgada. El catalán lo encuentro más bonito que el castellano. Lo que pasa es que el español está más mal hablado por la gente, hay más cosas, más acentos, menos respeto por la lengua y, por tanto, se pueden hacer más cosas. Sin embargo, el catalán es una lengua con la que si te pones a crear palabras nuevas o a hacer gracias, como hago con el castellano, hay quien se sorprende. La gente piensa: pudiéndolo decir bien, por qué lo dices mal, ¡joder!. Eso en Cataluña es un razonamiento lógico. Claro, que también te puedes divertir porque podrías destrozarlo más. Tendría esa gracia, pero como no hay nadie que lo haga es más aburrido. El castellano es más divertido porque se juega más con la lengua. Es más poderoso, lo habla más gente. Creo que si al catalán le hubiera pasado lo mismo que al castellano sería cojonudo. Con el castellano sucede que lo escuchas mucho más, lo sientes y, por tanto, piensas también en castellano a la vez que en catalán. De hecho hace mucho que no escribo en catalán. Me olvidé total. Ahora he hecho cinco o seis canciones en catalán y me ha acabado pareciendo que ya no sé escribir en catalán.
P- ¿De qué tratan esas canciones?
R-Son nanas para ir a dormir.
P- Tus primeras canciones en catalán tenían un fuerte componente surrealista. ¿Quién es “El hombre que roba las novias”?
R-¡Yo que sé! Esa canción la hice cuando ya había empezado a cantar. Tendría 22 o 23 años. No cuenta nada, sugiere preguntas: ¿sí?, ¿no? Es una canción que tiene una medida muy extraña, y no sólo en la construcción de la letra, sino en la música también. No hay ninguna estrofa que sea igual. Para mí tiene encanto porque es una canción que, así como de otras te acuerdas de su proceso o de cómo te han salido, esta no podría hacerla nunca ahora, no sabría. Me pasa eso de que la oyes y tienes envidia de lo bueno que eres. Me parece que es cojonuda. ¡Y no sé de dónde coño saqué todo eso!
P- El disco “No sólo de rumba vive el hombre” supuso un cambio de rumbo notable en tu carrera: empezaste a escribir en castellano y te estrenaste en un género lleno de convenciones como la rumba. ¿Cómo fue ese proceso?
R-El idioma no es importante en sí, pero mis canciones en catalán llegaron a un punto que era su fin creativo. “Joaquín el Necio”, que está en ese disco, fue la primera que escribí en castellano. Es una rumba que hice con Chipén antes de grabar el disco entero en castellano. Tenía ganas de trabajar con ellos y coincidió que estaban grabando un disco de rumbas y yo tenía ganas de hacer una rumba. En ese tiempo estaba con una chica que era de Madrid y me salió esta canción así. Supongo que a todo el mundo le gusta lo que menos sabe. Siempre que pienso una canción se me ocurre una historia. Tengo mil historias que voy rellenando: cojo un verso y “¡tararí tararí tararí tararí, tarará!”, y que rime de vez en cuando, que así tiene donde acabar.
P- Ya que hablamos de rumbas, ¿te gustan las letras del flamenco?
R-Creo que es lo peor del flamenco. Están a un paso de algo real, pero hay mucho que decir. Se pueden decir muchas más cosas, seguro. Yo creo que la clave del flamenco va a estar en la letra, no en la música. Quiero decir que el paso que tienen que dar no es si están musicalmente avanzados o no, no es la cuestión comercial o de producción musical. Falta ese paso de las letras.
P- Tus letras, sin embargo, sí que cuentan cosas, incluso te buscan problemas. Con “Carta al Rey”, hábilmente retitulada por la compañía discográfica como “Carta al Rey Melchor”, donde narrabas la reconversión política de un republicano por amor a una princesa, hubo sus más y sus menos.
R-
Con “Carta al Rey Melchor” hubo un malentendido. Parecía que en algún momento hablaba del Rey de España y se tuvo que hacer de manera que pareciera menos. Pero no era la compañía multinacional la que te obligaba a hacerlo, eran las leyes. Yo no perdería el tiempo hablando del Rey de España.
P-
Otra con la que la montaste buena fue la de “La dejo o no la dejo”, una historia de amor y terrorismo.
R- Esa la hice en catalán, hubo un problema y no se editó. Después hice otra versión en castellano, y tampoco. Luego salió en un disco que no acabó de editarse, y así una y otra vez hasta el disco de “Veintegenarios en Alburquerque”. Hablaba de un tipo que tiene una novia que le gusta poner bombas y al final se muere. No sé de donde salió esa canción, quizá tuviera que ver con que en aquella época se me había muerto la novia. Siempre la he vivido como una canción más. Con esa canción pasó lo mismo que con la del Rey: nada. Al contrario, a la gente le gusta más. Lo único que sucedía era que el disco tenía promoción y, por los aires de grandeza, se creían que me iba a escuchar toda España. En realidad, las dos canciones trataban de lo mismo: los amores desgraciados de un novio. A mí me pasa mucho. Las mujeres, más que terroristas o princesas, suelen acabar siendo más novias, desgraciadamente.
P- Lo curioso es que una canción como “Veintegenarios”, un ácido retrato de la España tal cual, no ha tenido mayores problemas.
R- Esa es la única canción que he traducido del catalán, porque en esa sí que tenía clara la idea de lo que quería decir: que vas de observador, que no piensas hacer nada, que lo ves, que lo sientes todo. La grabé en catalán pero quedó como desangelado. Además, en Cataluña cobró otro significado, porque había un eslogan de Convergencia i Unió que era algo así como "Ni haremos, Ni hacemos", y entonces parecía que hacía referencia a eso. No era el momento. Seguro que ahora la haría de otra manera. Al final la dejé en castellano y la verdad es que era una canción que al principio no gustaba mucho, pero luego fue de las que más fliparon a la gente. Supongo que fue porque estaban en la grabación Robe Iniesta, Fermín Muguruza y Manolo Kabezabolo. La gente se la conoce, es de las que más alegremente cantan. Me imagino que, como es de las cortas, pues se la saben más. Un himno jamás podría ser "El Chatarrero", en cambio “Veintegenarios” sí. Es de las pocas canciones que las ves como cosa artística. Una vez que le puse el título llamé a Robe, a Manolo y a Fermín para hacerme un regalo a mí mismo con toda la mala leche. ¡Qué cojones! Yo lo que quiero decir lo digo, ¿o no soy el cantante?
P-
También has grabado un tema de Robe Iniesta, ese “Pepe Botika”, camello de bien que acaba con sus huesos en la cárcel.
R- Sí, es que los camellos, con el tiempo, se convierten en tus mejores amigos. A los camellos se les tiene envidia, de ahí la mala prensa. No hablo de traficantes. Hay pocos camellos ricos. De repente dices: ¿Cómo van a meter en la cárcel al chaval este? Cuando pasa esto, siempre quiero irme a la cárcel con el camello.
P- Supongo que eres consciente de que la temática de tus canciones tiene su precio.
R- Creo que los temas de mis canciones son muy normales. A mí me parecen oportunos. No hago las canciones ni con buena ni con mala intención. Sólo he intentado que fueran canciones cuadradas, que tuvieran mucha sonoridad y que todo el mundo pueda entender algo lo más rápido posible. Lo que no se puede pretender es hacerse millonario diciendo según qué cosas. Uno dice lo que quiere, pero luego entiende que no te saquen por la tele. Es como cuando cantas en catalán: puedes hacerlo, pero serías un burro si creyeses que así vas a vender un montón de discos y que te van a sacar en la tele y en la radio. Estas cosas no sólo son culpa de las casas discográficas o de los medios. Nadie levanta la voz para quejarse, ni siquiera yo. Es culpa de todos si dejamos que las cosas funciones así.
P- ¿Lees poesía?
R- No, poesía no he leído mucha...
P- Sin embargo, hiciste un disco casi entero sobre poemas de José María Fonollosa
R- Casi nunca leo poesía, pero Fonollosa se deja leer porque se entiende lo que dice. Es un señor que dice cosas sin darle demasiada importancia a lo que piensa. Luego, así, de casualidad, me fue saliendo una música, que es lo más increíble. De repente me encontré poniendo música a una letra, cosa que no hago nunca ni con las mías. Y si paré con lo de Fonollosa fue porque ya me daba la sensación de que me repetía, pero hubiera podido hacer lo mismo con todos sus poemas. Después, por curiosidad, a veces he preguntado por algún poeta. Alguien te dice uno y hojeas el libro esperando ver lo mismo que encontré en Fonollosa, pero no. Nunca he vuelto a tener esa conexión. Me acuerdo de que era muy fácil ponerle música a aquellos poemas, era facilísimo. Había que cambiar quizá un pero, o las conjunciones, o repetir dos veces una frase, pero no tenía ninguna complicación.
P- ¿Fue más complicado hacer la versión española de “Walk on the wild side”?
R- Esto que voy a contar ahora es un poco rocambolesco. Esa canción la solían tocar los músicos para hacer las pruebas de directo. Un día me dijeron: ¡Vamos a grabarla!, y la grabaron. Luego siguieron: ¡Vamos a meterla en el disco!, y yo dije ¡sí!, eso que digo siempre, pero la verdad es que no tenía ni la letra ni hostias, sólo ese play-back de puta madre. Busqué la letra original y no entendí absolutamente nada. Entonces, el Chavi, mi manager, que sabe inglés, me explicó lo que significaba la canción. La hice a partir de ahí. Me dije: el Joey me parece a mi que es un camello, y este otro es tal, y alguno que no sabes qué es, pues lo pones de otra manera y ya está. No sé si en realidad algún personaje se parece al de la canción original. Salió así. Cuando no sabes inglés, ¿qué vas a hacer? Lou Reed me gusta mucho, pero fui a elegir una canción que, de tan famosa que era, nunca me la ponía. En realidad es la que menos conocía de Lou Reed. Cuando haces una versión así pocas cosas puedes ofrecer que no sea tu punto de vista. Es un pedazo de canción, así que, o te la cargas y cuela, o si no ¿para qué vas a hacer una versión de “Walk on the wild side?
P- Además de Lou Reed, ¿qué otros autores te gustan?
R- Bob Dylan... De aquí me gustan Robe, Javier Krahe, Joaquín Sabina, mucha gente. Me acuerdo de que al principio Krahe y Sabina me vacilaban. Se metían con mis letras: “Seguro que no sabes lo que es un endecasílabo, o no sabes lo que es un romance”. Luego me explicaban qué era cada cosa. Se cachondeaban de mí. ¿Quién más? Por ejemplo, a los catalanes de hoy en realidad no los entiendo. ¿Para qué mentir?
(Entrevista inédita realizada en 2002 © Ricardo Aguilera) |