Chico Ocaña es lo que se dice todo un personaje. Un personaje del sur, por supuesto. Canino y vivo, sus ojos miran con avidez el entorno en busca de la sorpresa cotidiana. Es de esas personas en lucha contra la mediocridad ambiental, de los que quieren ponerle color hasta a las aceras a fuerza de imaginación. Hablar con Chico es como hacerlo con el Cabrero: el discurso de lo real se convierte en un interminable río de metáforas. La diferencia es que donde el cantaor utiliza parábolas campestres, Chico se remite a figuras urbanas contemporáneas. Sólo así se entiende que escriba cosas tan sorprendentemente cercanas como “Y es tu cariño pa' mí / como un bote de tetabrí / que unas veces se abre fácil / otras, no se quiere abrir” (“Soleares del tetabrí”). Nacido en San Roque, Cadíz, Chico ha mamado la mixtura cultural de una zona en la que tres culturas conviven en pocos kilómetros, dando lugar a un imposible mestizaje anglo-marroquí-andaluz. Sus primeras composiciones las hizo a la vera de Kiko Veneno. De ahí salieron temas como “Ankaguananá (la frase que le decía Tarzán a Chita), “Autolesionado” o, según su criterio, “Echo de menos”: “Nos la dividimos al cincuenta por ciento, pero considero que esa canción es mía”. Aunque la colaboración entre ambos acabó como el rosario de la aurora, lo cierto es que Chico Ocaña ha desarrollado un cancionero revolucionario dentro del flamenco actual. Ya con su propio grupo, los Mártires del Compás, publicó un disco de enorme impacto en el efervescente panorama de la música andaluza finisecular: “Flamenco Billy” (1995). En aquella obra primeriza las “Sevillanas Billy” trocaban el rancio tufo rociero en ordenadores y tablas de “wirfisu”, las alegrías se hermanaban con el hip-hop en el “Tiriti-Rap”, y el reggae hacía causa por los espaldas mojadas del Estrecho en “Oremus”: “Cómo quieres que Oremus / si no comemus”.
Poeta total de los marginados, la obra de Chico Ocaña ha partido más lanzas de las que hay en el cuadro en favor de la famélica legión en pleno. Por sus letras desfilan, entre tristes e iluminados, los pobres de solemnidad, los inmigrantes desarraigados, los locos de soledad, las putas baratas, los ancianos invisibles, las mujeres aporreadas y demás morralla sobrante del libre mercado. “Por la puerta de la carne / sombras sin dinero / pero llenitas, llenitas, llenitas de sueños. / Alguna busca en los contenedores / las otras en las papeleras / y las que tienen dinero / se arrascan los corazones”. (“Canne Canne”).
Capaz del clasicismo flamenco más riguroso a la hora de componer una copla, pero inevitablemente abducido por la actualidad urgente y lacerante, Chico Ocaña maneja la pluma sin cortarse un pelo. En sus amores hay sudores y en sus electrodomésticos lágrimas de vida propia. Cosa rara la de este Chico que se pone tan Ocaña consigo mismo: “No quiero tele, ni cama / me aburre tu mando a distancia / y lo tiro todo por la ventana” (“Bolero Minero”).
PREGUNTA-
En corto y por derecho, Chico: ¿Qué es eso del “Flamenco Billy”?
RESPUESTA-
Llevo veinticinco años estudiando el flamenco y elaborando una estructura dentro de lo que son los cantes de compás, los de la tierra en que nací, el eje San Roque, Jerez y Los Puertos. Ese triángulo empieza a desarrollar un lenguaje al que llamo “Billy” o surrealismo campo gibraltareño. Hemos evolucionado, hemos cambiado la lírica de la venta, la oscuridad, el colmao y la pena, para dar más luz propia. El “Flamenco Billy” es la concepción de lo que es la historia en la calle. La universidad de la calle es única. Para mi obra es fundamental estar en la calle y captar eso, porque lo que escribo lo veo, lo digiero y me sale, y no de una manera literaria, sino musicalmente cantada. Canto antes que escribo. Puedo pensar en una soleá para una letra como “Pa' calentar tu amor / lo meto en el microondas”.
P-
Los electrodomésticos aparecen constantemente en tus canciones...
R-
Porque es lo más cotidiano que hay. A veces tocamos más esos elementos que a las personas. Si humanizamos más a un perro que a una persona, yo humanizo cosas que están muy cerca de nosotros: una cocina, un ordenador, un teléfono. Soy cronista de mi tiempo, de lo que vivo. No soy de aquellos que miran al pasado, sino que el pasado es una catapulta que te echa para adelante, es lo que te impulsa. Nunca hay que mirar para atrás como referencia histórica, sino como algo que debes cambiar. Ya no hay caballos, hay microondas, y hay que aceptar ese cambio. Si no vives ese cambio es imposible que lo aceptes, con lo cual te quedas en el caballo, que es lo que le pasa al flamenco. En el flamenco no hay nadie que se atreva todavía a cantar a los microondas porque tienen prejuicios, porque creen que la pena cuanto más negra mejor. Y no, la pena se viste con lo que pasa en el día a día, es tu pena del 2002, tu angustia del 2002, tu amor del 2002.
P- ¿Por qué ocurre eso en el flamenco?
R-
Porque al ser un cante oral se pasaban las letras de boca en boca, y la gente ha seguido cantando las mismas cosas de toda la vida. Por eso no evoluciona el cante, por el texto. Para evolucionar hay que vivirlo como antiguamente. Se siguen cantando las mismas letras de hace setenta años. Así hasta que llega Camarón, muere Franco, se hace la ruptura pactada y el flamenco se mete con poetas cultos como Lorca. Pero de lo que era el cante, que era de la propia vivencia, no ha habido nadie que evolucionara en ese sentido. Se han tenido que coger a los poetas. Chico Ocaña no hace eso: hace que el flamenco siga siendo igual pero con una lectura en sus letras que es de la actualidad, de lo que pasa.
P- ¿Tus letras rechinarían cantadas en un contexto de flamenco ortodoxo?
R- No hay ninguna letra que rechine, es el que la dice quien hace que rechine. Conozco un buen aficionado al flamenco al que le dejó de gustar Menese porque empezó a “rojizarse”, y eso que sus letras son geniales. No estoy en esa tesitura, pero entiendo que para la época en que Menese las ejecuta eran excitantes. A ese aficionado, con mil discos pero muy facha, franquista abiertamente, le encanta el flamenco, pero cuando Menese empieza a decir “La tierra para quien la trabaja”, el tío lo deja de escuchar aún siendo un entregado a su cante. No permite esa evolución. Cuando se habla de flamenco joven o nuevo, eso no es bueno, eso lo que hace es confundir, joder el rollo. El cante que se estanca, como el agua, se pudre. Al flamenco le pasa exactamente igual. Hay dos vertientes, la gente que vive su tiempo y los que tratan de recuperar el tiempo perdido, que son los que van de capa caída.
P-
¿Y está definitivamente estancado el flamenco o corre un hilillo de agua?
R-
Con Chico Ocaña corre el hilillo de agua. En lo demás lo veo estancado. La textura literaria de la gente que escribe flamenco ahora es insípida. Con todo mi respeto, aunque José Mercé venda no hay un cantaor que evolucione en la textura que lo han hecho Mártires. Y cuando Mártires hacen fandangos, son fandangos, y las bulerías son bulerías. Nadie puede demostrar que no lo sean porque están en el tiempo, en el compás y en el aire, y es flamenco tan ortodoxo y puro como el que hacía Camarón. No tengo ningún prejuicio en decir que yo cuando canto flamenco, canto flamenco. Te puede gustar o no, pero si yo canto por soleá, eso es soleá. Entiendo que haya gente que diga que no se puede cantar al microondas. Pues mire usted, cántele al carajo. A mí me gusta el ordenador e Internet.
P-
También te interesa el fenómeno de la inmigración. Tienes al menos cuatro canciones dedicadas al tema: “Son muchos negros”, “La llave”, “Oremus” y “Rigui Martir”.
R-
Tengo una nueva que no se ha publicado. Se llama “Spanish Fly” , como la mosca hispana de la que se sacaba un poderoso afrodisíaco. Llegaba a España cruzando el Estrecho, pasando de África a Europa. Dice así: “África tiene un corazón que suena como un tambor cuando canta, cuando llora y cuando sufre, Insha' Al-lah, para hablar. Si yo viviera lo que estoy soñando, ni el negro se vea tan negro, ni el blanco se vea tan blanco. Sería todo de todos y nada de uno solo. No más pateras, no más miseria, no más esclavos. Vivamos todos con todos y nadie solo. Insha' Al-lah”. Hay gente que se acerca al tema, pero sin ninguna conciencia. He escuchado algunas letras por ahí que intentan denunciar la situación, pero es por la novedad. Me parece una putada que haya gente que utilice eso para hacer una canción que en definitiva no está diciendo nada. Hay varios grupos en este país que joden lo que hacemos otros y copian mal, porque lo que dan no tiene ni conciencia ni mensaje. Esa gente no se preocupa ni entiende ni sabe, simplemente escuchan campanas y lo hacen. Yo nací en San Roque, África la tengo enfrente y todo eso lo he vivido desde siempre. Por eso puedo hablar libremente, porque lo conozco, lo he mamado. En este país la gente piensa que lo que dice la tele es verdad. Hasta que la gente no coja el televisor, lo tire por la ventana, y piense que cada vez que lo enciende se le apaga una luz de la cabeza y otra del corazón, va a hacer lo que ve en la tele. Ahora tenemos una Ley de Extranjería y un Gobierno que ejecuta esa orden, con una policía que pega por eso. ¿Cuál es el negocio, el trasfondo de esa política? El Estado ha hecho una inversión para blindar la frontera, pero es mentira porque sigue habiendo el triple de pateras y de esclavos. ¿No deberíamos empezar a concienciar a los empresarios de Almería y de esos pueblos que son verdaderamente fascistas, que ejecutan esos planes porque hay un Gobierno que los apoya? Ese Gobierno es el que legaliza esa situación, el que legaliza los espaldas mojadas, el que legaliza el que haya ese tráfico. Si el ciudadano medio pensara, reflexionara y apagara esa tele, se encendería la luz de la conciencia. Mientras sigamos así no vamos a poder hacer nada más que cantar y denunciar. Creo que es la mejor arma que hay para luchar contra eso. No hay un arma que mate más que la literatura. Para bien o para mal.
P-
Otro pilar de tus canciones son los marginados. “Fandangos del moco”, “Canne, canne”, “Juan Tirita” o “ La Hora Vicentina ”, los presenta como seres excepcionalmente libres.
R-
-Claro, menos para el Ministerio del Interior o para la sociedad. He visto a hombres caerse en el suelo y la gente preguntarles: “¿A qué hora es el entierro?” Esa realidad es la que hace que los presente como personajes indispensablemente humanos. Son personas maravillosas que no están en sintonía con lo que pasa porque para ellos la realidad carece de sentido con respecto a lo que sienten. Son los personajes que vemos todos los días en los bordillos, los tirados, los abandonados, esos que la gente dice que son unos drogadictos y unos vagos, que están así porque quieren, porque hay trabajo: “¡Que vayan a recoger aceituna!” El problema no es que quieran o no trabajar, el problema es cómo sentirse. Una persona que se abandona en su vida, su única vida, eso es más meritorio que ser Rey o Ministro del Interior. Esa persona está defraudada del mundo, se ha defraudado de lo humano.
P-
¿Existe el Vicente de “ La Hora Vicentina ”?
R-
Sí, claro. Lo conocí en el año 83, cuando llegué a Sevilla. Él iba por el centro con un canasto lleno de avellanas y una mano en la ceja, tapándose los ojos. Siempre decía: “¡Mírame lora guapo. Tú bonito sin gafas!” A las mujeres nunca les hablaba, sólo a los hombres y a los niños. Siempre estaba igual. Se ponía en medio de la avenida, entre los coches: “¡Mírame lora guapo. Tú bonito sin gafas!” Iba por la calle vendiendo avellanas, que no las vendía, las regalaba. Me llamaba mucho la atención porque todo el mundo lo trataba como un demente. Había muchas versiones sobre su vida, que si le había dejado su mujer, que si tal o cual. Todo era falso. Era un personaje que había tomado una actitud ante la vida porque no tenía otro recurso que llamar la atención desde esa perspectiva: su mano y su canasta. Llegué a verlo muchas veces y a tener un contacto con él muy frecuente, entrañable, casi de todos los días, en el bar con su cervecita. Hablábamos de filosofía y de la vida. Está en la foto de la contraportada del primer disco de Mártires. Era una bandera que no tenía mástil, un hombre que autogestionaba sus sentimientos.
P-
¿Por qué tus canciones de amor reflejan siempre la trastienda del sentimiento?
R-
Porque retrato el amor con su imperfección: “Yo tengo un “corchón” / que sabe la cara que tú pones / cuando hacemos el amor / y guarda debajo / calzoncillos y bragas / y pelo multicolor. / Naturaleza muerta”. Eso es de “Er corchón con pelo”. Mi amor no es desde una ventana, sino desde la calle. A las historias emocionales, sobre todo de relaciones personales, hay que darles un valor para describir lo que verdaderamente son, no bajar a la cosa de las estrellitas y la luna, sino que la luna sea un hilo conductor de la aceptación del olor, de los pelos, del cara a cara. Hablo así del amor porque así lo veo y así lo vivo. Me gusta desnudar las cosas, desnudar el concepto para llegar a la aceptación por parte de la gente, porque de la otra manera estaríamos hablando de un rompecabezas, de un enigma o de un jeroglífico. No quiero dejar la pregunta del jeroglífico, sino llegar a lo que tú ves, decir la verdad: la gente eructa, caga y se tira pedos.
P-
¿De ahí nace “Dulce”?
R-
Sí, sobre todo me encanta el estribillo: “Dulce, tu amor es dulce / y cada veintiocho días agridulce”, y no tienes que dar más detalles. A muchas amigas mías les ha gustado especialmente esa canción. Es normal, nadie lo canta así, con esa facilidad de decir. Y es que es así. Lo que te está dando es la realidad, y eso impacta. Creo que eso es lo que tienen mis letras. Las lees, te interrogas y dices: ¡hostia, pero si es verdad!. Esa verdad no es absolutista, sino que es la que se tiene pero no se dice, porque en el momento que dice ya no es verdad, pero sí la puedes contar.
P-
Una palabra recurrente en tus canciones: dinero.
R-
El dinero es lo que diferencia a las personas. No es el color ni la estatura, es el dinero. No hay otra cosa, ni sexo ni casa ni tele, es el dinero. Que te quiera una persona carece de sentido, que tenga dinero sí tiene su importancia. Yo tengo una lucha contra los bancos: “Hay bancos para el que vence / hay bancos para sentarse / y bancos por las esquinas / que a ti y a mí nos chupan la sangre”. El dinero es un arma totalmente disuasoria, un arma hija de puta, maltratante y racista. El dinero es el que te hace malo. No hay nadie con dinero que sea bueno, no conozco a ninguno. Esa es la tesitura en que me muevo. Nadie puede dejar su sueldo en un banco porque eso va contra su identidad, su libertad, su conciencia. El que tiene dinero en un banco evidentemente es racista, fascista y todo lo demás. Tengo una letra que dice: “En la esquina de Seguros Vitalicios, esperando a un amigo, se me hincó de rodillas un cura, y mirándome a la cara me dijo: yo ya no busco más porque estoy viendo a Jesucristo. Y yo, mirándole a la cara, le pegué una patada en el cielo de la boca. Yo no creo en lo que tú crees, porque yo no soy ni Jesucristo ni creo en eso”.
P- Otro fetiche de tus letras es la “carne”, o más bien la “canne”.
R-
“Canne, canne” es lo que nos falta, morder la carne de lo que queremos. Esa canción habla de la gente que busca en los contenedores, que se rasca los corazones, que sabe que el dinero nunca le va a llegar, pero sí la carne. Podemos tener carne, aunque no tengamos dinero. Lo único humano que nos queda es tener carne, porque en el momento que tengamos la duda de si hay carne o no, es cuando vamos a estar obligadamente perdidos. Creo que la carne es el referente para cualquier humano. Y cuando digo carne, igual que cuando hablo de corazón, no hablo de un músculo, hablo de un sentido.
P-
¿Cómo es el humor mirando al sur?
R- Vengo de una provincia, Cádiz, donde le llaman La Pepa a la Constitución. Un trozo de Londres está a unos pocos kilómetros y enfrente está África. Hay un ambiente propio por una situación geográfica privilegiada. Yo diría que el paraíso es Cádiz y el Campo de Gibraltar. Para su idiosincrasia, a la que le llamo surrealismo campo-gibraltareño, el humor es vital. Es el humor como objeto punzante que despierta lo que está dormido o lo que aparentemente está muerto. Es el humor de los carnavales, esos días en que cada uno es, es.
P- ¿Cómo escribes?
P-
No soy el tipo que se pone detrás de una ventana, soy un tío que se expone delante de una hoja. Mi formato de composición es muy fácil: paz en el día y guerra en la noche. En la noche soy un vigilante, capto todo, y después tengo que dar un informe a mi propio yo. Ese informe son cosas que vivo y percibo. Después voy deshuesando hasta quedarme con lo que quiero. Antes de escribir, canto lo que escribo, siempre desde una perspectiva flamenca. Hay una excitación emocional que me lleva a un cante en concreto para poner esa letra. Primero viene un cante, que puede ser soleá, tiento, alegrías, bulerías, seguidillas, martinete. Luego lo escribo y lo hago canción.
P- ¿Tienes un palo favorito en el flamenco?
P- ¿Tienes un palo favorito en el flamenco?
R-
Los nueve de compás. Cuando quiero hablar de algo que pellizca con hondura siempre me baso en una soleá. Por ejemplo: “Anda y vive a tu aire / no seas tú como el Ave / que nunca llega tarde”.
P- ¿Qué autores te gustan?
R- Alguien que, en cierta manera, coincide conmigo puede ser Gil de Biedma. También la Gaite, que habla de material de derribo. García Calvo me encanta. No me gusta la poesía de Lorca para ser cantada, me parece empalagosa. No me dice nada, creo que el trato de mi letra es mucho más sociable, menos superfluo, si entendemos por superfluo todo lo que sobra cuando se coge una teta con la mano.
P- Me hablas de poetas, ¿si te pregunto por letristas?
R-
No comulgo con ninguno. No veo el formato. Veo gente que escribe cosas pero no me dicen nada. Lo bordan muy bonito y es como el que hace un traje. La poesía dice cosas y la canción simplemente habla de no sé qué cosas, de mucho “romper el amor”, pero ¿de qué, por qué, para qué, con qué? Las canciones no tienen un objetivo concreto, las cosas salen porque salen; aunque se puede ver de otra manera: las cosas no salen porque sí, sino porque se viven o se las provoca. En un arte oral, como es el flamenco, la letra tiene que tener su vigencia porque si no caduca. Ya puedes estar cantando lo de siempre, que se repite. Lo más gracioso es que se repite y vende. Eso significa que vivo en un país en el que, lamentablemente, somos neo-catetos, o neo-pop-muy-catetos..
P- Alguna canción habrás escuchado de la que puedas decir que te gusta su letra...
R-
De lo que hay, El Cabrero me parece un tío honrado. Lo pop me parece una “popquería”, no es nada real, y yo hablo de realidades. Las letras que no me parecen reales no me parecen buenas. No quiero decir con eso que no sean buenas personas, sino que no comulgo con esa filosofía. No creo que haya ningún letrista en este país que trate la realidad desde mi perspectiva.
(Entrevista inédita realizada en 2002 © Ricardo Aguilera) |